El País ha publicado en su edición de este sábado un bochornoso artículo sobre el crecimiento de iglesias evangélicas en la zona de Carabanchel.
Le hemos quitado importancia a todo lo que Dios nos dice y lo hemos convertido en comida rápida, en un producto para saciar nuestras necesidades del momento.
Frente a la “mística de ojos cerrados” propia de las religiones orientales, Jesús de Nazaret impulsa una “mística de ojos abiertos” que se abre responsablemente al sufrimiento de las personas.
Nuestra fuerza no está en los propios recursos, sino en la gracia de Dios.
En el pueblo de Dios, al calor de la memoria de Jesús, la ambición por acumular se transformó en el compromiso por compartir.
La palabra de Dios coloca a Elías en un submundo ignorado, desconocido e impopular: la subcultura de los excluidos.
Existe una seria anomalía en la condición humana a la que la Biblia llama pecado y tiene que ver con errar al blanco, transgredir los límites, no acertar.
La cuestión de fondo es si confiamos en Dios de tal manera que hacemos de su palabra el principio organizador de toda nuestra vida.
Desde una conciencia comunitaria, cada uno de nosotros somos dones para los demás.
La verdadera renovación en la santidad solo se hace posible colocando el corazón en el altar de Dios.
Dios jamás jubila a los ancianos.
La iglesia ofrece la gracia que la convierte en una comunidad que acoge, acompaña, alienta y sostiene desde el poder fraterno del amor y la potencia del Espíritu.
Un devocional basado en Juan 15.
El duelo se cruza en la vida como un proceso que obliga a pararse, reflexionar y mirar cara a cara el dolor y la tristeza. Es imprescindible.
¿Será que la injusticia es un mal incurable que llevamos introyectado en el corazón como algo que nos corrompe y deshumaniza?
El acontecimiento de la resurrección de Jesús sitúa todo su itinerario bajo una nueva luz.
¿Es posible construir una eclesiología que aterrice en la historia y en el mundo de lo real fundada sobre esas propuestas cristológicas?
En la cruz no murió cualquier ser humano, sino el mismo Hijo de Dios.
¿Por qué no se reveló la resurrección como una apoteosis apabullante de autoridad?
No hay lujos, ni boato, ni grandezas, ni aparece rodeado de apoteosis pirotécnicas. Sencillamente, nace.
Jesús quiere hacer presente a un Dios misericordioso que pone en crisis las distancias impuestas por una religión deshumanizadora y excluyente.
Los textos vinculan las relaciones económicas transformadas con la misión de la iglesia.
Dios, en la persona de Jesús, sitúa su gloria abajo, cerca y dentro, construyendo un hogar entre nosotros.
Jesús de Nazaret no vivió un simulacro de humanidad.
¿Por qué nos cuesta tanto perdonar?
Jesús no es una construcción ideológica de la iglesia.
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