El País ha publicado en su edición de este sábado un bochornoso artículo sobre el crecimiento de iglesias evangélicas en la zona de Carabanchel.
Las consecuencias de una voluntad y deseos desviados no son ambiguas ni cómicas, sino que reflejen las profundidades del ser humano y su principal problema.
Tan poco apercibidos sobre lo que somos en esencia, sigue inquietándonos la expresión más básica de nuestra humanidad.
El cine captó el horror de un conflicto, que lejos de exaltar los grandes ideales, mostró la podredumbre humana.
La maldad humana se describe o se justifica de mil maneras diferentes.
El tema es una constante en las historias de Kubrick: un plan de acción supuestamente perfecto, que se echa a perder por errores y circunstancias, que muestran la falibilidad y el destino del ser humano.
En nuestra reflexión personal deberíamos de concluir que la misericordia de Dios hacia nosotros no nos exime ni mucho menos de nuestra responsabilidad ante Él.
Doy gracias a Dios por el postrer Adán, el que no sucumbió ante las fascinaciones del tentador; este es el que por su perfecta obediencia ha devuelto la esperanza de salvación a millones de seres humanos.
Lo perturbador, sin embargo, de la vida y muerte de Frisbee es la posibilidad de que siendo un verdadero creyente, pudiera vivir en semejante contradicción.
Hay muchas miradas en la Biblia, las más emocionantes son las del propio Jesús; pero una y otra vez, cuando alguien desvía su mirada del lugar correcto, pudiera ser que las consecuencias llegaran a ser desastrosas.
Estar rodeado de cristianos y usar un lenguaje cristiano no es suficiente. Sin una relación personal y vital con Cristo, simplemente el cristianismo está echando humo.
Los cristianos siguen mirando con sospecha a “sus satánicas majestades”, pero ¿qué “diablo” es aquel por el que tienen “simpatía”?
Existe una seria anomalía en la condición humana a la que la Biblia llama pecado y tiene que ver con errar al blanco, transgredir los límites, no acertar.
Cuando se ama lo que Dios ama, tal amor es deseable y cuando se ama lo que Dios odia, tal amor es detestable.
Recuerdo la primera vez que leí la historia de Eliseo y su reacción cuando le llamaron calvo: me quedé anonadado. Por Jesús Guerrero Corpas.
En estos juicios de valor tan distorsionados somos capaces de llamar a lo malo bueno y de justificar lo indigno, o incluso lo injustificable.
Desde la caída del ángel Satanás, lo demoníaco constituye por antonomasia la amenaza que acecha al hombre.
Muchos católico romanos (y también muchos observadores no católicos), están perplejos, si no consternados, por un Papa que parece decir y no decir, argumentar a favor de algo y socavarlo, afirmar una posición y contradecirla al siguiente suspiro.
Los oyentes resistían a Jesús con argumentos que tenían por ortodoxos; pero sin darse cuenta de sus propias falacias.
La cita con el pecado llega a parar en la muerte, aunque realmente su estación término es el infierno.
Hablar de pecado o de pecadores no tiene mucho sentido hoy para muchos. Piensan que eso es asustar a los hombres y alejarles de un optimismo que, quizás, la Biblia no tiene.
Somos seres de contrastes. Eso, a veces hace que perdamos de vista la condición que tiende a dominarnos.
A veces se subestima el concepto de pecado y se trata como algo demasiado general y abstracto, perdiendo así un amplio espectro de matices.
La sonda de Dios descubre el pecado en ojos, corazón y pensamientos, de manera que su dictamen es: la maldad está en el interior.
El pecado es una forma incomprensible de locura. Y esto se pone claramente de manifiesto al observar qué hace el ser humano llevado o dominado por el pecado.
El pecado es un virus contagioso, es una carcoma que destruye todo nuestro ser tripartito.
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