El País ha publicado en su edición de este sábado un bochornoso artículo sobre el crecimiento de iglesias evangélicas en la zona de Carabanchel.
Uno de los más grandes privilegios que Dios nos otorga a sus hijos es su Espíritu Santo. No hay otro “espíritu guía” para el cristiano.
No son acciones realizadas como meras “obras de caridad”; tampoco son obras para incrementar el número de “adeptos” a nuestras iglesias, sino obras que nacen de un corazón amante del Jesús de los Evangelios.
La obra de Dios no siempre (solo excepcionalmente) es espectacular y lo más normal es que aparezca en vidas transformadas y obras que benefician al prójimo.
Sin las Sagradas Escrituras jamás podríamos saber nada ni de Dios, ni de Cristo, ni de la gracia de Dios, ni de la fe, ni del sentido y propósito de Dios para nuestras vidas.
En nuestro país hace falta lo que la oración del Padrenuestro nos enseña. El perdón y la reconciliación es una asignatura mucho más que pendiente.
A pesar de lo que afirman algunos movimientos, el Nuevo Testamento no fue escrito en el idioma hebreo, sino en el griego ‘koiné’.
La victoria de la cual nos habla el apóstol Pablo es de un carácter diferente; además de ser espiritual, trasciende cualquier idea humana sobre el concepto de “victoria”.
Si la Biblia dice que “el que es fiel en lo poco lo será también en lo mucho”, se sigue que lo contrario también es verdad.
No podemos esperar la bendición de Dios si primero no nos ponemos en buena relación con él y con nuestro prójimo.
Dios introduce en nosotros un nuevo principio de vida que hará posible vivir teniendo el control de las cosas, en vez de que las cosas nos controlen a nosotros.
Si Dios estableció el principio de la importancia de los testigos para impedir las falsas acusaciones, es lógico que a la hora de llevar a cabo la encarnación de Jesucristo, también lo hiciera dando testimonio por medio de los mensajeros que Él mismo había preparado de antemano.
Lo que era algo deseable en el paganismo, que por mucho que significara la igualdad entre los hombres duraba una semana, en el cristianismo la reconciliación entre los hombres vendría a ser una realidad completa y permanente.
El perdón no es un “capricho” divino, sino el medio por el cual se comienza a sanar el corazón.
La bendición no consiste en que no tengamos dificultades de ningún tipo, sino en que aún en medio de ellas, Dios nos bendice para que en nuestra ignorancia podamos orientarnos con su luz.
Es falso ese mensaje que cada vez se extiende más en los círculos “evangélicos” que dice que si vienes a Cristo no tendrás problemas y que “serás feliz” y “muy bendecido”.
Son precisamente estas ocasiones inesperadas en las que se pone a prueba una voluntad fuerte que se resiste al cambio, en orden a dar preferencia a las necesidades de otros.
Con disposición de corazón y la ayuda del Espíritu Santo, en vez de ahondar las divisiones se podría conseguir superarlas, en gran medida.
¿Podemos modificar la cristología del Nuevo Testamento y seguir llamándonos verdaderos cristianos?
Olvidamos con mucha frecuencia que, aparte de resaltar los atributos acerca del Verbo de Dios, también conviene señalar que Él es el creador y el sustentador de todas las cosas.
Nos atrevemos a señalar algunas características de aquel grupo que para nada se puede calificar de iglesia de Cristo y del cual habría que salir huyendo.
¿Cómo denunciar el mal de otros cuando no somos capaces de reconocer y denunciar el nuestro propio?
Aprender el idioma hebreo está bien, pero no tanto porque eso nos hará más santos, sino porque nos ayudará a entender mejor el texto bíblico del Antiguo Testamento.
Reconozcamos que aquellos grandes avivamientos del pasado, que tuvieron lugar en algunos lugares, se produjeron, no tanto por los esfuerzos humanos, sino por la soberanía de Dios.
Hemos de saber que Dios no solo cuida de sus hijos, también cuida de su creación y así exige a los seres humanos que cuidemos de los animales que también son creación suya.
Ni el convencimiento fervoroso, ni la fe sincera, ni la confesión hecha una y mil veces cambiará la mentira en verdad. La verdad es que se puede estar “muy sinceramente” equivocado.
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