El País ha publicado en su edición de este sábado un bochornoso artículo sobre el crecimiento de iglesias evangélicas en la zona de Carabanchel.
Los besos no arreglarán el mundo, no ofrecerán panaceas a la sinrazón, pero son una vía preciosa para cambiar el entorno más cercano.
Me encantaría desafiar la realidad, encontrar un hueco donde insuflar todo mi optimismo, verter inmensas dosis de lucidez.
No puedo eludir la necesidad de buscar el desahogo; Él, mi Dios, me lo permite.
Saber envejecer constituye la obra maestra de la sabiduría y es una de las etapas más difícil en el arte de vivir.
Admito anhelar fervientemente que finalice este verano, que todo vuelva poco a poco a su cándida y rutinaria normalidad.
Si mis palabras no son corregidas por ti, están abocadas al fracaso. Son como metal que suena o campanilla que repiquetea.
Su omnipotencia no ha menguado, ni su amor hacia el hombre ha disminuido.
Las lágrimas caen y pintan un lienzo de doloroso pesar o de inusitada alegría, alborozo versus tristeza.
Nunca regresaré al punto del cual voy a partir, volveré a otros muchos lugares, pero ahí, no.
Francisco, un vecino mayor de mi pueblo, se pasaba largas horas en la estación del tren.
Tras un encuentro con Él todo es diferente.
Lucha por reencontrar el amor. Acúnalo de nuevo, mécelo al son de una misma nana.
Qué sutilmente se nos acomoda la desmemoria y frente al abismo seguimos presos de las preguntas.
Quiero enarbolar mi vida con términos que agradan a Dios y potencian mi capacidad para ser una hija más cercana a Él.
Aquellos que no tenían cabida en este mundo, que alejados del sendero vivían recluidos en la marginalidad, encontraron el Camino.
Nosotras ajenas al mundo descubrimos en el ocaso de otro día cómo Dios sigue uniéndonos, hilvanando nuestros corazones con hilos de cariño.
Todos tenemos nuestro propio Jordán. Todos podemos cruzarlo si confiamos en aquel que nos ha dado poder para hacerlo.
Dios me da nuevas oportunidades cada día. No se cansa, no claudica, siempre espera.
La travesía puede tener oscilaciones, socavones, grietas, obstáculos que me impidan avanzar segura, pero, mientras camino, descubro que no debo dejarme sabotear por las dificultades que aparecen en el sendero.
El cilicio en el que está sumida se transforma en gozo, pasando del entristecido luto al júbilo. Entiende que Él siempre ha estado ahí, cerca de ella.
Derramaré mi llanto, esconderé mi temor bajo una capa de valentía que no poseo, pero que he de improvisar en obediencia.
Cada día, Dios nos ofrece la receta adecuada para que podamos vivir una jornada memorable.
Ayuné, oré, y lo dejé en manos de Dios.
No debiéramos dejar pasar tanto tiempo. No debiéramos permitir que nos interrogue el silencio.
Aferrados a la vida nos sentimos débiles ante la presencia de la muerte. Aun sabiendo que existe una vida más excelente tras esta, seguimos adheridos a nuestra rama simulando ser hojas perennes.
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