Cuando todo golpea a la vez... la naturaleza, la ausencia, la muerte... aprendemos a distinguir lo esencial, y entonces la invitación no es a ser fuerte, ni a entenderlo todo, sino a refugiarse.
Santiago de Compostela. / [link]Wikimedia Commons[/link]
Me encanta la frase acuñada en los años sesenta por José Ángel Docobo: “Santiago, la ciudad donde la lluvia es arte.”
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Las piedras de Santiago de Compostela, bañadas por nuestra lluvia fina y sosegada, son como una poesía, y aunque moja, lo cierto es que todos los que pertenecemos a la misma tierra que Rosalía de Castro, no sabríamos vivir sin ella, pero lo tristemente cierto es que ya hace tiempo que no siempre la lluvia es arte, nos azotan temporales, borrascas y colas de huracanes que nos entran por el Atlántico.
Yo vivo frente por frente a él y cuando sucede esto, parece que todo tiembla, que van a estallar las ventanas, que nuestra Torre de Hércules va a ser abatida por un rayo... no sería la primera vez que alguno la quiere derribar.
Las semanas pasadas tuve que recorrer mucho mi preciosa ciudad bajo la lluvia y el viento, y sucedió lo que tenía que suceder, me pillé una buena, pero no terminó ahí.
En mí, en mis cosas, en la calma que creemos firme hasta que el agua entra sin pedir permiso, la lluvia no caía: embestía. El Atlántico, como un animal antiguo, golpeaba mi tierra con furia, como si quisiera recordarnos quién manda.
A ratos parecía que el viento me daba en la cara, que los cristales iban a reventar y que la casa no podría resistir, y entonces, cuando ya estaba cansada, la vida apretó más.
Un día, de repente, alguien que pertenecía a nuestra iglesia se fue con el Señor, sin aviso, alguien que quería tanto...
Al día siguiente, otra persona, lejos de mi tierra; tendríamos que haber ido, contaban con la predicación de mi esposo y con la lectura por mi parte de un poema mío que aquella persona guardaba dentro de su Biblia, pero ni pudimos...
Y al siguiente, un familiar muy querido, joven, demasiado joven, el Señor lo llevó a descansar con él.
Tres días, tres golpes secos, como esas series de olas que no dejan sacar la cabeza fuera del agua.
Ahí recordé que no solo había temporales en la mar, había temporales en el alma.
La Biblia conoce bien este lenguaje, Job lo gritó sin adornos: “¿Por qué das luz al que sufre y vida a los amargados de alma?” Job 3:20
Y el salmista, con la sinceridad de quien ya no puede fingir, escribió:
“Un abismo llama a otro abismo con el fragor de tus cascadas.” Salmo 42:8
Eso es exactamente: un abismo llamando a otro. La lluvia fuera, la tormenta dentro.
Rainer Maria Rilke, poeta y novelista austríaco escribió: “Tal vez todo lo terrible es, en el fondo, algo que necesita nuestro amor.”
Nada vuelve a sentirse igual después de ciertas pérdidas, la tierra ya no es la misma cuando ha sido golpeada tantas veces por el mar. Tampoco el corazón.
Sin embargo, hay algo misterioso en la lluvia: no solo destruye, también revela; limpia lo que estaba cubierto, arranca lo que no tenía raíz, obliga a buscar refugio.
Por eso, incluso en medio del miedo, acabamos entendiendo que donde la lluvia es arte, también lo es la resistencia.
Isaías lo expresó con una imagen serena: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo y no vuelven allá sin empapar la tierra… así será mi palabra.” Isaías 55:10
La lluvia cala, la Palabra también.
Emily Dickinson lo intuyó desde otro lugar: “El dolor es tan humano que se vuelve sagrado.”
Y ahí está la clave, no en huir del temporal, sino en atravesarlo acompañado; porque hay refugios que no aguantan, hay muros que ceden, hay cristales que se rompen.
Pero Jesús, en una parábola del Evangelio, habla de una casa distinta, edificada sobre la roca, capaz de resistir cuando vienen ríos, vientos y lluvias. Mateo 7:24-29
Cuando todo golpea a la vez... la naturaleza, la ausencia, la muerte... aprendemos a distinguir lo esencial, y entonces la invitación no es a ser fuerte, ni a entenderlo todo, sino a refugiarse.
Refugiarse en el único que no se hunde.
En el único que no se va al día siguiente.
En el único que permanece cuando el mar ruge y el alma tiembla.
Porque incluso ahí, en medio del temporal, Dios... Padre, Hijo, y Espíritu Santo, sigue siendo abrigo.
Y donde la lluvia es arte, la esperanza, aunque empapada, todavía respira.
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