El problema no es la tecnología humana, sino el hecho de emplearla sin ética ni conciencia ecológica.
Foto: [link]Sergej Karpow[/link], Unsplash CC0.
El escritor inglés Christopher Derrick decía que “si la tecnología crea problemas, sería del todo imprudente presumir que una tecnología más avanzada pudiera solucionarlos”.[1]
No obstante, hay quienes creen que si ha sido la tecnología la que nos ha metido en este lío antiecológico, con toda seguridad será también ella quien nos sacará de él.
Esta es una cuestión fundamental en el debate actual sobre el futuro del planeta. Por un lado, la tecnología ha sido responsable de muchos de los problemas medioambientales que afrontamos hoy: la explotación intensiva de recursos, la contaminación y el uso masivo de combustibles fósiles son posibles gracias a avances tecnológicos que, en su momento, buscaban mejorar la vida humana.
Sin embargo, la misma tecnología puede ser nuestra mejor aliada para revertir el daño causado. El desarrollo de energías renovables, la agricultura de precisión, la biotecnología y la economía circular son ejemplos de cómo la innovación puede ayudarnos a reducir la huella ecológica, restaurar ecosistemas dañados y optimizar el uso de los recursos naturales.
El reto está en orientar el progreso tecnológico hacia soluciones verdaderamente sostenibles, priorizando el bienestar de la biosfera por encima del mero crecimiento económico.
Así, la tecnología, bien utilizada y guiada por una ética responsable, tiene el potencial de sacarnos del atolladero ecológico en el que nos encontramos, siempre y cuando la acompañemos de un cambio profundo en nuestros valores, hábitos y modelos de consumo.
Pero ¿cómo se puede cambiar de valores? ¿Cómo mover la aguja de nuestra brújula moral para que nos ayude a distinguir entre lo correto e incorrecto, lo que es deseable y aquello otro que debemos rechazar en beneficio de la creación?
Los valores son creencias fundamentales que guían nuestro comportamiento, decisiones y forma de relacionarnos con los demás y con el entorno. Pueden ser personales, familiares, culturales o universales, y entre ellos se incluyen la honestidad, la responsabilidad, el respeto a la creación, la solidaridad o la justicia.
En el contexto de la ecología, los valores desempeñan un papel clave, ya que influyen en la manera en la que cuidamos y protegemos el medio ambiente, así como en nuestra capacidad de adoptar hábitos y estilos de vida más sostenibles.
Los valores hunden sus raíces en las doctrinas en las que se cree, en la cosmovisión que uno tiene o en la religión que se profesa.
Tradicionalmente se ha acusado al cristianismo de promover valores antiecológicos por difundir la idea errónea de que la naturaleza no tiene otra razón de ser más que la de servir al hombre.[2]
Muchos han creído que todo lo material o natural era malo por estar sometido a Satanás y que únicamente lo espiritual era lo que agradaba a Dios. Así pensaban los gnósticos de los primeros siglos del cristianismo, los cátaros del siglo X y hasta los místicos españoles del XVI y XVII.
Sobre tal creencia -que la biosfera es para que el ser humano la explote- se sustentaría también el edificio de la tecnología moderna que degrada y transforma hoy el medio ambiente.
Sin embargo ¿es este realmente el mensaje de la Biblia? ¿No se trata más bien de una mala exégesis o interpretación de ella?
Según la Escritura, el destino principal de todas las cosas creadas -tanto las animadas como las inanimadas- es la glorificación del Ser tracendente que las diseñó mediante su infinita sabiduría.
El salmista escribe que “los cielos cuentan la gloria de Dios” (Sal. 19:1), mientras que en el libro del profeta Isaías, a propósito del pueblo de Israel, Dios dice que “para gloria mía los he creado” (Is. 43:7).
Además, este mismo Creador intervino después en el universo por medio de un supremo gesto de humildad cósmica y se humanó, naciendo en un sencillo pesebre para morir crucificado por las culpas de toda la humanidad.
Es evidente que el ser humano puede glorificar a Dios más que las piedras, los astros, el agua o los pájaros porque fue creado a su imagen y semejanza.
Sin embargo, toda la biosfera y los biotopos que la complementan son dignos de respeto y de valor intríseco porque también fueron hechos para la gloria del Altísimo.
Desde esta perspectiva, se alcanza otra visión cristiana alternativa de la creación ya que se sustituye la idea del hombre como depredador sin límites por la del respeto y fraternidad con todas las demás criaturas creadas.
El problema no es la tecnología humana, sino el hecho de emplearla sin ética ni conciencia ecológica. Conviene tener en cuenta que la técnica no es un fin en sí misma, sino solamente un medio y cuando los medios se vuelven autónomos pueden llegar a ser peligrosos e incluso mortales.
Nuestro mundo padece hoy una tendencia casi enfermiza a darle autonomía a los métodos y medios técnicos. Una especie de “tecnomanía”, según decía Derrick.
Quizás esto se deba en parte a que se desconoce realmente el verdadero fin de la existencia humana. ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Cómo debemos vivir?
En la sociedad occidental, tan fragmentada, diversa y plural, los fines y valores coherentes se desdibujan y emborronan. Tal como sugirió en cierta ocasión Chesterton, al definir nuestra época como “aquella que había inventado el altavoz para más tarde darse cuenta de que no tenía nada que decir”.[3]
Actualmente sería absurdo y utópico pretender salir de la civilización tecnológica que hemos creado porque estamos profundamente inmersos en ella. Sin embargo, lo que sí se puede hacer es buscar y promocionar tecnologías que eviten los inconvenientes actuales y permitan un trato equilibrado y espetuoso de la naturaleza.
El teólogo católico español Juan-José Tamayo cree que esta perspectiva ética de la ecología tendría dos variantes diferentes: la sabiduría y la responsabilidad.[4]
La sabiduría implicaría que no es sólo la cantidad de conocimiento lo que verdaderamente debería importar sino sobre todo aquello que hace referencia a los fines últimos de la vida humana. Tales fines no deberían estar limitados por las fronteras geográficas, ni culturales, étnicas o biológicas.
En cuanto a la responsabilidad, tanto los científicos como los tecnólogos implicados deberían recordar que ellos mismos forman parte de la especie humana y constituyen un importante eslabón en la cadena de la supervivencia de la humanidad.
Sin estas dos variantes, que son como frenos voluntarios, no tiene sentido intentar implantar una ética ecológica universal.
Según el cristianismo, el fin último de la vida humana es glorificar a Dios y vivir en comunión con Él. La Escritura enseña que todas las cosas creadas, incluyendo el ser humano, tienen como destino principal la glorificación del Ser trascendente que las diseñó mediante su infinita sabiduría.
Esto implica que la vida humana no debe centrarse únicamente en el beneficio propio o en el dominio de la naturaleza, sino en reflejar la imagen de Dios a través del respeto, la fraternidad y el cuidado de la creación.
Así, el cristianismo propone que el sentido profundo de la existencia es honrar a Dios y contribuir, con sabiduría y responsabilidad, al bien común y a la preservación del mundo que nos ha sido confiado.
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[1] Derrick, Ch., 1987, La creación delicada, Encuentro, Madrid, p. 23
[2] White, L., 2007, Raíces históricas de nuestra crisis ecológica, Revista Ambiente y Desarrollo 23 (1): 78 - 86, Santiago de Chile.
[3] Derrick, Ch., 1987, La creación delicada, Encuentro, Madrid, p. 28.
[4] Floristán, C. y Tamayo, J.- J., 1993, Conceptos fundamentals del cristianismo, Trotta, Madrid, p. 347.
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