El País ha publicado en su edición de este sábado un bochornoso artículo sobre el crecimiento de iglesias evangélicas en la zona de Carabanchel.
En el desarrollo del cristianismo a lo largo de los años, predomina el deseo de relacionarse con Dios pensando en bendiciones, coronas y prebendas espirituales.
Sin duda que el cristianismo siempre tiene algo que decir en cuanto a ser administradores fieles y que practican la solidaridad misericordiosa para con el prójimo necesitado.
Con John Winthrop (1588 [nació en enero, depende cómo se cuente]-1649) tenemos a un personaje formidable para estudiar, y una situación social y política digna de estudio.
El problema, que no te ves desgraciado en tu actual condición.
Hoy quiero entrar en la radicalidad del Evangelio y preguntarme la causa de que nosotros, los creyentes de hoy, ya no entremos en esa radicalidad en el seguimiento al Maestro y a los profetas.
Sabiduría e inteligencia, no oro o plata, son la medida de la verdadera riqueza y quien las tiene es verdaderamente acaudalado.
Las cosas que edificamos sobre anhelos egoístas y con una conciencia carente de sentido, con el tiempo se vuelven banales y molestas. Nos incomodan hasta que desaparecen.
Es la bendición que viene de Dios la que verdaderamente proporciona riqueza.
Hay personas cuya jactancia es tan elevada, por el alto concepto que de sí mismas tienen, que por esa misma razón quedan descalificadas.
Para ese extraño y maldito dios de las riquezas, no existe ni valora el ser. Está embotado en el mundo del tener.
Dos símbolos humanos encarnan el escándalo de la pobreza humana y la desigualdad: el rico Epulón y el pobre Lázaro.
El Dios de la Biblia sufre ante el escándalo de la pobreza en el mundo, ante el escándalo injusto que han montado muchos de los adoradores de la riqueza.
Si solo confiamos en las riquezas, somos los más dignos de lástima de todos los seres humanos.
La Biblia se refiere al moho en dos ocasiones: el engaño de los gabaonitas a Josué y la crítica De Santiago a los ricos avaros por tratar injustamente a los obreros.
Ya sea en la época que sea el dinero es lo que importa y hacerse rico lo primordial.
Si es un tesoro escondido y lo encuentras, te pertenecerá.
Actuar con justicia significa pagar una cantidad justa, y asimismo pagar a los trabajadores de forma justa.
A veces no importa si tenemos mucho o poco: si el dinero es el que nos “obliga” a tomar una decisión es porque nos está dominando.
Si bien las enormes reducciones de la pobreza son motivo de celebración, también hay razones para que nos preocupemos por la naturaleza actual de la economía mundial.
El desequilibrio del mundo, el desigual reparto de las riquezas, la acumulación desmedida de bienes, está totalmente en contra de los valores del Reino.
Los negocios consisten en participar en procesos que agregan valor, que se remontan al mandato de Dios para que trabajemos y agreguemos valor a la creación a través de nuestro trabajo.
Hemos de cambiar cosas en nuestras vidas y no dejarnos deslumbrar por la riqueza como prestigio y otros valores antibíblicos.
El Maestro no sólo miraba la ostentosa ofrenda, sino que posaba también su mirada divina en el interior de las personas.
¿A pesar de que la vida no consiste en tarjetas de crédito, cuentas bancarias o bienes acumulados, es necesario coger, de vez en cuando, todo lo que tengamos, ponerlo en nuestra bolsa o alforja y salir al mundo dispuestos a usarlas?
Quizás a algunos no les parezca muy serio decir que los que derrochan en vestimentas elegantes, caras y lujosas visten a otros de harapos, pero lo real es que, en general, los acumuladores empobrecen a más de media humanidad.
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