En el desarrollo del cristianismo a lo largo de los años, predomina el deseo de relacionarse con Dios pensando en bendiciones, coronas y prebendas espirituales.
La Biblia, en el libro de Isaías, hace una denuncia de esta manera contra los acumuladores: “El despojo del pobre está en vuestras casas” Isaías 3:14.
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Nosotros hoy nos podríamos preguntar: ¿Está el despojo de los pobres en mi propia casa, en mi mesa, en mis almacenes, en mis cuentas corrientes? ¿Está el despojo de los pobres en mi propio país, en sus zonas de consumo, en sus arcas?
¿Está el despojo de los pobres de más de media humanidad en las casas y mesas de los países del llamado mundo rico que es solamente una parte pequeña de la humanidad? ¿Podrá sonar hoy también la frase de Isaías clamando contra la injusticia de que el despojo de los pobres esté en nuestras casas?
¡Qué preguntas! Creo que ninguno de nosotros está pensando que el Altísimo pudiera dirigirse a nosotros formulando preguntas como éstas.
Los cristianos están más dados a pensar en las realidades celestiales de las que quieren disfrutar en el más allá, que en el comprometerse con las penosas realidades de los sufrientes de la tierra, de los pobres, de los oprimidos, de los injustamente tratados en el mundo.
Creo que hoy, en el desarrollo del cristianismo a lo largo de los años, predomina, tal y como se vive la espiritualidad cristiana, el deseo de relacionarse con Dios pensando en bendiciones, coronas y prebendas espirituales, que el hecho de cumplir con el mandamiento de amar al prójimo que sufre como a nosotros mismos o de considerar que el amor a Dios y el amor al prójimo debe estar en relación de semejanza.
En nuestras ansias de mirar al cielo no pensamos en la necedad, injusticia o estulticia de almacenar, gastar y disfrutar de lo que nos ofrece la sociedad de consumo aunque sea frente a una legión de sufrientes.
Pues bien, el dar la espalda al grito de dolor de los sufrientes del mundo y centrarse solamente en lo que podemos llamar “bendiciones”, puede ser desviarse de la auténtica vivencia de la espiritualidad cristiana, mutilarla.
Por eso no nos preocupan estas frases de Dios a través del profeta Isaías como esta de que “el despojo del pobre está en vuestras casas” y muchas otras que van en esta línea de hacer justicia y practicar misericordia.
Miremos al mundo e intentemos comprobar que la frase de condena de que mucho de lo que pertenece a los pobres está en nuestros entornos, en nuestros países, ciudades, casas y mesas para desgracia y sufrimiento de muchos y reflexionemos sobre ella.
¿Acaso hay frases bíblicas que caducan? ¿Acaso no sigue siendo una necedad acumular y agrandar nuestros graneros pensando en nosotros mismos? ¿Se puede gritar con fuerza hoy “alma mía come, bebe, regocíjate” ante los estómagos vacíos de tantos millones de seres que sufren escasez?
Dato que suelo dar con frecuencia: Mil millones de hambrientos en el mundo y una legión de pobres hasta llegar los que conforman la cifra de la pobreza severa. Más de media humanidad.
La Biblia tiene mucho que decir sobre todo esto, pero los cristianos del mundo, al menos muchos de ellos, no se fijan en estos mensajes, dan la espalda a estos realidades y valores bíblicos, no ven o no quieren ver los grandes desequilibrios económicos entre naciones, pueblos y personas.
Muchos cristianos hoy no se conforman con pedir de acuerdo con la oración modelo de Jesús de que el Señor nos dé hoy “nuestro pan cotidiano”, sino que, si podemos, acumulamos como si fuéramos a vivir eternamente en este mundo.
¡Qué actual es la Biblia para el mundo hoy! ¡Cuántas cosas tiene que decirnos! Afortunadamente la Biblia no pierde actualidad ni vigencia en sus planteamientos.
Quizás el problema no sea solamente el tener los bienes necesarios haciendo renuncias para que otros puedan también comer y vivir, sino que, además, el grave problema es que algunos tienen y almacenan tantos bienes materiales que desequilibran el mundo y la vida de tantos y tantos pobres y sufrientes del mundo.
¡Qué triste que algún día el señor tenga que decir a nosotros o a algunos de nuestros contemporáneos que “el despojo de los pobres está en vuestras casas”. Quizás esta sea una de las frases más duras que alguien podrá escuchar de boca del Señor.
Esta frase también nos debe causar un acicate para compartir, para desear reducir la pobreza en el mundo, para ser voceros de los sin voz, para escribir, proyectar, gritar y ser las manos y los pies del Señor en medio de un mundo de dolor.
El saber que creer no es algo inocuo que solo espera recompensas espirituales o eternas, sino que el creer es comprometerse a vivir como manos tendidas de ayuda y como Biblia abiertas que difunden los valores bíblicos, los valores del Reino, de un Reino que ya está entre nosotros y a cuyos valores podemos dar la espalda.
Isaías es un vocero de Dios en defensa de los pobres, de los oprimidos y de los injustamente tratados, defensor de huérfanos, de viudas, de extranjeros y de abusados en general, esos abusados que conforman el mundo de los excluidos, de los tirados al lado del camino.
Os dejo con una de las sentencias también condenatorias de este profeta, de este vocero del Dios vivo. Os dejo con uno de sus ayes que, desgraciadamente, sigue siendo actual en el mundo como lo es todo el mensaje bíblico y sus valores: “¡Ay de los que juntan casa a casa, y añaden heredad a heredad hasta ocuparlo todo! ¿Habitaréis vosotros solos en medio de la tierra?”. Isaías 5:8.
Que Dios nos de visión y sabiduría para saber vivir en plenitud la verdadera y auténtica espiritualidad cristiana que ha de vivirse siempre en paridad entre el amor a Dios y el amor al prójimo.
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