Cuando determinados reportajes utilizan imágenes aisladas, estéticas llamativas o ejemplos extremos para representar a toda una minoría religiosa, el resultado no es periodismo riguroso, sino construcción de estereotipos.
Foto: [link]Ismael Paramo[/link], Unsplash CC0.
«¡Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá (España)!». Esta frase bíblica, de Hechos 17:6, describe cómo los primeros cristianos (Pablo y sus compañeros) revolucionaron la sociedad de Tesalónica con el mensaje de Jesús.
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Eran considerados «trastornadores» porque sus detractores consideraban que el Evangelio desafiaba las creencias culturales, religiosas, sociales y políticas, proclamando a Jesús como verdadero Rey.
He leído con asombro algunos artículos en reconocidos medios de comunicación españoles y enfoques recientes sobre el crecimiento cristiano evangélico en España, especialmente aquellos que en sus artículos y entrevistas a «expertos» presentan a las iglesias evangélicas como una especie de movimiento ideológico de ultraderecha y sionista importado del continente americano para instaurar una fuerza electoral en la nación.
Otros se inventaron que es una estrategia «trumpista» en vísperas de la visita de León XIV que busca «disputarle Madrid al Papa», tal como sugería recientemente un editor de un medio español, aludiendo a la campaña Festival de la Esperanza Madrid 2026 del evangelista Franklin Graham, quien estuvo en el año 2015 en Barcelona.
Como ministro cristiano evangélico, como periodista y también como ciudadano venezolano y español que valora la convivencia democrática, el pluralismo y la libertad de culto, considero necesario aportar contexto, matices y una visión más cercana a la realidad evangélica española.
La comunidad evangélica forma parte de la historia de España desde hace décadas, aunque durante largos periodos nuestros hermanos españoles vivieron su fe, marcada por la persecución, la invisibilidad y las restricciones a la libertad religiosa.
A pesar de ello, los cristianos evangélicos españoles han contribuido, aunque no se les reconozca, significativamente al desarrollo de valores como la libertad de conciencia, la educación, la acción social y el compromiso comunitario.
Hoy, las iglesias evangélicas de España continúan aportando a la sociedad mediante proyectos de integración, ayuda humanitaria, acompañamiento a personas vulnerables, capellanías carcelarias y hospitalarias, cooperación social y fortalecimiento del tejido comunitario en numerosos barrios y ciudades del país.
Esto lo hacen en gran parte con recursos limitados o autogestionados, ya que en España la Iglesia cristiana evangélica no recibe la asignación tributaria del IRPF que sí recibe la Iglesia católica. Esa casilla del 0,7 % es exclusiva para la Iglesia católica romana según los acuerdos Estado–Santa Sede.
La cuestión de fondo no es si los evangélicos «avanzan» frente al catolicismo, como si España estuviera viviendo una competición de cuotas religiosas.
La verdadera cuestión es otra: España está cambiando social y culturalmente, y dentro de ese cambio también está emergiendo una mayor pluralidad religiosa. Eso no debería interpretarse como una amenaza, sino como una consecuencia natural de una democracia que ofrezca oportunidades, inclusión, igualdad y justicia social.
España mantiene una identidad cultural marcada por símbolos, tradiciones y festividades católicas, pero en la práctica se ha vuelto profundamente secular, con un rápido descenso tanto en la afiliación religiosa como en la vivencia moral cristiana.
El verdadero reemplazo del catolicismo no proviene del crecimiento cristiano evangélico, sino del avance del secularismo, el ateísmo y el agnosticismo, visible en la ética pública, las leyes, la cultura y la vida cotidiana.
Aunque persista una fachada religiosa heredada, la cosmovisión dominante en España se centra hoy en la autonomía individual, alejándose de los fundamentos cristianos que antes moldeaban la sociedad.
Que algunos medios de comunicación y periodistas presenten el crecimiento cristiano evangélico como un pulso contra el Papa o contra la Iglesia católica romana no reconoce una realidad muchísimo más compleja; además, a menudo no se contrasta con investigación periodística y se dejan de lado fuentes como la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España, la Alianza Evangélica Española o el Observatorio del Pluralismo Religioso en España.
Según el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), un organismo público español dedicado a estudiar la opinión, actitudes y comportamientos de la población:
Una parte importante del crecimiento cristiano evangélico en España está vinculada a la llegada de población latinoamericana. Eso no es un secreto ni debería ser motivo de alarma. Con casi 50 millones de habitantes, menos del 3 % de la población española es cristiana evangélica.
Miles de personas migradas encuentran en las iglesias espacios donde reconstruir vínculos sociales, recibir apoyo práctico y compartir el idioma, la cultura occidental y la fe con sus hermanos españoles. También aportan su expresión de fe evangélica y servicio en el seno de sus congregaciones.
Esto es una práctica cristiana desde tiempos neotestamentarios. La carta a los Gálatas nos recuerda que la verdadera identidad del cristiano no se basa en diferencias de cultura, raza o nacionalidad, sino en la obra redentora de Cristo.
España es receptora de misioneros evangélicos que oran a Dios por los españoles, degustan las tapas y los pinchos, y comparten a Jesús con ellos.
Aportamos con nuestros trabajos al avance del país, disfrutamos los partidos de fútbol y algunos de nuestros hijos han nacido en España y han perdido el acento de sus padres migrantes, hablando con acento andaluz, vasco, castellano, catalán o gallego.
Pablo, el judío cristiano que trajo el Evangelio a Europa y que posiblemente llegó a España, afirmó en su carta a los Gálatas que en la Iglesia de Cristo «ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer», porque todos somos uno en Cristo Jesús.
Esta unidad no es uniformidad, sino comunión nacida del Espíritu, que derriba barreras, sana divisiones y nos llama a vivir como una sola familia de fe, reflejando en nuestras relaciones el amor que hemos recibido del Señor.
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Por eso resulta preocupante cuando ciertos análisis mediáticos presentan esta presencia cristiana evangélica casi como un fenómeno sospechoso o como una alteración indeseable del paisaje cultural español.
En algunos casos, el discurso mediático acaba rozando un prejuicio cultural hacia comunidades migrantes latinoamericanas de fe cristiana evangélica.
«Mi Reino no es de este mundo» es una declaración de Jesús en Juan 18:36, indicando que su autoridad, origen y naturaleza son divinos, no terrenales, ni religiosos ni políticos. Significa que su Reino se basa en la verdad, la justicia, la verdadera paz y el amor que el mundo rechaza.
Las iglesias evangélicas en España no forman un bloque uniforme, centralizado ni coordinado bajo una estrategia de expansión política o ideológica.
Hablar de «los evangélicos» como un actor monolítico es desconocer completamente cómo funciona esta comunidad cristiana.
Las congregaciones cristianas evangélicas no están centradas en disputar poder religioso ni político, sino en tareas mucho más cotidianas como las que hizo Jesús, quien es la cabeza de su Iglesia: primordialmente anunciar el Evangelio y hacer discípulos; acompañar familias, ayudar a migrantes, atender en centros de rehabilitación, ofrecer apoyo espiritual, atender necesidades sociales o, simplemente, crear espacios de pertenencia en la fe.
Reducir todo eso a una narrativa de conquista religiosa y política es una lectura superficial que alimenta prejuicios más que comprensión.
El mismo Señor Jesucristo tuvo que confrontar a los poderes religiosos y políticos cuando ejercía su ministerio, porque lo acusaban con injurias y falsos testimonios, al considerarlo una amenaza a sus intereses.
Por supuesto que las iglesias cristianas evangélicas pueden y deben ser analizadas críticamente. Ninguna comunidad religiosa debería quedar fuera del debate público.
La libertad de expresión incluye el derecho a cuestionar creencias, prácticas o discursos religiosos. Pero una cosa es el análisis crítico y otra muy distinta la caricaturización.
Cuando determinados reportajes utilizan imágenes aisladas, estéticas llamativas o ejemplos extremos para representar a toda una minoría religiosa, el resultado no es periodismo riguroso, sino construcción de estereotipos.
Sucede además algo curioso: muchas veces se exige a los evangélicos una capacidad de representación colectiva que no se exige a otros grupos religiosos o ideológicos.
Se toma una iglesia concreta, un predicador o un estilo concretos y se extrapola al conjunto de millones de creyentes evangélicos en el mundo y cientos de miles en España. Eso sería inaceptable e intolerante aplicado a cualquier otra minoría.
Otro de los errores recurrentes consiste en importar automáticamente marcos políticos de algunos países latinoamericanos o modelos estadounidenses para interpretar la realidad española.
No existe en España un «bloque evangélico» políticamente uniforme. Cada ciudadano tiene su opinión. Hay cristianos evangélicos conservadores, progresistas, moderados, apolíticos y personas con posiciones muy distintas sobre cuestiones sociales y económicas.
Intentar encajar a todos los evangélicos dentro de una misma agenda política es metodológicamente erróneo y socialmente irresponsable.
La realidad evangélica española tiene una historia propia, marcada además por décadas de discriminación y marginalidad histórica. Conviene recordar que durante mucho tiempo los evangélicos fueron precisamente una minoría invisibilizada en España.
Personalmente, no me preocupa que los medios hablen del crecimiento evangélico. La visibilidad pública forma parte de una sociedad abierta y plural. Lo que sí observo es que determinados enfoques periodísticos sustituyen el rigor por el sensacionalismo o la complejidad por relatos simplificados de confrontación religiosa.
España necesita más conocimiento mutuo y menos etiquetas rápidas. Necesita periodistas capaces de comprender fenómenos religiosos sin prejuicios previos y ciudadanos capaces de convivir con naturalidad en una sociedad cada vez más diversa.
Lo que realmente está ocurriendo es algo mucho más sencillo: ciudadanos con distintas creencias están ejerciendo, en igualdad de condiciones, su derecho a vivir públicamente su fe dentro de una democracia plural.
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