Servir a Dios no siempre conduce a los aplausos, las más de las veces nos conduce a habitaciones donde sólo Dios escucha, a madrugadas de rodillas, a batallas que se libran sin testigos.
Foto: [link]Worshae[/link], Unsplash CC0.
Los hombres recuerdan los escenarios; Dios recuerda las rodillas que permanecieron dobladas cuando nadie estaba mirando...
No aspiro a ocupar un lugar en la memoria de los hombres; me basta ocupar mi lugar en el servicio de Dios...
Esta mañana, después de una celebración tan bella como peligrosa del solsticio de verano que yo miraba desde mi ventana, la bahía y las calles habían quedado vacías, la música había callado, los brillos, el fuego y las luces se apagaban lentamente; sólo se escuchaba el ruido constante de las máquinas de limpieza recogiendo los restos de una noche que prometía felicidad.
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Después de mucho rato de sueños y despertares, me levanté y busqué al Señor, derramé mi alma delante de él, leí mi devocional y encontré la historia de un hombre limitado por muchas circunstancias; su cuerpo le imponía barreras, su vida conocía la renuncia... sin embargo, cada día se preocupaba y oraba por sus vecinos.
Quizá pocos comprendían el alcance de aquellas oraciones, tal vez nadie imaginó que, aun después de su muerte, la huella de su intercesión seguiría alcanzando vidas. Y sin poder evitarlo, mi mente voló a las auténticos siervos y siervas de Dios.
Pensé en esa soledad que a veces acompaña al que sirve, en las lágrimas que nadie ve, en las cargas que no pueden compartirse, en las heridas que llegan precisamente de aquellos por quienes más se ha orado.
Servir a Dios no siempre conduce a los aplausos, las más de las veces nos conduce a habitaciones donde sólo Dios escucha, a madrugadas de rodillas, a batallas que se libran sin testigos.
Samuel conoció bien eso, durante años había guiado al pueblo con fidelidad, había llorado por ellos, orado por ellos y hablado en nombre de Dios. Sin embargo, llegó el día en que Israel pidió un rey para sustituir aquello que Dios les había dado.
Humanamente era un rechazo doloroso, pero el Señor le dijo:
“No te han desechado a ti, sino a mí me han desechado para que no reine sobre ellos.” (1ª Samuel 8:7)
¡Qué consuelo tan profundo para todo siervo fiel! Porque hay momentos en que el corazón se pregunta si ha valido la pena... cuando el cansancio pesa... cuando las fuerzas disminuyen... cuando parece que sólo llega la incomprensión, las injusticias, cuando te sientes el blanco de todas las miradas... ¡y mucho más!
Pero el verdadero siervo no trabaja para ocupar un trono, trabaja para lavar pies. No busca ser visto, busca que Cristo sea visto. No vive para recibir, vive para entregar, y aunque su nombre sea olvidado por los hombres, jamás será olvidado por Dios.
Al final, la mayor recompensa del servicio no es el agradecimiento humano, es saber que una vida fue consolada, que una oración sostuvo a alguien en la distancia, que una palabra llevó esperanza cuando todo parecía perdido....... Quizá por eso los verdaderos siervos siguen adelante...
Heridos, pero adelante...
Cansados, pero adelante...
Solos en muchas ocasiones , pero adelante...
Porque descubrieron que el amor de Cristo vale más que cualquier reconocimiento, y porque entendieron que la vida encuentra su sentido más profundo cuando se derrama por los demás.
Hoy, mientras el mundo recoge los restos de tantas fiestas pasajeras, yo quiero volver a poner mi corazón delante del Señor y decirle:
Mi Dios, Señor y Rey...
Nada me importa tanto como permanecer en tu voluntad. Si debo caminar en silencio, caminaré; si debo servir sin ser vista, serviré; si debo sembrar lágrimas para que otros recojan fruto, también lo haré. Sólo concédeme una gracia: no dejar nunca de amarte, no dejar nunca de orar y no dejar nunca de servir.
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