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Traicionar la Creación

En la tradición judeocristiana, “señorear” significa asumir un papel de mayordomía, donde el ser humano es responsable ante Dios de cómo utiliza y preserva el mundo natural.

CONCIENCIA AUTOR 87/Antonio_Cruz 04 DE ENERO DE 2026 13:20 h
Foto: [link]Alin Andersen[/link], Unsplash CC0.

Cuando el ser humano empezó a aplicar su tecnología a la naturaleza, curiosamente empezó también a distinguirse y separarse de ella. El hombre siempre se consideró a sí mismo como distinto e independiente del mundo natural. Pero ¿lo era en realidad?



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Es verdad que la Biblia dice que Dios nos creó a su imagen y semejanza, pero también indica que lo hizo a partir del polvo de la tierra. La relación íntima entre lo humano y lo puramente natural es pues incuestionable.



Sin embargo, al creernos ajenos al mundo material y a la propia creación, surge en el alma humana el deseo imparable de explotar todo lo natural en nuestro provecho. Las ciencias arqueológicas indican que ya en los comienzos mismos de la civilización la humanidad inició su separación de la naturaleza. 



Desde luego, el Homo sapiens no es una especie como las demás, ni se comporta como ellas. La mayoría de los organismos presentan conductas o comportamientos que tienden a favorecer su superviviencia, pero respetando los biotopos o ambientes naturales en que viven.



No obstante, los humanos aparentemente procuran lo mismo, pero a costa de destruir el medio, con lo cual comprometen su superviviencia a largo plazo.



Al aplicar una tecnología desmesurada, una industrialización agrícola o ganadera a gran escala, la tala de bosques, etc., generan problemas ecológicos que repercutirán negativamente sobre ellos mismos.



Esto es lo que evidencia la historia: las civilizaciones se vienen abajo cuando su medio ambiente se degrada.



El famoso biólogo de Harvard, Edward O. Wilson, decía a principios del siglo XXI que “el precio de la civilización fue la traición a la naturaleza”.[1] 



Con esta frase quería decir que, para avanzar y desarrollar sociedades complejas, los seres humanos tuvieron que romper el equilibrio que mantenían con su entorno natural. Este proceso implicó explotar los recursos de la tierra sin considerar sus límites, priorizando la comodidad y el progreso sobre el respeto al medio ambiente.



Así, la civilización se construyó sobre una base de separación y dominio de la naturaleza, lo que ha generado consecuencias ecológicas graves que ahora amenazan nuestro propio bienestar.



Cuando apareció la agricultura en el Neolítico, hace unos 10.000 años, los seres humanos pasaron de ser cazadores-recolectores nómadas a establecerse en comunidades sedentarias, cultivando plantas y domesticando animales.



El inicio de la agricultura marcó un antes y un después en la historia de la humanidad, ya que posibilitó el desarrollo de sociedades más complejas y el crecimiento de las primeras civilizaciones.



Sin embargo, también contribuyó a forjar en la mentalidad de las personas la ilusión de que se podía vivir con un pequeño puñado de especies animales y vegetales domesticadas.



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Con trigo, arroz, maíz, mijo y unos cuantos animales de granja el ser humano podía sustentar indefinidamente su tremenda expansión. Se trataba de cultivar grandes extensiones de dichas plantas y de erradicar las autóctonas, que eran consideradas como malas hierbas.



Pero lo cierto es que en la naturaleza existen unas cincuenta mil especies vegetales silvestres que también podrían servir de alimento a la humanidad, así como muchas otras especies animales.



¿Por qué deberíamos erradicarlas? ¿No sería esto algo muy peligroso? ¿Y si sobreviniera una plaga o un drástico cambio climático capaz de destruir los cultivos de esas pocas especies?



Proteger a todas las especies es pues una inversión en el futuro del ser humano.



 Otra traición de la tecnología humana a nuestra identidad natural fue la creación de grandes urbes. Las megaciudades actuales son como ecosistemas artificiales y sintéticos creados por el ser humano, donde el asfalto y el hormigón sustituyen al suelo natural y los elevados rascacielos ocultan el firmamento, como si se tratara de inmensos bosques pétreos pero incapaces de fotosintetizar nada.



La Biblia parece rechazar ya desde el principio esa tendencia humana al agrupamiento excesivo. En el Génesis se especifica que cuando aquella primitiva civilización salió de oriente y se estableció en la tierra de Sinar (Gn. 11:2), una llanura aluvial situada en el valle que formaban los ríos Tigris y Éufrates, en Mesopotamia, empezó a construir la torre de Babel con el propósito de asentarse y edificar una gran ciudad.



Sin embargo, esa no era la voluntad de Dios. Él no quiere grandes urbes que deshumanizan al hombre. 



Las grandes megaciudades deshumanizan porque transforman el entorno natural en espacios artificiales y masificados donde las relaciones personales se diluyen y la conexión con la naturaleza se pierde.



El predominio del asfalto y el hormigón, así como la presencia de enormes rascacielos que ocultan el cielo, generan una sensación de aislamiento y anonimato entre los habitantes.



Además, la vida en estas urbes suele estar marcada por el estrés, la prisa y la competitividad, lo que dificulta el desarrollo de vínculos humanos profundos y el bienestar emocional.



En definitiva, las megaciudades pueden convertir a las personas en simples piezas de un engranaje urbano, alejándolas de su esencia y de la armonía con el entorno natural.



Según la Escritura, la desobediencia a la voluntad divina estuvo motivada por el orgullo y el afán de poder que caracterizan desde siempre al ser humano. El agrupamiento y la uniformidad fueron determinantes para aquella primitiva humanidad.



Sin embargo, los planes divinos implicaban todo lo contrario: dispersión y diversidad étnica por toda la tierra. El problema de los imperios creados por el hombre con el fin de lograr paraísos sociales, bienestar para todos sus habitantes y paz perdurable es siempre el mismo: tarde o temprano aparecen los fantasmas de la corrupción, la injusticia y la opresión.



Quienes ostentan el poder son tentados por la codicia y pronto acaban por robar, explotar y oprimir a los demás. La historia está repleta de ejemplos al respecto.



Ante la construcción de la ciudad y la torre de Babel, Dios no tuvo más remedio que volver a actuar contra la arrogancia y desobediencia humana, contra su afán de poder y contra su oposición al único Dios verdadero.



El problema es que el hombre no había sido creado para ser independiente de Dios ni del resto de la creación. El alma humana no está diseñada para ser feliz y sentirse satisfecha en un entorno desnaturalizado. 



Actualmente, es habitual ver interminables caravanas de automóviles saliendo de las grandes ciudades los fines de semana para entrar en contacto con la playa, la montaña o la nieve.



La condición humana requiere tales esparcimientos frecuentes porque en la vida urbana y su desconexión con la naturaleza, el esparcimiento cobra un papel fundamental para recuperar el bienestar emocional y la salud mental.



Realizar actividades recreativas al aire libre, cultivar aficiones o simplemente disfrutar de momentos de ocio en espacios verdes ayuda a contrarrestar el estrés de la vida moderna y favorece la creación de vínculos sociales.



Así, el esparcimiento no solo aporta placer y descanso, sino que también puede devolvernos parte de esa armonía perdida con el entorno natural y con nosotros mismos.



Tal como escribe el biólogo Wilson, quien se autodefine como “humanista laico”: 



“Las raíces espirituales del Homo sapiens calan muy hondo en el mundo natural a través de canales del desarrollo mental desconocidos en su mayor parte. No alcanzaremos nuestra plenitud si no comprendemos el origen y, por consiguiente, el sentido de las cualidades estéticas y religiosas que constituyen lo inefable de nuestra condición humana.”[2]



 El término bíblico “señoread” que aparece en el relato de la creación, especialmente en el libro del Génesis (1:26, 28), hace referencia al mandato que Dios otorga al ser humano para ejercer dominio o autoridad sobre la naturaleza y las demás criaturas vivientes.



No obstante, este dominio no implica una explotación irresponsable o destructiva, sino que lleva consigo la responsabilidad de cuidar, proteger y administrar la creación con sabiduría y respeto.



En la tradición judeocristiana, “señorear” significa asumir un papel de mayordomía, donde el ser humano es responsable ante Dios de cómo utiliza y preserva el mundo natural.



Esta interpretación subraya la necesidad de buscar un equilibrio entre el uso de los recursos y la conservación del entorno, para asegurar el bienestar tanto de la humanidad como de la totalidad de la creación.



 Administrar la naturaleza significa gestionar de manera responsable los recursos naturales y los ecosistemas para asegurar su conservación y sostenibilidad a largo plazo.



No se trata solo de aprovechar lo que ofrece el entorno, sino de hacerlo con respeto, teniendo en cuenta los límites de la tierra y las necesidades de todas las especies.



Implica tomar decisiones que garanticen el equilibrio entre el desarrollo humano y la preservación del medio ambiente, procurando que las futuras generaciones también puedan beneficiarse de la riqueza natural sin comprometerla ni degradarla.



La humanidad sólo logrará señorear y administrar sabiamente la creación conociendo en profundidad el medio ambiente y para ello es necesario saber algo de biología.



Esta es una disciplina que ha experimentado un desarrollo extraordinario en los últimos decenios. Sin embargo, muchas personas capaces de tomar decisiones relevantes para el medio carecen de formación científica.



Es menester pues que los investigadores desarrollen una labor de divulgación de las complejidades y descubrimientos recientes de esta ciencia, con el fin de que la sociedad contemporánea pueda alcanzar conocimiento de la tremenda importancia que tiene hoy el cuidado y la protección de la creación.



El mundo que Dios creó para que nosotros lo “señoreáramos” con sabiduría.



[1] Wilson E. O., 2006, La Creación. Salvemos la vida en la Tierra, Katz, Buenos Aires, p. 22.



[2] Ibid, p. 24.



 



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