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Más allá del miedo

Nuestra tendencia natural es tenerle miedo a Dios. Pero el énfasis de la Biblia es no confundir el temor reverente con el miedo.

ENROLADO POR LA GRACIA AUTOR 1053/Joel_Sierra 06 DE ABRIL DE 2025 09:30 h
Foto de [link]Anna Goncharova[/link] en Unsplash

Cuando pasó el día de reposo, María Magdalena, María la madre de Jacobo, y Salomé, compraron especias aromáticas para ir a ungirle. Y muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol. Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? (Marcos 16:1-3 Reina-Valera 60)



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Al momento en que Jesús murió, antes que comenzara el día de reposo, José de Arimatea, con el permiso del gobernador, bajó su cuerpo de la cruz, lo envolvió en una sábana nueva y limpia, y lo puso en un sepulcro labrado en la piedra. Después se encargó de poner una gran piedra para tapar la entrada. Evidentemente no hubo comunicación ni coordinación con las mujeres, que, al tercer día, muy temprano después del día de reposo, iban a ungir con especias aromáticas el cuerpo muerto del Señor.



Ellas van acercándose al lugar, y preguntándose cómo harán para mover la piedra. Es un detalle que no previeron, una preparación que les faltó. Debieron haberse hecho acompañar de algunos hombres para que les ayudaran con esa tarea. Pero quién sabe dónde estarán los hombres. Ellas, las mujeres que siguen a Cristo, muestran un grado de responsabilidad admirable. Ya hemos dicho antes que las mujeres fueron las últimas en retirarse de la cruz y las primeras en presentarse en la tumba vacía. Es el tipo de compromiso que hay en una hermandad de mujeres.



Cada relato de la Resurrección tiene detalles prominentes, cosas que se subrayan en relación con el evento de la Resurrección del Señor. En el caso del relato de Pablo, vemos que una formulación oficial del relato dio lugar luego a una personalización de la Resurrección. Hay un viaje, de un plano oficial del cristianismo, a un plano personal. Ahora en Marcos observamos que el relato de la Resurrección incluye un par de detalles importantes: El miedo y la incredulidad.



La respuesta de las mujeres fue una reacción de miedo, de modo que huyeron de la tumba en un ataque de pánico. ¿Qué implica ese miedo ante la realidad de la Resurrección?  En general, la reacción de los discípulos fue de incredulidad. Cuando finalmente las mujeres compartieron la noticia de la Resurrección, aquellos discípulos no les creyeron. El Señor apareció a dos que iban de camino en el campo, y cuando ellos fueron a dar la noticia al grupo de discípulos, tampoco a ellos les creyeron.



Lo más maravilloso es que a pesar del miedo y la incredulidad, el Señor Jesús encomendó a ese grupo de hombres y mujeres a que fueran sus misioneros a todo el mundo. A pesar de nuestro miedo y de nuestra incredulidad, Dios nos envía por su gracia en el poder de su Espíritu a participar en la bendición que quiere dar al mundo porque lo ama tanto. En JesuCristo, Dios mismo ha venido a rescatarnos del poder de la muerte. Con todo y nuestros miedos, el Señor nos incluye en su propósito de bendecir al mundo entero.



 



El anuncio de un joven



El Evangelio según Marcos dice que las mujeres llegaron a un sepulcro abierto: la piedra había sido quitada. Entraron en el sepulcro, pues era como una oquedad labrada en las paredes de la roca, y vieron a un joven. El texto no utiliza la palabra “ángel”, sino “joven”. ¿Quién era este joven?



La interpretación más evidente es que se trata, efectivamente, de un ángel. Pero se presenta como un joven. Esto es interesante, porque bien pudo haberse presentado como un anciano, o con cualquier otra apariencia magnífica de los querubines, con grandes alas, con tamaño enorme, con luminosidad, fuego o nubes, o de cualquier otra manera asombrosa, majestuosa o que provocara una sensación de espanto y reverencia.



Sin embargo, se presenta como un joven. Un joven, que no está armado ni vestido con uniforme de guerra. Está cubierto de una larga ropa blanca. Es un mensajero de paz. Está vestido, lo cual implica que estas buenas noticias no tienen nada que ver con la carnalidad. Y es joven. El evangelio es un mensaje de los jóvenes y para los jóvenes. Es una llamada a vivir. Es una invitación a caminar con Dios en el trayecto de la vida, desde la juventud. Es una oportunidad de encaminar los rumbos del futuro en la nueva vida que salió de aquel sepulcro vacío del Señor Jesús.



En la juventud es cuando se toman decisiones que marcan rumbos. Es la vida humana en su primavera. Se dan los pasos que comienzan los proyectos de vida. Por eso es muy apropiado que este mensajero celestial se presente como un joven.



Él dijo: “No se asusten; buscan a Jesús el que murió en la cruz. Ya no está aquí. Ha resucitado. Vean el lugar donde lo pusieron. Vayan a decírselo a sus discípulos y a Pedro, que el Señor Jesús resucitado los espera en Galilea”. Este mensaje tiene un gran contenido en pocas palabras. Hay una relación estrecha entre la cruz y la tumba vacía. El que resucitó es aquel que fue crucificado. Su muerte y resurrección son como las dos caras de la misma moneda. El que fue crucificado ahora vive como resucitado.



Las buenas noticias de Dios son para enderezar la vida, desde el tiempo de la juventud. Primavera de la vida que tiene sus esperanzas en la buena voluntad de Dios.



 



La razón del miedo



En el relato de la resurrección del Evangelio de Marcos hay miedo y hay incredulidad. Las mujeres, primeras en dar testimonio de la resurrección, se quedaron llenas de miedo, y los hombres, al escuchar su testimonio, no lo creyeron. ¡Vaya equipo de misioneros que tiene el Señor para llevar la buena noticia de su amor por todo el mundo! Y aun así, el Señor Jesús dio a esta iglesia suya, miedosa e incrédula, la Gran Comisión. El Señor Jesús incluye en su plan de bendecir al mundo a un grupo de incrédulos y miedosos. La Gran Comisión da por sentado nuestro miedo e incredulidad. El Señor Jesús no espera que tengamos buenas virtudes, sino que nos manda a bendecir al mundo entero, sabiendo bien que estamos asustados y que somos incrédulos. El Señor Jesús cuenta con un grupo de creyentes que es imperfecto, y aun así nos da la Gran Comisión. De esta manera la tarea misionera es completamente obra de la gracia de Dios, y toda la gloria de nuestra labor es para el Señor.   



Las mujeres se fueron del sepulcro, no con las ganas de ir a contar la noticia de la resurrección del Señor, sino llenas de miedo, y sin decir nada a nadie. Iban confundidas, sin saber bien qué había pasado, asustadas, llenas de pánico.



Pensemos un momento sobre la razón de ese miedo. Lo más fácil para los varones es pensar que esas mujeres estaban asustadas porque eran mujeres. En el punto de vista masculino, son las mujeres las que tienen miedo. Pero no es así. Aquellas mujeres no estaban asustadas porque ellas fueran mujeres, sino porque Cristo es el Señor. La razón del miedo no está fundamentalmente en quiénes seamos nosotros, sino en quién es el Señor Jesús. Esa reacción de miedo y pánico también la tuvieron los hombres cuando vieron al Señor Jesús caminando sobre el agua (Mr. 6:49). Navegando de noche, con el viento en contra, los discípulos batallaban para remar en esas condiciones. El Señor Jesús iba caminando sobre el agua, haciendo el amague de adelantárseles para llegar antes que ellos a la otra orilla.



Aquellos hombres, adultos, fuertes y grandes se pusieron a gritar de pánico. Pero no se espantaron porque fueran cobardes, poco-hombres, o porque no supieran qué era aquello que veían. Más bien es al revés. Se espantaron porque sabían bien qué significaba eso que veían. En Job 9:8 dice que Dios, que es mucho más grande que nosotros, despliega los cielos y camina sobre las olas del mar. Aquel que camina sobre el mar es Dios. El Señor Jesús, con quien han estado tratando aquellos hombres y mujeres, es Dios mismo. Esa es la verdadera razón del miedo, porque Dios nos conoce completamente, y no podemos escondernos ante su mirada.  



El Señor perdona nuestros errores; no podemos escondernos de Dios. Pero en su gracia nos invita a colaborar en su misión de bendecir al mundo con su amor.



 



¿Quién es Jesús?



Recuerdo que mi maestra de piano me decía que yo tenía que practicar tanto una pieza musical, que si alguien me despertara a las 3 de la mañana, y me sentara al piano, aún medio dormido, yo debía ser capaz de tocar esa pieza. El pianista hace lo que naturalmente hace un pianista. Así, Dios también, hace lo que a Dios le corresponde hacer, aún si fuera en el estado intermedio entre el sueño y el despertar.   



Al final del capítulo 4 de Marcos aparece un episodio en el que los discípulos quedaron aterrados, preguntándose quién es Jesús. Él iba en la barca con sus discípulos, y se quedó dormido, en el cabezal de la popa, es decir, ahí donde se pone el capitán que conduce los rumbos de la barca. Esto nos dice que Jesús era un ser humano, que estaba fatigado y necesitaba dormir la siesta. “He aquí, no se dormirá el que te guarda”, dice el salmo 121. Entonces, está claro que Jesús es un ser humano. Pero hay algo más. No se trata sólo de un simple ser humano.



Al azotar la tormenta, los discípulos angustiados lo despertaron recriminándole su aparente indiferencia: “¿No te importa que perecemos?” Jesús, al despertar, ordenó al mar que se calmara, y en seguida, pasó la tempestad, y el viento quedó en calma. Entonces los discípulos se quedaron aterrados, porque sabían bien quién es el que se encarga de calmar tormentas.



Ellos conocían el salmo 107:28-30, donde dice que es Dios el que hace que la tormenta amaine. Esa es una de las cosas que hace Jehová, es una de sus características: calma las olas de un mar embravecido y en tempestad. Jesús de Nazaret, el hombre fatigado y adormilado, recién despertado, y tal vez todavía sin acabar de despabilarse, hace aquello que normalmente hace Dios: Ordena a la tempestad que se sosiegue y calma las olas del mar. Como un pianista a quien despiertan a mitad de la noche, y es capaz de tocar, así Jesús, recién despertado, hace lo que es propio de Dios.



¿Quién es Jesús? ¿Quién es este maestro galileo que ha compartido el pan y el camino con sus discípulos? ¡No es otro más que Dios mismo! El Señor, Dios, ha venido en persona en Jesús de Nazaret. Al andar con Jesús hemos estado tratando con Dios. Esa es razón más que suficiente para tener un terrible miedo, porque Dios nos conoce incluso mejor de lo que nos conocemos a nosotros mismos. No hay secretos pues Dios lo sabe todo. Nuestra tendencia natural es tenerle miedo a Dios. Pero el énfasis de la Biblia es no confundir el temor reverente con el miedo.       



El Señor nos conoce profundamente, y sabe cuánto necesitamos su gracia, porque sin Dios no tenemos esperanza. Que Dios nos enseñe a vivir en su camino de justicia y santidad.



 



No se asusten



No hay secretos ante Dios pues Dios lo sabe todo. Nuestra tendencia natural es tenerle miedo a Dios. Pero el énfasis de la Biblia es no confundir el temor reverente con el miedo. El temor es respeto y reverencia. Pero no hay ningún mandamiento bíblico que nos diga que debamos asustarnos, o relacionarnos con Dios con base en el miedo o el espanto. Dios no es un ser terrorífico que aplaste al ser humano y lo aterrorice de tal manera que no tenga nada de esperanza.  



La Biblia repite muchas veces el mandamiento: “No tengas miedo”. Hay que acercarnos con confianza a este Señor, porque a pesar de nuestro miedo e incredulidad, Jesús nos da su Gran Comisión y nos encarga la labor de bendecir al mundo, aunque tengamos miedo. Dios nos invita a que vivamos “tranquilos, seguros, sin miedo y con fe”, como dice la canción de Abraham Lara. https://www.facebook.com/watch/?v=590785841441354  



La razón de nuestra confianza es que Jesús venció la muerte. Ha resucitado. Por eso, aunque nuestra tendencia natural sería asustarnos como aquellas mujeres, Dios nos envía el mensaje claro: ¡No hay por qué temer; no se asusten! Aquel que fue crucificado entró al cuartel general de la muerte. Entró al salón de mando, al cuarto de máquinas, y desactivó su poder. El que fue crucificado entró hasta donde están los cables y los cortó. Dejó a la muerte desarmada, desactivada y descompuesta.



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Esa es una noticia que lo cambia todo. Ya no tenemos por qué temerle a la muerte y ya no tenemos por qué vivir bajo los efectos de las dimensiones inmorales de la muerte.



Ya no tenemos que escondernos cuando hemos cometido pecado, porque la fuerza de la muerte ya ha sido desactivada. Ese pecado ya no tiene por qué dominarnos ni hacernos vivir bajo su imperio. Si confesamos nuestro pecado, el Señor Jesús nos perdonará y nos librará de toda maldad. Ya no tenemos por qué servir a la injusticia, ni a la indiferencia, ni a la inmoralidad. Podemos caminar por la vida nueva, en el poder de la Resurrección.  



Más allá de nuestro miedo y de nuestra incredulidad, Señor, ayúdanos; acompáñanos; haznos ver en dónde estamos. Ayúdanos a ponernos de pie y beber el agua limpia que tienes para nosotros, a alejarnos definitivamente de la angustia, y de cualquier medio ambiente contaminado con basura espiritual y tristeza. Danos la seguridad de tenerte a ti como nuestro buen Padre celestial que tienes para nosotros una roca firme y un refugio seguro: La vida nueva que nos ofreces por tu gracia. Amén.


 

 


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