El País ha publicado en su edición de este sábado un bochornoso artículo sobre el crecimiento de iglesias evangélicas en la zona de Carabanchel.
Quizás es que, sin reflexionar mucho sobre ello, estamos viviendo un cristianismo en el error y nuestra vivencia de la espiritualidad cristiana no se adapta a las exigencias del Maestro.
¿A pesar de que la vida no consiste en tarjetas de crédito, cuentas bancarias o bienes acumulados, es necesario coger, de vez en cuando, todo lo que tengamos, ponerlo en nuestra bolsa o alforja y salir al mundo dispuestos a usarlas?
El querer ser recordado por las barbaridades que hacemos es una de las motivaciones más estúpidas que pueden tenerse en la vida.
Recordemos: Amor a Dios y al prójimo están en relación de semejanza.
La iglesia debería ser la organización que más trabajara, que más se esforzara, luchara, denunciara y evangelizara en favor de la puesta en marcha de los valores del Reino.
La regla de oro es una invitación a la libertad radical de no darles control de mis acciones y mis sentimientos a otros.
Querer amar a Dios sin tener en cuenta al prójimo es una mentira; querer amar o ser solidario con el prójimo sin tener en cuenta a Dios, puede ser un humanismo ateo.
Muchas veces no necesitan ser gritadas o publicadas en los medios de comunicación para transformar o revolucionar la vida de muchas personas.
La religión sin compromiso con el hombre que sufre queda en algo externo, vacío, sin cambio de mente ni de corazón, sin misericordia ni búsqueda de justicia, sin liberación de los oprimidos.
Para salvarnos no necesitamos las obras pero la sociedad necesita de ellas para mejorarse. Cambiemos nosotros.
Si caminamos por el mundo sin saber dar, ni darnos, vivimos en una contracultura bíblica, una cultura negra e injusta, propia del reino de la muerte.
¿Es difícil expulsar a nuestro propio yo del centro de nuestras vidas? No es fácil, pero es algo trascendental que nos lanza a lo eterno.
Si amamos a Dios, somos nosotros quienes debemos preocuparnos por ayudar a los demás.
Nuestra vida sería diferente si la gente nos comprendiese más y si nosotros hiciéramos un esfuerzo por comprender más a los que nos rodean.
Estamos convirtiéndonos en una sociedad del miedo.
Cuando se olvida al pobre, se le oprime, se le despoja o se pasa de largo ante su dolor, se imposibilita toda relación cúltica con el Dios de la vida.
¿Qué clase de cristianismo vivo si sólo me preocupa lo que pasa en “mi iglesia”? ¿Qué hay de “la Iglesia”?
Él siempre nos escucha y nos ayuda, aunque a veces parece estar lejano.
Hagamos uso lícito de lo que exponemos, porque no soy bueno, no quiero aparentar ser bueno.
Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?
“Se trata más bien de todo un sistema”, dice el experto Federico Bertuzzi, cuyas implicaciones van “más allá” de la expresión de una fe privada.
Los obstáculos son parte del trayecto, solventarlos no está al alcance de todos.
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