La película habla de una vieja habilidad humana: la de levantar arquitecturas de poder sostenidas por relatos cuidadosamente diseñados.
El mago del Kremlin, inspirada en la novela de Giuliano da Empoli, en apariencia relata los entresijos del poder en la Rusia posterior a la caída de la Unión Soviética: asesores que trabajan en la sombra, estrategias mediáticas cuidadosamente calculadas y la construcción paciente de un líder capaz de devolver estabilidad a un país que había conocido el vértigo del caos.
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Pero, una vez pasada la impresión inicial, la película deja flotando una idea incómoda: la sensación de que ese mecanismo no es nuevo.
El poder, en el fondo, siempre ha sido una historia. Y quien logra contarla mejor suele gobernar.
Hoy hablamos con naturalidad de propaganda, de ingeniería política o de manipulación de la opinión pública, como si se tratara de inventos propios de la modernidad.
Sin embargo, basta abrir los textos más antiguos para descubrir que los resortes fundamentales del poder han sido sorprendentemente constantes. Cambian los palacios, cambian los imperios, cambian los instrumentos.
Pero la naturaleza humana parece moverse con una lógica extraordinariamente persistente.
El libro del Éxodo ofrece una escena reveladora. Moisés comparece ante el faraón para exigir la liberación de Israel y realiza un signo prodigioso que pretende mostrar la autoridad del Dios que lo envía.
Pero inmediatamente los magos de la corte replican el gesto con sus propios artificios. El episodio, leído con calma, tiene algo de duelo teatral. No se trata únicamente de prodigios, sino de una confrontación pública en la que cada parte intenta demostrar ante el poder y ante el pueblo quién posee la verdadera autoridad.
Los comentaristas bíblicos han señalado con frecuencia ese carácter visible, casi escénico, de la escena. El poder necesita signos. Necesita símbolos. Necesita gestos que sostengan el relato en el que descansa su legitimidad.
Algo parecido ocurre cuando el poder decide revestirse de legalidad. La historia de Nabot, narrada en el primer libro de los Reyes, posee una modernidad inquietante.
El rey Acab desea quedarse con la viña de aquel hombre justo, pero es su esposa Jezabel quien idea el procedimiento para lograrlo sin que parezca un simple abuso.
Convoca un ayuno público, organiza una asamblea y dispone testigos falsos que acusen a Nabot de blasfemia. Todo sucede dentro de un marco aparentemente impecable: hay tribunal, hay acusación, hay sentencia. Y, sin embargo, el resultado estaba decidido desde el principio.
La escena parece escrita para recordar una verdad incómoda: a veces el poder no necesita romper las reglas; le basta con administrarlas.
También la fabricación del líder tiene precedentes antiguos. Cuando el pueblo de Israel pide un rey “como todas las naciones”, el profeta Samuel advierte de los peligros de esa decisión. Pero el pueblo insiste. Quiere un gobernante visible, una figura que encarne su seguridad colectiva.
El elegido será Saúl, y el propio texto bíblico subraya un detalle aparentemente menor: sobresalía por encima de todos los demás. En una sociedad donde la autoridad debía percibirse antes de proclamarse, la apariencia ya formaba parte del relato político.
No es difícil reconocer en ese episodio una intuición que la política moderna ha aprendido a manejar con extraordinaria habilidad: el liderazgo también se construye en la mirada de quienes lo contemplan.
La Escritura, por otra parte, nunca idealiza la naturaleza humana. Sus páginas contienen una franqueza moral que a veces resulta incómoda para el lector moderno.
El episodio de Amnón y Tamar, en el segundo libro de Samuel, es un ejemplo elocuente. Amnón desea lo que no debe y busca consejo. Jonadab, descrito como hombre muy astuto, le propone una estrategia tan sencilla como eficaz: fingir enfermedad, manipular las circunstancias y provocar la situación que permita consumar su propósito.
El plan funciona. El relato no disimula la gravedad de lo ocurrido ni la suaviza con explicaciones complacientes. Simplemente muestra hasta qué punto la astucia humana puede ponerse al servicio de la injusticia cuando el deseo se impone a la verdad.
Quizá por eso el libro del Eclesiastés dejó escrito uno de los diagnósticos más sobrios sobre la historia humana: “Lo que fue, eso será; y lo que se hizo, eso se hará; no hay nada nuevo bajo el sol”.
Cada época se persuade de que ha descubierto las claves definitivas del poder. Cada generación cree habitar una era radicalmente distinta.
Sin embargo, los textos antiguos parecen observar nuestras innovaciones con una serenidad casi irónica. Ya han visto antes esos mismos movimientos.
El gobernante que necesita escenificar su autoridad.
La ley que se manipula para servir al poderoso.
El líder que se construye para responder al deseo colectivo de seguridad.
La astucia que convierte la verdad en un instrumento.
Quizá por eso historias como la que sugiere El mago del Kremlin resultan tan fascinantes. No hablan únicamente de Rusia ni de la política del siglo XXI. Hablan de una vieja habilidad humana: la de levantar arquitecturas de poder sostenidas por relatos cuidadosamente diseñados.
Y tal vez la pregunta más incómoda no sea quién escribe esos relatos, sino cuántas veces estamos dispuestos a creerlos.
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