La película nos sitúa en la cautividad de Miguel de Cervantes en Argel. Pero el verdadero cautiverio que le interesa a Amenábar no es físico ni político: es narrativo.
Una escena de la película.
El cautivo, la nueva mirada de Alejandro Amenábar hacia el pasado, no es una película fallida ni torpe: sería injusto decirlo.
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Amenábar sigue siendo un cineasta de oficio sólido, dueño del tempo narrativo y del aparato técnico.
Pero vuelve a incurrir en un gesto reconocible: regresar a la Historia no para escucharla, sino para hacerla pasar por el tamiz de sus propias inquietudes contemporáneas, muchas de ellas leídas hoy como progresismo moral, aunque quizá no sean sino la ansiedad moderna por dotar de sentido lo que no lo tiene.
La película nos sitúa en la cautividad de Miguel de Cervantes en Argel. Pero el verdadero cautiverio que le interesa a Amenábar no es físico ni político: es narrativo.
El cautivo habla, por encima de todo, de la necesidad humana de contar historias. De inventar ficciones para soportar el peso de la realidad. Historias que entretienen, que conmueven, que justifican, que explican —aunque sea de manera provisional— lo incomprensible.
Cervantes aparece aquí menos como héroe nacional y más como símbolo: el hombre que sobrevive porque imagina. El que transforma la derrota en relato.
Y, sin embargo, la película parece olvidar que esa pulsión por narrar no nace en el vacío ni se explica solo como estrategia psicológica de supervivencia. Hay algo más hondo, más antiguo, más incómodo.
No es casual que la celebridad de Cervantes se deba a El hidalgo Don Quijote de la Mancha, quizá la obra más influyente de la literatura occidental.
Tampoco es casual que esa novela —irónica, fragmentaria, profundamente humana— no pudiera haber sido escrita sin la sedimentación previa de otro libro, infinitamente más leído, más traducido y más discutido: La Biblia.
El Quijote es impensable sin la Biblia porque comparte con ella una comprensión radical del ser humano: criatura caída, contradictoria, capaz de lo sublime y de lo grotesco, necesitada de redención aunque no siempre sepa nombrarla.
Cervantes bebe de una cosmovisión bíblica incluso cuando la parodia, incluso cuando la tensiona. Su imaginación no flota en el aire; está anclada en una visión moral del mundo donde el bien y el mal no son categorías intercambiables ni meras construcciones sociales.
Amenábar intuye —con lucidez— que el ser humano necesita relatos para vivir. Pero se resiste a reconocer que no todas las historias son equivalentes.
La Biblia no es solo un gran relato entre otros, ni una ficción útil para organizar la experiencia. Es revelación necesaria. No porque anule la imaginación, sino porque la ordena.
La Escritura no existe para aplastar la razón ni empobrecer la cultura, sino para ofrecer el marco último en el que la creación, la historia y la salvación adquieren coherencia.
La Biblia responde a las grandes preguntas no con evasivas poéticas, sino con una narrativa que atraviesa el tiempo: creación, caída, redención, consumación. Sin ese arco, toda ficción es consuelo momentáneo o autoengaño sofisticado.
Amenábar parece sugerir que las historias nos salvan porque nos permiten resistir. El cristianismo afirma algo más escandaloso: que somos salvados por una historia que no hemos inventado. Una historia que nos precede y nos juzga, pero que también nos rescata.
Quizá por eso El cautivo resulta elegante, estimulante y, al mismo tiempo, incompleta.
Hay oficio, hay sensibilidad, hay reflexión. Falta trascendencia. Falta la valentía de admitir que la ficción, por sí sola, no basta para sostener el peso de la existencia.
Cervantes lo sabía mejor que muchos de sus lectores modernos. Y quizá también lo intuía mejor que el propio Amenábar. Porque el autor del Quijote no escribió solo para entretener ni para sobrevivir al cautiverio, sino para explorar —con ironía y compasión— la pregunta última: qué hace al hombre verdaderamente libre.
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