En el mundo evangélico no se dan los anacoretas ni los místicos que se retiran del mundo, pero lo que sí se puede afirmar, quizás con cuidado, es que los evangélicos viven demasiado recluidos entre las cuatro paredes de sus templos.
Foto: [link]Matteo Di Iorio[/link], Unsplash CC0.
No es fácil contestar a la pregunta sobre si los evangélicos somos comunidades contemplativas o grupos activos porque, rápidamente, cualquier pastor nos diría que son grupos activos, pero quizás dice esto pensando en que este activismo consiste en que los miembros se involucran en actividades intra iglesia promoviendo estudios bíblicos, reuniones de oración, actividades de ocio, reuniones de señoras o, en su caso y en muchas iglesias, reuniones de hombres, comidas fraternales, algunos talleres dirigidos a los ancianos.
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También pueden estar los involucrados en las diaconías y grupos de enseñanza, los que limpian y cuidan del templo y un largo etcétera de actividades que mantienen activos a los miembros de las diferentes comunidades evangélicas.
En comparación con todo esto, la involucración en los barrios, evangelización de calle, en las comunidades, en los ambientes culturales y sociales de la ciudad no es tan intenso ni tan valorado.
Muchas personas de la sociedad en la que están instaladas las iglesias evangélicas siguen pendientes de que éstas respondan con auténtico compromiso a la pregunta que, hace varios años, un alcalde de Madrid, Tierno Galván, hizo a unos evangélicos que pidieron un encuentro con él: “¿Qué hacéis además de reuniros?”.
Probablemente Tierno Galván percibía a las iglesias evangélicas más como comunidades contemplativas que como grupos activos que trabajaran en pro de cambios sociales y compromisos con los prójimos más tirados al lado del camino.
No percibía que las comunidades evangélicas estuvieran comprometidas con trabajos y denuncias en orden a reducir la pobreza en el mundo, ni con los trabajos para que en el mundo haya una mejor distribución de los bienes del planeta tierra, ni en las denuncias contra el racismo, así como también la búsqueda de la justicia junto a algo que es central en el Evangelio: la práctica de la misericordia ante los apaleados de nuestra historia.
Todos estos valores que nombro no son simplemente cuestiones sociales, sino que entroncan directamente con los valores bíblicos, con el concepto de projimidad que nos enseñó Jesús y con las denuncias y búsqueda de justicia y misericordia a la que nos llaman los profetas junto a sus denuncias, junto a la práctica de justicia y de la misericordia que hay que hacer a favor de los oprimidos y los injustamente tratados por aquellos que quizás gobiernan el mundo de forma injusta y de espaldas al grito de los apaleados de la historia.
Sin duda que en estas cuestiones falta la voz profética de los cristianos porque, quizá, están más involucrados en ser comunidades contemplativas que en grupos de acción comprometida con la sociedad y que no solamente no claman por la justicia en el mundo, sino que dejan de ser la voz, las manos y los pies del Señor en medio de un mundo de dolor.
Algunos podrán aludir a las obras sociales que mantienen las iglesias que, siendo trabajos loables y esenciales, en muchos casos son obras asistenciales que no entran nunca en ningún tipo de concienciar a sus miembros colaboradores en estas obras sociales sobre las problemáticas del mundo, sobre lo que puede significar no solamente la ayuda asistencial, sino el clamar por justicia en la tierra, lo que puede significar la denuncia profética en nuestros días y el trabajo de inculturación del Evangelio para que no haya estructuras de pecado y de poder económico que fomentan todo lo injusto, lo egoísta y lo falto de misericordia. ¡Cuánto trabajo en estas líneas falta por hacer en el mundo cristiano! ¡Que valientes eran los profetas!
Es verdad que en el mundo evangélico no se dan los anacoretas ni los místicos que se retiran del mundo buscando sus propios desiertos, no hay creyentes que vivan en clausura, pero lo que sí se puede afirmar, quizás con cuidado, es que los evangélicos viven demasiado recluidos entre las cuatro paredes de sus templos y no atienden a un corito que ellos escribieron y cantaron como algo de gran valor que decía algo así: “Saca a Dios de los templos donde lo encerraron hace tantos años, sácalo a la plaza del pueblo…”.
Son palabras que buscaban un compromiso social mucho más relevante de los evangélicos en sus ciudades y plazas que se podría trasladar a que los evangélicos también tuvieran un compromiso mucho más relevante e importante en medio de un mundo injusto, violento y despojador de los débiles cumpliendo con el mandato de projimidad de Jesús.
Vuelven las preguntas: ¿Somos comunidades contemplativas o grupos activos en medio de la sociedad en la que Dios nos ha puesto? ¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad cristiana ante el mundo? ¿Hasta dónde nuestro compromiso con los oprimidos, los injustamente tratados y los despojados de bienes y de dignidad? ¿Podríamos romper un poco las cuatro paredes de nuestros templos o hacerlas más permeables para que, realmente, seamos sal y luz en el mundo y no solamente buscando a personas que se integren en nuestras iglesias un tanto contemplativas?
Aunque siempre sin usar nunca este término “comunidades contemplativas” de forma peyorativa, pues el cristiano también puede y debe usar tiempos de contemplación, oración y comunión con el Altísimo.
No. El cristiano no debe estar centrado únicamente en la relación con lo divino esperando cumplimientos de promesas que les llenan el corazón de alegría, ni debe tender de forma prioritaria a ser más semejante a los ángeles que a ser un buen prójimo que se centra en curar las heridas del sufriente y apaleado.
Así podríamos desequilibrar el Evangelio, más aún mutilarlo, haciendo que el amor que hay que tener al prójimo como a uno mismo y en relación con el amor a Dios acabe siendo algo a lo que, de forma extraña e injusta, le demos la espalda. Quizás habría que hacer una seria relectura de la Biblia desde el punto de vista del compromiso cristiano.
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