Quizás a todos los que queremos levantar risas en medio del llanto, nos toque, por simple empatía, participar también del lloro y de las lágrimas de los sufrientes y oprimidos del mundo.
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“Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis”. Lucas 6:21. “¡Ay de vosotros los que ahora reís!, porque lamentaréis y lloraréis”. Lucas 6:25 (segunda parte). “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación”. Mateo 5:4.
Leyendo las bienaventuranzas de Lucas, uno puede pensar que la bienaventuranza a los que lloran, no se refiere solamente a los que lloran por causa del Evangelio, que lógicamente puede ser, sino que se extiende mucho más —lo veréis en algún texto que citaremos—, hacia todos aquellos afligidos de la tierra, los que han sido empobrecidos, oprimidos e injustamente tratados.
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Esta bienaventuranza está en contraposición a uno de los ayes que se da junto a estas bienaventuranzas: “¡Ay de vosotros los que ahora reís!, porque lamentaréis y lloraréis”.
Y no es solo porque se rían del Evangelio, sino porque su risa insolidaria, acumuladora e injusta, es en contra del prójimo.
Yo creo que sería bueno que reflexionarais sobre las bienaventuranzas de Lucas y sus ayes, que están juntos, (Lucas 6:20-26) para comparar y ver cómo Lucas habla de forma totalmente enraizada en la realidad social.
Los pobres en contraposición de los ricos, los hambrientos en contraposición de los saciados y los que lloran en contraposición de los que ríen.
Probablemente, la versión de Lucas, que es algo más radical y impactante en su formulación, esté más cerca del grupo de contrastes que marcan los valores del Reino que trastocan la visión mundana de la vida: los últimos serán los primeros, los pobres y lisiados serán los convidados del Reino, los sanos serán dejados de lado para acoger a los enfermos… los que lloran van a ser los que ríen.
Yo, desgraciadamente, he tenido que contemplar las lágrimas de muchos inmigrantes o personas vulnerables que lloran por la presión de sus opresores, de injustos empleadores que se lucran con los trabajos de estos débiles del mundo que son los extranjeros oprimidos. He trabajado entre ellos durante muchos años.
Sí. Están las lágrimas de los oprimidos, pero también de aquellos que no llegan ni siquiera a ser oprimidos, sino algo peor: los excluidos del mundo sumergidos en la infravida de la pobreza extrema.
Se dejarían oprimir para dar de comer a sus hijos. Son víctimas de la codicia de sus congéneres, de la avaricia, de la injusta y desmedida acumulación de bienes por parte de algunos.
La Biblia no es ajena a estos llantos, y la bienaventuranza, sin duda alguna, es también para ellos. Personas sumidas en el llanto por el pecado de otros. Hay muchos hombres en el mundo que reducen la vida de muchos a un paso o simple transcurrir por un valle de lágrimas.
Yo no digo que todos estos se vayan a salvar, pues eso sólo corresponde a Dios juzgarlo, pero sí se puede decir, bíblicamente, que Dios no es indiferente a estas lágrimas, y llora con los dolientes del mundo, según vemos en Mateo 25 con el “a mí lo hicisteis”.
También, así dice la Biblia: “Me volví y vi todas las violencias que se hacen debajo del sol; y he aquí las lágrimas de los oprimidos, sin tener quien les consuele; y la fuerza que estaba en la mano de los opresores, y para ellos, (para los que lloraban), no había consolador”. Eclesiastés 4:1.
Dios quiere ser el Consolador para ellos, trasladarles y concederles la bienaventuranza de la risa y del gozo.
Pero no dejemos la responsabilidad del consuelo sólo en las manos de Dios, pues este Dios también quiere ser el que motive a sus hijos, a los que dicen seguirle, a su iglesia, para que podamos nosotros también ser las manos y los pies del Señor en medio de un mundo de dolor llevando consuelo, risa, alegría y la felicidad de la bienaventuranza.
Quizás a todos los que queremos levantar risas en medio del llanto, nos toque, por simple empatía, participar también del lloro y de las lágrimas de los sufrientes y oprimidos del mundo.
Para esos, las manos solidarias de los creyentes que empatizan con los que lloran y son capaces de llorar con ellos, también es la bienaventuranza.
Sí. Para esas lágrimas, las de los creyentes solidarios, también hay bienaventuranza. Hay promesa de felicidad para los que comparten el llanto de los sufrientes del mundo, para los que andan por los valles y caminos de esta tierra intentando secar lágrimas.
Son aquellos sembradores de alegrías y gozos que, aunque empapados del llanto de los oprimidos y pobres del mundo, y aún también de su propio llanto al ver las violencias que se hacen debajo del sol y las lágrimas de los oprimidos, lloran con los que lloran, como mensajeros del llanto y del canto de alegría.
Así nos anuncia el salmo como con un grito de alegría: “Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán”. Para ellos también es la bienaventuranza.
“Consolaos, consolaos, pueblo mío, dice nuestro Dios”. El tiempo de las lágrimas no será eterno. Así, podremos repetir la bienaventuranza desde “el ya del Reino”, un Reino que ya está entre nosotros: “Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis”.
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