La verdadera victoria no consistió en haber resistido toda la noche, consistió en haber salido dependiendo de Dios para el resto de su vida.
Foto: [link]Elijah Hiett[/link], Unsplash CC0.
"La fe nunca sabe adónde es llevada, pero ama y conoce a aquel que la guía." Oswald Chambers
"Dios nunca nos pide que renunciemos a algo sin proponerse darnos algo mejor: una comunión más profunda con el." Elisabeth Elliot
"Cuando Dios quiere usar grandemente a un hombre, primero lo hiere profundamente." A. W. Tozer
Aquel hombre caminaba cojeando mientras amanecía, nadie que lo hubiera visto aquella mañana habría imaginado que aquella cojera era el mayor triunfo de toda su vida, la noche anterior había luchado con Dios, y venció.
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O, mejor dicho... venció porque dejó de intentar vencer. Allí, junto al vado de Jaboc, Dios tocó el encaje de su muslo, no necesitó una espada, ni un ejército..... ¡Bastó un sólo toque para derribar toda una vida construida sobre la autosuficiencia!
Y allí mismo ocurrió el milagro más grande: no te llamarás más Jacob... sino Israel. Aquel amanecer comenzó una historia nueva; pero Peniel no empezó aquella noche, Peniel había comenzado muchos años antes... todo comenzó con una promesa, antes incluso de que Jacob respirara por primera vez, Dios ya había hablado... "El mayor servirá al menor." (Génesis 25:23)
La promesa nunca estuvo en peligro, lo que sí estuvo en peligro fue la forma humana de intentar cumplirla...... Y allí aparece Rebeca. ¡Qué hermosa es la primera vez que la Escritura la presenta!
Aquella joven que Eliezer había traído en obediencia a Abraham y en oración, desciende del camello para encontrarse con Isaac (Gn. 24:64).
La escena está llena de delicadeza y de pureza, Isaac la introduce en la tienda que había pertenecido a Sara, la ama, y el texto añade una frase entrañable: "Y se consoló Isaac después de la muerte de su madre."
Todo parecía comenzar bajo la bendición de Dios, sin embargo... los años demostraron que incluso los hogares más amados necesitan aprender a esperar en Dios.
Rebeca conocía la promesa, pero decidió ayudar a Dios, y casi siempre que intentamos ayudar a Dios, terminamos estorbando su obra. Con un disfraz, un engaño y un plato preparado para Esaú, Jacob obtuvo una bendición que Dios ya había prometido darle.
Ganó la bendición... pero perdió el hogar, perdió a su madre, perdió la paz..... Y comenzó un largo camino de exilio, porque cada atajo fuera de la voluntad de Dios acaba convirtiéndose en el camino más largo.
Jacob huía, no llevaba corona, no llevaba riquezas... sólo una piedra por almohada. Y precisamente allí, donde ya no quedaba nada en lo que apoyarse, apareció el cielo abierto.
La escalera no subía desde la tierra, descendía desde el cielo. Porque siempre es Dios quien toma la iniciativa. Mientras Jacob dormía, Dios renovó la promesa, no por los méritos de Jacob; sino por la fidelidad de Dios, y le dijo aquellas palabras que siguen sosteniendo corazones hoy:
"He aquí, yo estoy contigo, y te guardaré por dondequiera que fueres." (Génesis 28:15)
Betel fue el lugar donde Jacob descubrió que Dios permanece fiel incluso cuando nosotros no lo somos.
Después llegaron veinte años, veinte años de espera, veinte años siendo engañado por quien engañaba mejor que él, ¡qué ironía tan santa!
El hombre que había engañado a su padre terminó viviendo con un hombre que lo engañó una y otra vez. No era un castigo, era un taller. Dios estaba limando el filo del “viejo” Jacob, porque Dios no sólo cumple promesas... también forma carácter. Cada decepción... cada noche larga... cada cambio de salario... cada injusticia... era un cincel en las manos del alfarero.
Y llegó Peniel, Jacob ya no era el muchacho astuto, tampoco el fugitivo, ahora debía encontrarse con Esaú, y el miedo volvió a desnudar su corazón; entonces Dios decidió hacer la última obra.
No cambió primero las circunstancias, cambió al hombre, toda aquella noche Jacob luchó, hasta que comprendió que había una batalla que nunca podría ganar con su propia fuerza; entonces dejó de luchar... y comenzó a aferrarse: "No te dejaré si no me bendices." ¡Qué diferente era esta petición!
Antes robaba bendiciones, ahora las mendigaba; antes manipulaba personas, ahora dependía de Dios; antes corría, ahora caminaría cojeando..... Y precisamente allí Dios cambió su nombre. Porque Dios cambia primero el corazón y después la identidad.
Jacob significa "el que suplanta", Israel significa "el que lucha con Dios.” Pero la verdadera victoria no consistió en haber resistido toda la noche, consistió en haber salido dependiendo de Dios para el resto de su vida.
Aquella cojera era un recordatorio permanente de que nunca volvería a caminar apoyándose sólo en sí mismo.
Peniel también existe hoy... todos soñamos con Betel, pocos desean Peniel. Nos gusta la promesa, nos cuesta aceptar el proceso. Celebramos los sueños, rehuimos las noches de lucha. Pero Dios sabe que algunas bendiciones sólo pueden sostenerse sobre una vida quebrantada.
Hay victorias que sólo llegan cuando dejamos de confiar en nuestra fuerza, hay nombres nuevos que sólo nacen después de que muere el “viejo” Jacob, hay amaneceres que sólo llegan después de haber llorado toda la noche.
Quizá hoy estés luchando con preguntas, con pérdidas, con temores, o con un futuro incierto.... Tal vez sientas que Dios está tocando precisamente aquello en lo que más confiabas; no siempre comprendemos sus caminos, pero sí podemos confiar en su corazón.
El Dios que hirió el muslo de Jacob fue el mismo que lo abrazó con una promesa y le dio un nombre nuevo. Nunca hiere para destruir, hiere para sanar más profundamente; nunca quebranta por crueldad, quebranta para hacernos descansar en él.
Porque el mayor milagro de Peniel no fue que Jacob viera a Dios, fue que, después de ver a Dios, jamás volvió a ser el mismo.
Señor de mi vida...
Si para cambiar mi nombre tienes que tocar aquello en lo que más confío, hazlo; si para enseñarme a depender de ti debo caminar más despacio, acepto incluso la cojera. No permitas que conserve intacto al “viejo” Jacob mientras se pierde el Israel que tú soñaste desde antes de mi nacimiento.
Llévame a mi propio Peniel, allí donde se rompen mis seguridades; haz florecer tu gracia allí donde muere mi autosuficiencia, pero nace una confianza más profunda en ti. Que no salga de tu presencia igual que entré, y si el precio de conocerte más es caminar con alguna cicatriz, que esa cicatriz sea para siempre el testimonio de que tus manos me tocaron, tu amor me sostuvo y tu voluntad venció. Porque la verdadera bendición no es salir ilesa del encuentro contigo, la verdadera bendición es salir transformada.
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