domingo, 5 de julio de 2026   inicia sesión o regístrate
 
Protestante Digital

 
 

Cuando la vida no sale como esperábamos

La creación es buena, pero no es estática; es bella, pero también frágil; es hogar, pero no refugio absoluto contra toda amenaza. Las cosas pasan. Y lo que pasa, nos pasa a todos.

ACTUALIDAD AUTOR 654/Harold_Segura 05 DE JULIO DE 2026 10:00 h
Foto de [link]Anastasia R[/link] en Unsplash

“Aunque no eche brotes la higuera,



ni den las vides ningún fruto;



aunque nada se espere del olivo,



ni los labrantíos den para comer;



aunque no haya ovejas en el aprisco,



ni queden vacas en los establos;



18 aun así, yo me gozaré en el Señor,



me alegraré en Dios, mi salvador.”.



Habacuc 3:17-18[1]



 



Hay días en que la vida parece salirse de su cauce. Basta una noticia, una llamada telefónica, una imagen que aparece en la pantalla del teléfono o un silencio que se prolonga más de lo esperado para recordarnos que no tenemos el control de casi nada. Creíamos caminar sobre suelo firme y, de pronto, descubrimos que la tierra también tiembla bajo nuestros pies. Lo vemos por estos días en Venezuela, en Gaza, en Sudán, en Haití y en tantos otros lugares donde el dolor tiene nombres propios, rostros concretos y familias enteras buscando cómo seguir viviendo. Pero también lo vemos más cerca, en la habitación de un hospital, en una mesa familiar con una silla vacía, en una casa donde ya no alcanza el dinero o en el corazón de alguien que no encuentra fuerzas para comenzar de nuevo.



Frente a esas realidades, la primera reacción suele ser buscar explicaciones. Queremos saber por qué ocurrió, quién tuvo la culpa, qué sentido tiene, dónde estaba Dios. No está mal preguntar. La fe bíblica nunca ha tenido miedo de las preguntas. Job preguntó desde el polvo de su desgracia; los salmistas preguntaron desde la angustia; los profetas preguntaron desde el dolor de los pueblos; Jesús mismo preguntó desde la cruz. El problema no está en preguntar, sino en responder demasiado pronto, como si el sufrimiento humano pudiera resolverse con una frase piadosa o con una doctrina mal aprendida.



Durante mucho tiempo, ciertas formas de religiosidad han intentado explicar el mal mediante una lógica de premios y castigos. Si algo bueno sucede, se dice que Dios bendijo. Si algo malo ocurre, se insinúa que hubo pecado, falta de fe o desobediencia. Esa explicación parece sencilla, pero es pastoralmente cruel y teológicamente pobre. No resiste la lectura honesta de la Biblia ni la contemplación atenta de la vida. ¿Qué pecado cometió un niño que nace en medio de una guerra? ¿Qué falta de fe explica el dolor de una madre que pierde a su hija? ¿Qué doctrina puede justificar el sufrimiento de pueblos enteros empujados al hambre, a la violencia o al exilio?



 



La vida sucede… y nos sucede a todos



Jesús desmontó esa manera de pensar. Cuando sus discípulos quisieron explicar la ceguera de un hombre buscando culpables, él se negó a entrar en esa lógica (Jn.9:2). Cuando algunos interpretaban las tragedias de su tiempo como castigo divino, Jesús rechazó esa conclusión (Lc.13:1-3). Y en el Sermón del Monte recordó que el sol sale sobre buenos y malos, y que la lluvia cae sobre justos e injustos. Con esa afirmación sencilla, pero profunda, nos colocó frente a una verdad que la religión a veces olvida: creer no nos pone al margen de la condición humana.



Vivimos en el mismo mundo. Un mundo donde nacen niños y niñas, florecen los jardines, se celebra el amor, se comparte el pan y se descubren amistades que salvan. Pero también un mundo donde ocurren terremotos, enfermedades, accidentes, guerras, injusticias y pérdidas. La creación es buena, pero no es estática; es bella, pero también frágil; es hogar, pero no refugio absoluto contra toda amenaza. Las cosas pasan. Y lo que pasa, nos pasa a todos.



Aceptar esto no significa rendirse al fatalismo ni renunciar a la esperanza. Significa comenzar desde la verdad. La espiritualidad cristiana no necesita negar la realidad para sostener la fe. Al contrario, la fe madura se atreve a mirar la realidad de frente, sin maquillarla ni convertirla en propaganda religiosa. No todo lo que ocurre tiene una explicación inmediata. No todo dolor puede traducirse en una lección. No toda herida necesita una teoría; muchas veces necesita presencia, silencio, cuidado y compañía.



Por eso, quizá la pregunta más importante no sea: “¿Por qué pasan estas cosas?”. Esa pregunta puede ser legítima, pero también puede llevarnos a callejones sin salida. La pregunta pastoralmente más fecunda es otra: “¿Cómo vivimos cuando estas cosas pasan?”. Allí es donde la espiritualidad cristiana ofrece su contribución más honda. No como una respuesta mágica, ni como un escudo que nos hace invulnerables, ni como una explicación que cierra el misterio, sino como una manera nueva de habitar la vida cuando la vida no sale como esperábamos.



 



La diferencia no está en lo que ocurre, sino en cómo lo vivimos



La espiritualidad cristiana no cambia necesariamente las circunstancias. No detiene por sí sola los terremotos, no evita todas las enfermedades, no impide que los seres humanos ejerzan su libertad para hacer daño ni cancela la fragilidad propia de la existencia. Pero puede transformar profundamente la manera como atravesamos esas circunstancias. Esa diferencia no es menor. A veces no cambia el camino, pero cambia al caminante. No siempre modifica el paisaje exterior, pero ensancha el alma, fortalece la esperanza, despierta la compasión y nos permite seguir adelante sin entregarle al sufrimiento la última palabra.



Cuando llegan los tiempos difíciles, la espiritualidad cristiana sostiene la esperanza. No una esperanza ingenua, hecha de frases bonitas, sino una esperanza probada, capaz de respirar aun en medio del polvo. Fortalece la resiliencia, no como simple capacidad psicológica de adaptación, sino como gracia que nos permite levantarnos acompañados por Dios y por los demás. Despierta la solidaridad, porque el dolor vivido desde la fe nunca debería encerrarnos en nosotros mismos, sino abrirnos al sufrimiento ajeno. Alimenta la compasión, esa forma profunda de mirar que no se conforma con sentir lástima, sino que se acerca, toca, escucha y sirve.



Pero la espiritualidad cristiana no sólo nos ayuda en los días oscuros. También nos educa para los días luminosos. Cuando la vida sonríe, nos enseña a recibirlo todo con gratitud. Nos libra de la soberbia de pensar que somos dueños absolutos de nuestros logros. Nos libera de la autosuficiencia que olvida la gracia. Nos protege de la indiferencia frente a quienes no están viviendo nuestra misma bonanza. La fe madura no sólo consuela en el sufrimiento; también disciplina el corazón cuando llegan la abundancia, el reconocimiento o la calma.



 



Mirar la vida desde la cruz



En el centro de esta espiritualidad está Jesús. Los cristianos no seguimos una teoría sobre el sufrimiento; seguimos a una persona. Y esa persona fue el Justo a quien le ocurrió la mayor injusticia. Jesús conoció la incomprensión, la traición, el abandono, la violencia y la muerte. Su vida desmiente toda religiosidad interesada que presenta la fe como seguro contra el dolor o como camino garantizado hacia la prosperidad. Si alguien podía reclamar una vida sin cruz, era él. Sin embargo, cargó una.



La cruz no explica todo el sufrimiento humano, pero revela algo decisivo sobre Dios. Nos muestra que Dios no contempla el dolor desde lejos, como un espectador indiferente. En Jesús, Dios entra en la historia herida, se acerca a quienes padecen, comparte la fragilidad humana y acompaña desde dentro los lugares donde la vida se rompe. La cruz no glorifica el sufrimiento ni invita a soportar pasivamente la injusticia. Al contrario, desenmascara el poder de la violencia, denuncia la crueldad de los sistemas que condenan inocentes y anuncia que el amor de Dios puede atravesar incluso la muerte.



Por eso, la resurrección no es un final feliz añadido a una tragedia religiosa. Es la afirmación de que el amor tiene más futuro que el odio, que la vida de Dios es más fuerte que la muerte y que ninguna cruz posee la última palabra sobre la historia. La esperanza cristiana nace allí: no de negar la noche, sino de creer que Dios puede encender luz incluso cuando la noche parece haberlo cubierto todo.



Esta manera de comprender la fe nos aleja de dos peligros. Por un lado, nos libra del fatalismo, esa actitud que se resigna ante el mal como si nada pudiera hacerse. Por otro lado, nos libera de la religiosidad utilitaria, que busca a Dios sólo para obtener protección, éxito o tranquilidad. Creer no es contratar un seguro espiritual. Creer es recibir la gracia de vivir ante Dios con confianza, aun en medio de la incertidumbre; es aprender a amar cuando sería más fácil endurecerse; es servir cuando sería más cómodo encerrarse; es seguir esperando cuando las razones para hacerlo parecen escasas.



 



El horizonte que sostiene el camino



Además, la espiritualidad cristiana nos ofrece un horizonte más amplio para comprender la existencia. No se limita a responder qué hacemos con el dolor; también nos ayuda a responder quiénes somos, de dónde venimos, para qué estamos aquí y hacia dónde caminamos. Estas preguntas no son adornos filosóficos. Son las coordenadas profundas de toda vida humana. Cuando no sabemos quiénes somos, cualquier pérdida amenaza con destruirnos. Cuando no sabemos para qué vivimos, cualquier fracaso parece definitivo. Cuando no tenemos hacia dónde caminar, el presente se vuelve una prisión.



La fe cristiana responde a esas preguntas desde el amor creador de Dios, desde la dignidad de haber sido llamados hijos e hijas, desde la vocación al servicio y desde la esperanza del Reino. Venimos de Dios, no del absurdo. Somos criaturas amadas, no mercancía descartable. Estamos aquí para amar, cuidar, reconciliar, servir y participar en la obra de Dios en el mundo. Caminamos hacia la plenitud de su Reino, no hacia la nada. Ese es el horizonte trascendente de la fe. No nos saca de la historia; nos devuelve a ella con mayor responsabilidad.



Cuando una persona vive desde ese horizonte, comienza a vivir de otra manera. Vive con más humildad, porque reconoce sus límites; con más libertad, porque su identidad no depende sólo de sus éxitos; con más gratitud, porque descubre que todo es don; con más solidaridad, porque entiende que nadie se salva solo; con más esperanza, porque sabe que el mal no tiene la última palabra; y con más compromiso, porque quien encuentra sentido para vivir termina encontrando también razones para servir.



 



Habitar el mundo con esperanza



En tiempos inciertos necesitamos esta espiritualidad. No una espiritualidad evasiva, dedicada a cerrar los ojos ante el sufrimiento del mundo, sino una espiritualidad encarnada, capaz de orar con los pies en la tierra y de servir con el corazón vuelto hacia Dios. No una espiritualidad que prometa respuestas para todo, sino una que nos enseñe a caminar cuando las respuestas todavía no llegan. No una espiritualidad que nos aparte del mundo, sino una que nos ayude a habitarlo con esperanza, ternura y responsabilidad.



Venezuela, Sudán, Gaza, Haití y tantos otros lugares donde hoy se sufre nos recuerdan que la vida no siempre sale como esperábamos. Pero el Evangelio nos recuerda algo más: aun cuando la vida no sale como esperábamos, Dios no abandona la historia. Su amor sigue presente en quienes consuelan, en quienes rescatan, en quienes comparten el pan, en quienes oran, en quienes reconstruyen, en quienes se niegan a dejar que el dolor tenga la última palabra.



La esperanza cristiana no consiste en creer que nada malo ocurrirá. Consiste en confiar en que, pase lo que pase, el amor de Dios seguirá llamándonos a caminar, a amar y a servir. Y en esa confianza descubrimos, quizá, la diferencia más profunda que hace creer: no nos evita la condición humana, pero nos enseña a vivirla con sentido, con compasión y con esperanza.



 



Harold Segura, teólogo, pastor bautista y escritor colombiano-costarricense. Director del Departamento de Fe y Desarrollo de World Vision para América Latina y el Caribe. Autor de diversos libros y artículos. Conferencista y facilitador en espacios de formación teológica, liderazgo cristiano y teología de la niñez y nuevas generaciones. Su reflexión busca articular fidelidad al Evangelio, sensibilidad al contexto y apertura al Espíritu en tiempos de transición.



 



[1] Todos los textos bíblicos son tomados de la Biblia La Palabra, Madrid, Sociedad Bíblica de España, 2010.


 

 


0
COMENTARIOS

    Si quieres comentar o

 



 
 
ESTAS EN: - - - Cuando la vida no sale como esperábamos
 
 
AUDIOS Audios
 
La década en resumen: teología, con José Hutter La década en resumen: teología, con José Hutter

La conmemoración de la Reforma, las tensiones en torno a la interpretación bíblica de la sexualidad o el crecimiento de las iglesias en Asia o África son algunos de los temas de la década que analizamos.

 
Intervalos: Disfruten de la luz Intervalos: Disfruten de la luz

Estudiamos el fenómeno de la luz partiendo de varios detalles del milagro de la vista en Marcos 8:24, en el que Jesús nos ayuda a comprender nuestra necesidad de ver la realidad claramente.

 
2020, año del Brexit 2020, año del Brexit

Causas del triunfo de Boris Johnson y del Brexit; y sus consecuencias para la Unión Europea y la agenda globalista. Una entrevista a César Vidal.

 
7 Días 1x08: Irak, aborto el LatAm y el evangelio en el trabajo 7 Días 1x08: Irak, aborto el LatAm y el evangelio en el trabajo

Analizamos las noticias más relevantes de la semana.

 
FOTOS Fotos
 
Min19: Infancia, familia e iglesias Min19: Infancia, familia e iglesias

Algunas imágenes del primer congreso protestante sobre ministerios con la infancia y la familia, celebrado en Madrid.

 
X Encuentro de Literatura Cristiana X Encuentro de Literatura Cristiana

Algunas fotos de la entrega del Premio Jorge Borrow 2019 y de este encuentro de referencia, celebrado el sábado en la Facultad de Filología y en el Ayuntamiento de Salamanca. Fotos de MGala.

 
Idea2019, en fotos Idea2019, en fotos

Instantáneas del fin de semana de la Alianza Evangélica Española en Murcia, donde se desarrolló el programa con el lema ‘El poder transformador de lo pequeño’.

 
VÍDEOS Vídeos
 
Héroes: un padre extraordinario Héroes: un padre extraordinario

José era alguien de una gran lealtad, la cual demostró con su actitud y acciones.

 
Programa especial de Navidad en TVE Programa especial de Navidad en TVE

Celebración de Navidad evangélica, desde la Iglesia Evangélica Bautista Buen Pastor, en Madrid.

 
Primer Congreso sobre infancia y familia, primera ponencia Primer Congreso sobre infancia y familia, primera ponencia

Madrid acoge el min19, donde ministerios evangélicos de toda España conversan sobre los desafíos de la infancia en el mundo actual.

 
 
Síguenos en Ivoox
Síguenos en YouTube y en Vimeo
 
 
RECOMENDACIONES
 
PATROCINADORES
 

 
AEE
PROTESTANTE DIGITAL FORMA PARTE DE LA: Alianza Evangélica Española
MIEMBRO DE: Evangelical European Alliance (EEA) y World Evangelical Alliance (WEA)
 

Las opiniones vertidas por nuestros colaboradores se realizan a nivel personal, pudiendo coincidir o no con la postura de la dirección de Protestante Digital.