Es con los ojos nublados por las lágrimas, que preguntamos con Juan el bautista: ¿Eres tú, Jesús?
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Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos, para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro? (Mateo 11:2-3 Reina-Valera 60)
No podemos saber cuál fue la intención de Juan el bautista al mandar a sus discípulos a preguntarle esto a Jesús. Quizá tuvo una intención pedagógica. No tenemos esa información. Lo que sí tenemos es la pregunta misma, y el contexto en que se generó esa pregunta. Proviene desde la cárcel, es decir, desde una situación especial de prueba.
Esto hace que muchos podamos identificarnos con la pregunta, porque conocemos la desesperación. Entendemos lo que está detrás de esa pregunta. Desde el sufrimiento, desde la soledad, desde la cercanía y los rumbos de la muerte, preguntamos: ¿eres tú, Jesús?
Perdona la pregunta, pero, ¿eres el Mesías? ¿Eres el salvador del mundo? ¿Qué te hace ser especial con respecto a Buda, Confucio, Mahoma, Krishna, o cualquier otro líder religioso o gran pensador de la historia? Y no es una pregunta de simple curiosidad intelectual. Viene desde la cárcel. Es con los ojos nublados por las lágrimas, que preguntamos con Juan el bautista: ¿Eres tú, Jesús?
¿Eres tú el gran agente ejecutor de la agenda de Dios en la historia? ¿Eres la presencia misma de Dios visitando a su pueblo, a su mundo, a su universo? ¿En realidad Dios está haciendo una nueva creación por medio de tus enseñanzas, de tu ministerio, de tu vida, de tu muerte y tu resurrección?
Muchos le hicieron esta misma pregunta a Jesús. Pero el hecho que provenga de su primo, precursor y promotor, nos abre la puerta a nosotros también para buscar en lo profundo, y hacer la pregunta de importancia crucial: ¿Eres tú, Jesús de Nazaret, lo que mi corazón está buscando? ¿Eres la palabra de Dios, Dios mismo encarnado que has venido a sacarnos de la escoria?
Señor Jesús, nos acercamos a ti como aquellos dos discípulos de Juan. Responde a nuestro corazón si podemos refugiarnos en ti, y si podemos sumarnos a tu causa de justicia y paz.
Jesús les contestó: «Vayan y díganle a Juan lo que están viendo y oyendo. Cuéntenle que los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su enfermedad, los sordos oyen, los muertos vuelven a la vida y a los pobres se les anuncia la buena noticia. ¡Y dichoso aquel que no encuentre en mí motivo de tropiezo!»
(Mateo 11:4-6 Dios habla hoy)
Juan el bautista había mandado preguntar a Jesús si en realidad él era el Mesías o no. Tendría sus motivos para preguntar. Tal vez sentía que su muerte estaba rondando, estaba cerca, y Jesús no había tomado el poder ni había comenzado a gobernar desde los palacios del mundo.
La respuesta de Jesús a los discípulos de Juan no es de una sola palabra, un sí o un no. Para responder a la cuestión de si comenzó ya el reino o no, Jesús apunta a las señales, a las marcas de la presencia del reino, según lo habían anunciado los profetas, cuyas palabras conocía bien Juan el bautista.
Según los estudiosos, en los textos proféticos hay siete marcas del reino: 1. liberación/salvación, 2. justicia, 3. paz, 4. sanidades, 5. restitución/reconstrucción de la comunidad del pacto, 6. alegría desbordante, y 7. la experiencia de la presencia de Dios entre su pueblo. Esto es lo que respondió Jesús: el reino ya está aquí. Abre los ojos para mirar la realidad: Dios ya se ha hecho presente en Jesús.
Si no podemos ver esta realidad, Jesús nos puede abrir los ojos, para que veamos las buenas noticias: A los miserables de la tierra se nos dan buenas noticias. Los pobres, los necesitados, ahora sabemos que Dios está de nuestro lado. ¿Es esto lo que esperabas, Juan? ¿Es esto lo que esperábamos por parte de Dios? ¡Pues entonces hay que contarnos entre los felices de la historia! ¡Somos muy bienaventurados!
No nos desilusiona Jesús. No hallamos tropiezo en él. Incluso si la muerte nos está rondando, tenemos confianza en que Cristo nos resucitará. ¡Qué alegría tan grande saber que Dios ha actuado en Jesús de Nazaret para traer liberación/salvación, justicia, paz, sanidades, restauración de la comunidad del pacto, y verdadero gozo por experimentar la presencia de Dios entre su pueblo.
Padre celestial, gracias por darnos a Jesús para rescatarnos por tu gracia, y por darnos al Espíritu que nos dirige en la misión.
Mientras ellos se iban, Jesús comenzó a hablar de Juan a las multitudes: “¿Qué salieron a ver en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? …De cierto les digo que no se ha levantado entre los nacidos de mujer ningún otro mayor que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él. (Mateo 11:7-11 RVA 2015)
El Señor Jesús nos enseña cómo responder cuando un colega duda de nuestro ministerio. Ante la pregunta quemante, la pregunta de si es o no es el Mesías, Jesús no se ofende, ni aprovecha la ocasión para responder cobrándosela a Juan el Bautista.
Jesús no intenta desprestigiar a Juan. Al contrario, lo afirma, lo reconoce como el más grande de los profetas. Y no sólo el más grande de los profetas, sino el mejor de todos los seres humanos. Esto no es decir poco.
¿Cómo nos expresamos unos de otros? Dice Romanos 12, “en cuanto a honra, debemos preferirnos los unos a los otros”. ¿Usamos nuestras palabras para afirmar al hermano, para hablar bien del consiervo, o las usamos para descalificar al otro? Sigamos el ejemplo de Jesús, que afirma al otro.
Sin embargo, hay una realidad que divide la historia en dos. Un antes y un después. Es la venida del reino de los cielos, por medio del ministerio de Jesús, lo que hace la gran diferencia. Con todo y que Juan fue el más grande de los profetas, todavía estaba en la etapa de la preparación.
Jesús considera al más pequeño en el reino (es decir, a mí) como todavía más grande que Juan, el mayor de los profetas. Qué tremenda afirmación proviene de los labios de nuestro Maestro y Señor Jesús. A pesar de nuestras fallas e imperfecciones, Cristo nos considera grandes, pues su mirada es mirada de afirmación.
Gracias, Jesús, por tu ejemplo de humildad, y porque nos afirmas de tal manera, que no podemos vivir sino en gratitud constante a ti, totalmente dedicados a tu causa.
Desde que vino Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los que usan la fuerza pretenden acabar con él. (Mateo 11:12-14 Dios habla hoy)
A la fuerza no. El reino de Dios —el reino de los cielos— no tiene nada que ver con la violencia. La violencia es algo que se sufre. Es el recurso que tienen los de espíritu pequeño para demostrar su gran debilidad y flaqueza. Puede comenzar con una broma, como un juego, que siembra semillas de exclusión y odio. La violencia no sirve para nada. Mucho menos para entrar al reino. Nadie debe entrar por la fuerza, y nadie debe forzar a otro a entrar.
En la historia hay episodios terribles de conversiones forzadas, de bautismos en masa, de supuesta evangelización usando la espada. Es la peor contradicción de lo que significa el reino de Dios. Jesús dice que una lectura cuidadosa de los libros de los Profetas y de la Ley de Dios nos permite ver cómo viene a culminar en Juan el bautista y su mensaje, el cual prepara el camino para el Mesías del reino.
De manera que Juan es el 'Elías' que habían estado esperando para introducir al Mesías. Juan quería que el pueblo volviera a comenzar su historia, que volviera a pasar por el Jordán, así como en el libro de Josué, para que se corrigiera toda la historia de corrupción, idolatría, injusticia e inmoralidad que distinguió el período de los reyes, que produjo el colapso espiritual y moral y que luego desembocó en la destrucción de Jerusalén y en el exilio a Babilonia.
Juan el bautista y Jesús representan otra forma de leer las Escrituras del AT, una que se concentra en la llamada al arrepentimiento y la renovación del corazón, y en lo principal de la ley, que es la justicia, la misericordia y la fe. No cabe la violencia. Violencia y reino de Dios son incompatibles entre sí.
El reino ha sufrido violencia durante toda la historia, y aún sigue en pie. Pues los efectos de la violencia no pueden destruir la buena noticia: ha llegado Dios mismo a estar con el pueblo, y esta presencia de Dios en Cristo es nuestra salvación y liberación, produce justicia, paz, salud y la reconstrucción de la comunidad que habíamos perdido. Por todo esto, vivimos hoy una clase de alegría desbordante, gozo que nos impulsa a vivir la realidad de un reino sin violencia.
Espíritu de bondad, sopla en la sequedad, llámanos hoy. Perdónanos y enséñanos a vivir sin violencia de cualquier tipo.
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