Toda paternidad en la tierra encuentra su origen en el bendito Dios que nos llama hijos, cuando depositamos nuestra fe en Jesús a través de su maravillosa Gracia.
Foto: [link]Juliane Liebermann[/link], Unsplash CC0.
Hay días que no se celebran únicamente en el calendario, sino en lo profundo del alma. El Día del Padre es uno de ellos, no es sólo una fecha: es un eco de voces, de manos que sostuvieron, de silencios que protegieron, de miradas que enseñaron sin palabras.
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Ser padre, y también ser madre en ese amor que muchas veces sostiene doble carga, es participar de uno de los reflejos más hondos del corazón de Dios. Porque, aunque imperfectos, los padres en la tierra nos hablan de un Padre perfecto.
El latido invisible de un padre...
Un padre no siempre dice “te quiero” con palabras, a veces lo dice madrugando, trabajando en silencio, preocupándose en lo secreto; lo dice en la firmeza cuando corrige, y en la ternura cuando consuela.
Como escribió Gabriel García Márquez: "Un hombre sabe que está envejeciendo porque empieza a parecerse a su padre."
Y en ese parecerse, muchas veces descubrimos cuánto amor hubo detrás de gestos que de niños no comprendíamos.
Ser padre es vivir con el corazón fuera del cuerpo, es aprender que amar también es soltar, confiar, esperar… y seguir estando.
Se cuenta la historia de un hombre que, durante años, caminaba kilómetros cada mañana llevando a su hijo con discapacidad a la escuela; lloviera, hiciera frío o calor, nunca faltó.
Cuando alguien le preguntó por qué lo hacía con tanta constancia, respondió: "Porque él no puede elegir… pero yo sí puedo elegir amarlo cada día."
Esa es la esencia de un padre: elegir amar, incluso cuando cuesta.
¡Elegir permanecer! ¿No es acaso eso lo que Dios hace con nosotros?
La Escritura está llena de figuras que encarnan este amor con sus luces y sombras:
Pensamos en Abraham, dispuesto a confiar en Dios incluso en lo más difícil; esto lo encontramos en Génesis 22, enseñándonos que ser padre también es aprender a confiar en que los hijos pertenecen primero a Dios.
Recordamos a Jacob, cuyo amor por sus hijos fue intenso y complejo, pero profundamente humano.
¿Y cómo no pensar en José?, padre terrenal de Jesús, ejemplo silencioso de fidelidad, obediencia y cuidado. No pronuncia una sola palabra en los Evangelios, pero su vida entera es un sí constante a Dios.
Entre las madres, resplandece Ana, que entregó a su hijo al Señor con lágrimas y fe, recordándonos que amar también es consagrar. 1ª Samuel 1:27-28
Y María, cuyo corazón guardaba todas las cosas, enseñándonos que la maternidad también es contemplación, entrega y cruz. Lucas 2:19
Por encima de todos ellos, está Dios como el Padre por excelencia, la Biblia nos lo revela con una ternura inigualable:
“Como el padre se compadece de los hijos,
se compadece Jehová de los que le temen.” Salmo 103:13
“Aunque mi padre y mi madre me dejaran,
con todo, Jehová me recogerá.” Salmo 27:10
Dios no es una proyección de nuestros padres humanos; son nuestros padres quienes en su mejor versión, reflejan algo de él.
Jesús mismo nos enseñó a llamarle “Padre”, Mateo 6:9. No un padre distante, sino cercano, atento, presente.
Un Padre que corre al encuentro, como en la parábola del hijo pródigo: Lucas 15:20.
Un Padre que disciplina porque ama: Hebreos 12:6.
Un Padre que da buenos regalos a sus hijos : Mateo 7:11.
Muchos celebrarán con abrazos; otros, con recuerdos; algunos, con ausencia.... Y yo con la gratitud más profunda al Señor por el que me dio por padre en esta tierra, no me lo podía haber dado mejor... me enseñó en sus caminos... ¡y mucho más!
Pero el amor de un padre, aunque ya no esté, no desaparece; se transforma en memoria viva, en enseñanzas que siguen hablando, en gestos que repetimos sin darnos cuenta.
Recordar a un padre es, en cierto modo, volver a casa, y también es reconocer que, incluso en las imperfecciones, hubo amor; a veces torpe, a veces callado… pero real.
Al final del día, cuando las celebraciones se apagan y el silencio vuelve, queda una verdad serena: no estamos solos, hay un Padre que sostiene lo que otros no pudieron, que sana lo que dolió, que completa lo que faltó. Un Padre que no se cansa, que no se distrae, que no se ausenta.
Como dice A. W. Tozer: "Lo que viene a nuestra mente cuando pensamos en Dios es lo más importante acerca de nosotros."
Hoy, al recordar a tu padre con cariño, hazlo sin prisa… como quien vuelve a un lugar seguro; y eleva una oración sencilla pero muy sentida:“Padre, gracias por los brazos que me enseñaron a entender los tuyos.”
Porque, al final, toda paternidad en la tierra encuentra su origen en el bendito Dios que nos llama hijos, cuando depositamos nuestra fe en Jesús y a través de su maravillosa Gracia.
¡Gracias Señor por amarme antes de la fundación del mundo, por salvarme, por redimirme, y porque, a pesar de todo, siempre me miras con amor!
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