El utilitarismo y la instrumentalización del mundo natural no es querida por Dios porque discrimina, degrada su obra natural y genera desigualdades entre las personas.
Foto: [link]Kit Suman[/link], Unsplash CC0.
En la Cumbre de la Tierra celebrada en Río de Janeiro durante el mes de junio de 1992, unos 1.600 científicos de 70 países -entre los que había 102 Premios Nobel- realizaron un documento en el que se decía:
[ads_google]div-gpt-ad-1623832500134-0[/ads_google]
“Los seres humanos y el mundo natural siguen una trayectoria que conduce a la colisión. Las actividades humanas desprecian violentamente, a veces de manera irreversible, el medio ambiente y los recursos vitales. Urgen determinados cambios fundamentales, si queremos evitar la mencionada colisión a que el actual rumbo nos conduce”.[1]
¿De que sirvió aquella proclama? Veinticuatro años después de la Cumbre de Río de Janeiro, la advertencia lanzada por científicos y líderes mundiales sigue siendo tristemente vigente.
Aunque la cumbre sentó las bases para acuerdos internacionales como la Agenda 21 y propició una mayor conciencia global sobre la necesidad de proteger el medio ambiente, los avances han sido insuficientes en relación con la magnitud del problema.
Se han logrado ciertos progresos en la legislación ambiental y en la creación de áreas protegidas, pero el ritmo de degradación de los ecosistemas, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático han continuado e incluso se han acelerado en muchos casos.
La advertencia sirvió para poner el tema ambiental en la agenda política y social, y para inspirar movimientos y políticas de desarrollo sostenible, pero no ha conseguido frenar la trayectoria de colisión entre la humanidad y el mundo natural.
Las decisiones adoptadas han sido, en muchas ocasiones, poco ambiciosas o no se han implementado con la urgencia necesaria.
En definitiva, la advertencia de la Cumbre de Río fue un llamado importante, pero su impacto real ha sido limitado por la falta de voluntad política, la presión de intereses económicos y la insuficiente implicación de la sociedad global.
Ahora, más que nunca, es necesario retomar ese mensaje y transformarlo en acciones concretas y efectivas para proteger nuestro planeta.
La última gran cumbre medioambiental fue la Conferencia de las Partes (COP30), celebrada en noviembre de 2025 en Belém, Brasil, enfocándose en la Amazonía, nuevos planes climáticos nacionales para 2035 y financiación para la acción climática, con un fuerte énfasis en la justicia climática y los pueblos indígenas.
Puede considerarse un avance significativo en ciertos aspectos, aunque no alcanzó todos los objetivos planteados.
Por un lado, se lograron importantes progresos, como la elaboración de los primeros borradores para nuevos planes climáticos nacionales y el establecimiento de una hoja de ruta para la financiación climática, especialmente orientada hacia una transición justa y la protección de la Amazonía.
[ads_google]div-gpt-ad-1623832402041-0[/ads_google]
Además, se dio un fuerte énfasis a la justicia climática y a los derechos de los pueblos indígenas, lo que representa un paso positivo en la inclusión de perspectivas históricamente marginadas.
Sin embargo, muchos observadores y expertos consideran que estos avances todavía no son suficientes frente a la urgencia de la crisis ambiental.
La falta de compromisos concretos y vinculantes, así como la lentitud en la implementación de los acuerdos, ha generado críticas sobre la efectividad real de la cumbre.
En resumen, la COP30 fue un éxito en cuanto a la generación de diálogo y el establecimiento de nuevas metas, pero un fracaso relativo en la rapidez y ambición de las acciones adoptadas para frenar el cambio climático.
Las cumbres medioambientales suelen fracasar en alcanzar sus objetivos principales por diversos motivos. Uno de los factores clave es la falta de compromisos concretos y vinculantes por parte de los países participantes.
Muchas veces, los acuerdos alcanzados quedan en declaraciones de intenciones o en metas poco ambiciosas que no se traducen en acciones efectivas y rápidas. A esto se suma la presión de intereses económicos y políticos, que retrasa o debilita la implementación de políticas ambientales más estrictas.
Además, la voluntad política suele ser insuficiente frente a la magnitud de la crisis ambiental, y existe una falta de implicación real de la sociedad global.
Los avances logrados, como la creación de áreas protegidas o la financiación de proyectos sostenibles, son importantes, pero no suficientes para frenar el ritmo de degradación de los ecosistemas y el cambio climático.
Finalmente, la lentitud en la implementación de los acuerdos y la ausencia de mecanismos de seguimiento eficaces hacen que los resultados de muchas cumbres sean limitados, lo que perpetúa la tendencia de colisión entre la humanidad y el mundo natural, como ya advirtieron científicos y líderes mundiales en la Cumbre de Río de Janeiro y se ha vuelto a evidenciar en encuentros recientes como la COP30.
El mensaje cristiano reconoce que la Tierra no es producto del azar, sino que fue sabiamente diseñada con la finalidad de albergar organismos y de ser la cuna de la humanidad.
Una especie de supernave repleta de vida que combina elementos químicos, físicos y biológicos con el fin de mantenerse en condiciones de proteger a todos sus habitantes.
Un arca de Noé global con un destino único y predeterminado por Dios. No obstante, también es un planeta finito y cerrado susceptible de sufrir desarreglos ecológicos importantes si se le trata mal. Es un mundo en el que todos sus habitantes son interdependientes y presentan un destino común.
De ahí la necesidad de conservar los ciclos naturales, consumir con racionalidad y dar tiempo a los ecosistemas para que se renueven y regeneren.
Respetar la biodiversidad implica también valorar las diferencias culturales entre los pueblos ya que todas y cada una de ellas reflejan la riqueza de la esencia humana.
Honrar las étnias es asimismo proteger el desarrollo de toda vida desde sus mismos inicios ya que, en ocasiones, se apuesta por una ecología de contradicción en la que se defienden las especies animales, los montes y los ríos, pero se olvida, menosprecia y mata a los embriones humanos.
La sociedad occidental heredó de la modernidad una idea antropocéntrica de la naturaleza en la que ésta no formaba parte de la esencia humana y, por tanto, se podía utilizar y manipular a antojo.
Sin embargo, tal idea no era en absoluto cristiana porque nosotros también formamos parte de la creación.
El utilitarismo y la instrumentalización del mundo natural, en los que se viene basando hasta ahora la economía mundial, no es querida por Dios porque discrimina, degrada su obra natural y genera desigualdades entre las personas.
Dicha economía se fundamenta en un presupuesto falso: la idea de que el crecimiento ilimitado es posible. Pero resulta que la creación natural presenta unos límites materiales que no pueden ser traspasados.
Sólo tenemos una Tierra. Gastamos mucho más de lo que necesitamos. La fiebre del consumo y la acumulación sin fin de bienes materiales está depredando los recursos naturales y contaminando el planeta.
En un escenario así, el colapso ecosocial se vuelve cada vez más probable y cercano porque unos pocos tienen mucho y la gran mayoría muy poco.
En el prefacio del libro “Sabios con el planeta” (Andamio, 2019) de Dave Bookless, quien fundó el movimiento medioambiental cristiano “A Rocha” en el Reino Unido, el reverendo Rob Frost escribe:
“El mundo produce dos millones de toneladas de basura al día. Quinientos mil millones de toneladas de petróleo se vierten cada año a causa de accidentes, vertidos y fugas. Seis millones y medio de toneladas de desechos, incluyendo residuos tóxicos y no biodegradables, acaban cada año en los océanos del mundo. Así pues, ¿qué principios básicos deberían guiarnos en la manera en que vivimos nuestra fe en este planeta cada vez más contaminado? ¿Y cómo deberían responder los cristianos a la crisis medioambiental?”.[2]
Las montañas de basura y los vertidos al mar constituyen el resultado más palpable de la falsedad del crecimiento ilimitado. ¿Cómo podemos revertir todo esto?
A principio de los 70 del pasado siglo, el Dr. Ramón Margalef -gran ecólogo y profesor de la Universidad de Barcelona, de quien tuve el privilegio de ser alumno- decía que los problemas de la conservación de la naturaleza y de su explotación no se resuelven con reglamentos, sino que son cuestión de educación.[3]
Yo creo que estaba en lo cierto. La primera educación comienza en la familia, después viene la escuela y también la iglesia, en el caso de los cristianos.
Todas estas instituciones educativas deben formar a las personas para que sepan asumir los límites del planeta y construir así un ideal más austero de vida compartida.
Tal como mostraba el cristianismo primitivo, debemos desligarnos de la acumulación constante de bienes materiales y adoptar un estilo de vida más comunitario y sencillo.[4]
En efecto, se trata de un profundo cambio cultural que supone una ruptura con la actual costumbre de la posesión y el uso intensivo de los recursos. De hecho, el cristianismo de Cristo ha sido siempre contracultural.
Recibe el contenido de Protestante Digital directamente en tu WhatsApp. Haz clic aquí para unirte.
[1] Moltmann, J. y Boff, L., 2015, ¿Hay esperanza para la creación amenazada? Sal Terrae, Maliaño, Cantabria, España, p. 94.
[2] Bookless, D., 2019, Sabios con el planeta, Andamio, Barcelona, p. 16.
[3] Terradas, J., 1971, Ecología hoy, Teide, Barcelona, p. 9.
[4] Sanz, J., 2017, Cómo pensar el cambio hoy, Cuadernos de Cristianismo y Justicia, 203, p. 11.
La década en resumen: teología, con José Hutter
La conmemoración de la Reforma, las tensiones en torno a la interpretación bíblica de la sexualidad o el crecimiento de las iglesias en Asia o África son algunos de los temas de la década que analizamos.
Intervalos: Disfruten de la luz
Estudiamos el fenómeno de la luz partiendo de varios detalles del milagro de la vista en Marcos 8:24, en el que Jesús nos ayuda a comprender nuestra necesidad de ver la realidad claramente.
2020, año del Brexit
Causas del triunfo de Boris Johnson y del Brexit; y sus consecuencias para la Unión Europea y la agenda globalista. Una entrevista a César Vidal.
7 Días 1x08: Irak, aborto el LatAm y el evangelio en el trabajo
Analizamos las noticias más relevantes de la semana.
Min19: Infancia, familia e iglesias
Algunas imágenes del primer congreso protestante sobre ministerios con la infancia y la familia, celebrado en Madrid.
X Encuentro de Literatura Cristiana
Algunas fotos de la entrega del Premio Jorge Borrow 2019 y de este encuentro de referencia, celebrado el sábado en la Facultad de Filología y en el Ayuntamiento de Salamanca. Fotos de MGala.
Idea2019, en fotos
Instantáneas del fin de semana de la Alianza Evangélica Española en Murcia, donde se desarrolló el programa con el lema ‘El poder transformador de lo pequeño’.
Héroes: un padre extraordinario
José era alguien de una gran lealtad, la cual demostró con su actitud y acciones.
Programa especial de Navidad en TVE
Celebración de Navidad evangélica, desde la Iglesia Evangélica Bautista Buen Pastor, en Madrid.
Primer Congreso sobre infancia y familia, primera ponencia
Madrid acoge el min19, donde ministerios evangélicos de toda España conversan sobre los desafíos de la infancia en el mundo actual.
Las opiniones vertidas por nuestros colaboradores se realizan a nivel personal, pudiendo coincidir o no con la postura de la dirección de Protestante Digital.
Si quieres comentar o