La creación física ha sido hecha por Cristo, y para Cristo.
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Él es … el primogénito de toda creación. Colosenses 1:15b (Reina-Valera 60)
El himno de adoración a JesuCristo que aparece en Colosenses 1 contiene dos estrofas. La primera estrofa tiene el tema de la soberanía del Señor Jesús sobre la creación. La primera afirmación al respecto es que él es el primogénito de toda creación.
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Hay que explicar que al usar la palabra primogénito inmediatamente se nos presenta el problema de averiguar si Cristo es primogénito en el sentido de ser “la primera criatura”, como el primer hijo de una familia. Pero no es así. Es muy importante y muy urgente subrayar que Cristo no es creación. Hay que sonar la alarma para advertirnos del peligro. Las siguientes líneas de la estrofa en Colosenses 1 dejan claro que todas las cosas fueron hechas por medio de él y para él, que él es el principio, que él es antes de todo, y que todo subsiste en él.
En el siglo IV hubo un líder llamado Arrio, que enseñaba que Cristo no era eterno. Según él, como Hijo de Dios, fue creado por el Padre como la primera de todas sus criaturas. De manera que –según él— Jesús no es tan grande, ni tan importante como Dios. Es sólo un enviado de Dios, pero no es Dios mismo. Hoy en día vuelve a surgir el arrianismo en el movimiento llamado “testigos de Jehová”.
El arrianismo se difundió mucho en ese tiempo por dos motivos. El primero fue su medio. Arrio componía tonadas y canciones. Y popularizó mucho un cantito que decía: hubo un tiempo en que él no fue. El segundo motivo es mucho más peligroso. Es nuestro concepto de Dios. Para Arrio, Dios no podía haber dejado su gloria, su trono y corona en el cielo para venir a buscarnos. Así que el arrianismo preserva un tipo de jerarquía divina que niega que, en Cristo, Dios se haya humillado de tal manera. Para Arrio, Dios nunca se hizo ser humano, sino que sólo envió a un emisario de menor categoría. De manera que el concepto arriano de Dios agrada más a quienes están en posiciones de poder, porque el emperador del cielo no se humilló para convertirse en un plebeyo.
Pero el evangelio afirma que, en Cristo, Dios mismo vino a buscarnos. El Señor Jesús es Dios mismo hecho carne para nuestro bien. Dios dejó su trono y corona para venir a rescatarnos. Dios descendió, y reveló su gloria, lleno de gracia y de verdad.
De manera que la palabra primogénito más bien se refiere a su carácter de dueño de toda la creación. Cristo es quien tiene el derecho de propiedad sobre toda la creación. Ha sido engendrado (no creado) por el Padre desde la eternidad, es decir: es el Hijo eterno, porque eternamente ha sido Hijo. No hubo un momento en el que haya comenzado a ser Hijo, sino que es Hijo eterno. La relación entre el Padre y el Hijo es una relación eterna.
Así pues, primogénito no significa haber sido creado primero, sino significa que toda la creación le pertenece. Él tiene la propiedad y la posesión de toda la creación. Toda la creación es suya. Es el agente de la creación y también el heredero de todo lo que existe. Esto significa que al seguir a Cristo nos interesa mucho este asunto de la creación.
El Señor Jesús es el dueño de toda la creación. Vivimos en sus propiedades y tenemos que rendirle cuentas de cómo hemos cuidado todo lo que es suyo.
En la casa del saber humano viven tres hermanas solteras; para las tres ya pasó la juventud, y tienen que convivir bajo el mismo techo, con todas las dificultades que eso implica. Es bien sabido que la convivencia entre hermanas es complicada. Una tomó prestada sin permiso la blusa de la otra… una no sabe dónde quedó su suéter, porque la otra lo usó sin avisarle… etcétera.
Las tres hermanas del saber humano son la ciencia, la filosofía y la teología. Estas tres tienen que aprender a convivir sin tomar lo que pertenece a la otra. Cada una tiene sus cosas en sus habitaciones y en sus cajones. Es muy común el error cometido por una que toma sin permiso los recursos y herramientas de la otra.
Las tres hermanas se distinguen por el tipo de pregunta que intentan resolver. La pregunta cómo le pertenece a la ciencia: ¿Cómo funciona el aparato respiratorio? ¿Cómo está estructurado un problema y su solución? También la pregunta cuándo está en el campo de la ciencia. La geología estudia los cambios en la superficie terrestre y la física calcula la edad de las piedras. Así, resuelven cuestiones de la pregunta cuándo.
Cómo y cuándo le pertenecen a la ciencia. No hace bien la teología cuando le roba esas preguntas a la ciencia. Hubo un monje en el siglo VIII que afirmó que la creación había ocurrido en el año 4000 a.C., por medio de la suma de las genealogías que aparecen en la Biblia, desde Adán hasta Cristo. Pero ese monje cometió el error de utilizar sin permiso una pregunta científica para resolver un asunto teológico.
La pregunta qué, por qué y para qué ya no son preguntas científicas, sino filosóficas. No le interesa a la ciencia averiguar por qué y para qué se originó el universo. La filosofía intenta saber qué son las cosas en su esencia, y el sentido de todo. Así se han desarrollado sistemas de pensamiento filosófico que intentan resolver esas preguntas.
La teología es la que responde a las preguntas: quién, por quién, y para quién. La teología pone a Dios en el escenario. La persona de Dios ocupa el lugar principal sobre la mesa, y la respuesta cristiana es inconfundible: Su nombre es Cristo. Todo existe por Cristo y todo existe para Cristo. Cristo es el primogénito de toda creación. La creación le pertenece, porque fue hecha por él. El diablo no tiene ningún poder creativo. El diablo no crea nada; sólo se dedica a estropear lo bueno que Dios ha creado.
Al acercarnos al tema de la creación, debemos tener claro el tipo de pregunta que nos interesa, y respetar lo que pertenece a las otras dos hermanas de la casa del saber humano. En teología respondemos a la cuestión de QUIÉN está detrás de todo esto, quién es el que nos puso aquí, y con qué motivo. Todo se responde en aquel sencillo galileo llamado Jesús de Nazaret. Al conocer a Cristo, podemos saber cuál es nuestro papel en este mundo de Dios.
Somos creacionistas. Pero hay que especificar que no se trata del intento de comprobar científicamente los relatos bíblicos de la creación. La Biblia no gasta energías ni tiene interés en comprobar científicamente el hecho de la creación. Ese tipo de creacionismo se denomina “científico”. Pero no nos interesa porque no es el énfasis de la Biblia. Utiliza indebidamente herramientas científicas para cuestiones teológicas, como las hermanas que se toman prestado sin permiso el espejo, el peine o la diadema de la otra.
De eso no se trata el tema bíblico de la creación. Más bien el tipo de creacionismo bíblico es de naturaleza ética. El creacionismo ético es el énfasis bíblico en las implicaciones éticas de la creación. Ese tipo de creacionismo sí vale mucho la pena. A ese sí hay que abrirle la puerta, hay que abrazarlo y conocerlo; hay que promoverlo y hay que vivirlo.
Hay mucha diferencia entre uno y otro. El creacionismo “científico” es el que se ocupa, por medio de institutos de investigación y laboratorios, de “comprobar científicamente” que los textos bíblicos de la creación son científicamente verdaderos. Días de 24 horas en la creación, y demás… Como si Génesis fuese un ensayo de naturaleza científica y no un manifiesto de naturaleza teológica.
El problema con el creacionismo científico es que mezcla metodologías y toma indebidamente las preguntas de la ciencia, que no le corresponden a la teología. Además, pone énfasis en cuestiones que la Biblia no enfatiza, y pasa por alto lo que la Biblia considera más importante: las implicaciones éticas de la doctrina de la creación.
Es decir, que es posible ser un apasionado defensor del creacionismo científico sin respetar las implicaciones éticas de la creación. Es posible ser experto en defender la supuesta ciencia de la creación y al mismo tiempo ser racista, clasista o sexista, lo cual es una ofensa para el creacionismo ético.
Entre el creacionismo científico y el ético debemos afirmar que la Biblia sólo pone énfasis en el creacionismo ético, y así debiéramos ser nosotros también. La verdad teológica es que todo lo que existe fue creado por medio de Cristo y para Cristo. Sólo Dios es el creador, y ha puesto su sabiduría profunda en todo lo que ha creado. Basta con mirar por el microscopio estereoscópico el ala de un insecto –incluso de una cucaracha—para contemplar el paisaje tan impresionante. El patrón geométrico de sus cerdas es exacto. Pareciera haber sido diseñado por computadora. Porque tiene la firma del creador, que utilizó sabiduría profunda para constituir todo lo creado, desde las galaxias hasta los insectos.
Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Lo hizo todo por medio de Cristo y para Cristo. Su sabiduría, su bondad y su gracia están testimoniadas en todo el tejido de la realidad, de los seres animados e inanimados, de los astros y de este planeta con toda su inmensa biodiversidad.
El creacionismo ético recalca las implicaciones éticas de creer en la creación. Si creemos que todo ha sido creado por medio de Cristo y para Cristo, entonces, ¿cómo hemos de vivir?
La primera implicación ética es una actitud de disfrute de la bondad de la creación. Disfrutamos y defendemos la unión matrimonial del esposo y la esposa. Bendecimos cada embarazo y el nacimiento de cada bebé. Nos encanta que nazcan bebés. Somos defensores de la causa de la vida. Amamos el matrimonio porque es creación de Dios. Afirmamos la unión entre esposo y esposa en su convivencia y cariño, en su intimidad y en su sagrada relación sexual en fidelidad y respeto: en el lecho sin mancilla.
Además, disfrutamos el sentarnos a la mesa para comer y beber con gratitud. Damos gracias a Dios y comemos con alegría. Nos deleitamos del plato de comida, y no nos detiene pensar si es pecado, pues el Señor Jesús ha hecho limpios todos los alimentos (Marcos 7:19). La comida y la bebida no contaminan al ser humano, porque no entran en su corazón, sino en su vientre. Las disfrutamos con acción de gracias y con moderación.
Otra implicación derivada del creacionismo ético es el rechazo al racismo. Todos compartimos el mismo linaje y pertenecemos a la misma familia humana. Somos hijos de Adán e hijas de Eva. No podemos esgrimir una superioridad o inferioridad de alguna tonalidad de la piel. La solución al racismo viene cuando abrazamos y asumimos honestamente el creacionismo ético. Somos hermanos y hermanas.
El creacionismo también está en contra del clasismo y la diferencia entre ricos y pobres, porque todos estamos hechos de la misma sustancia. Todos nos enfermamos y todos envejecemos, de igual manera, sin importar la clase social. Tampoco nos distingue el grado de educación o cultura. Todos somos seres humanos y formamos parte de la misma creación.
Finalmente, el creacionismo implica también una actitud de amor y cuidado por el medio ambiente. Los cristianos debemos ser los primeros defensores del planeta. Si la creación le pertenece a Cristo, debemos ocuparnos de cuidar este jardín de Dios. Cuidamos la creación porque Cristo es el primogénito de toda creación.
Esto significa que hay que atender nuestra manera de utilizar la energía eléctrica, el agua, y todos los recursos naturales. ¿Podemos reducir su uso y evitar el despilfarro? La reutilización del plástico, la separación de los desechos inorgánicos y orgánicos, la generación de composta… lo que hacemos para cuidar la creación es porque creemos que Cristo es el dueño de la creación.
Aprendamos a mirar y a valorar lo bueno de la creación. Que Dios nos perdone si no hemos aplicado a nuestra vida las implicaciones éticas que se derivan de esta creencia.
En el mundo antiguo había dos actitudes negativas hacia la existencia física; dos posturas que resultaban ser enemigas de la creación, por su rechazo a los aspectos materiales de la existencia. Una de ellas provenía del mundo judío, y la otra del mundo pagano. Son como dos frentes que combaten contra el creacionismo ético. En el frente judío este enemigo se llamaba fariseísmo. En el frente pagano era el gnosticismo.
En pocas palabras, el primer enemigo (el fariseísmo) consiste en identificar al pecado como algo exterior, que está ahí afuera, y contamina desde afuera hacia adentro. El pecado es un plato de comida, o una botella que se encuentra sobre la mesa. Y para mantenerse puro, hay que evitar que eso entre por la boca. El Señor Jesús dice que el asunto del pecado y de la pureza o impureza no es así tan fácil como dejar de comer o beber algo. Según el Señor Jesús, el pecado es como una semilla, un germen o un microbio. Está dentro del corazón humano, y no importa cuán aislados estemos, no podremos evitarlo.
El aislamiento de la sociedad, el no acudir al sistema público de educación, el no salir a la calle, el no tener contacto con el mundo contaminado –todas esas medidas de precaución no evitan que germine en el corazón humano la mala semilla del pecado. Si alguien quiere alejarse tanto de una “sociedad corrupta” que se va a vivir a otro país, supuestamente más limpio, menos contaminado, más educado, a una sociedad más avanzada, pensando que así va a vivir de un modo más puro… está equivocado, porque hasta allá se llevará su propio corazón, que es la fuente y origen de los males que contaminan. De modo que el fariseísmo no es el camino para vencer al pecado, porque la pureza o impureza no proviene de afuera hacia adentro, sino que es al revés. Hay que arreglar primero el corazón.
El peligro fariseo es pensar que por medio de ciertos rituales de purificación y lavamientos con agua se puede garantizar la vida santa y sin pecado. Jesús señaló que el asunto de la purificación humana no es tan simple como sólo dejar de comer o beber algunas cosas. Es necesario arreglar el corazón, porque la impureza no se origina de afuera, en algún aspecto de la buena creación de Dios, sino desde adentro, desde el corazón.
El segundo enemigo del creacionismo –una actitud de rechazo a la creación— provenía del medio ambiente pagano. Era el gnosticismo. Consistía en una mezcolanza de doctrinas filosóficas con supersticiones y creencias religiosas de origen oriental, que en pocas palabras identificaba la existencia física como una especie de mala fortuna.
Según el gnosticismo, las cosas de arriba son mejores que las cosas de abajo. Lo invisible es mejor que lo visible. Lo “espiritual” es mejor que lo material. Este nuestro mundo material, el planeta tierra, es una especie de cloaca del universo, donde viene a depositarse lo peor de la basura del cosmos, porque nuestra existencia (desafortunadamente, para el gnosticismo) es física.
Hay mucho más que decir sobre el gnosticismo, y el himno de Colosenses 1 es una respuesta cristiana ante sus mentiras y amenazas, lo cual podremos ver en otra ocasión.
Por lo pronto señalamos que esa influencia pagana desembocaba en un desprecio por la creación de Dios, que es física y material, y que es buena en gran manera… Este desprecio y rechazo a la creación tiene consecuencias de tipo ético. Afecta nuestra manera de vivir en el mundo de Dios, y le hace daño al corazón humano, porque no valora las necesidades físicas del prójimo que sufre.
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Hoy celebramos que esta creación es buena. El aire que respiramos y el agua que bebemos son bendición de Dios que hay que cuidar para la siguiente generación. El estrechón de manos que nos damos, y el abrazo santo que compartimos en la iglesia –sin dobles intenciones--, que es físico y corporal, es algo bueno. Todo forma parte de la buena creación que proviene de la Palabra de Dios, y que se sustenta por esa Palabra. La creación física ha sido hecha por Cristo, y para Cristo.
Señor, nos relacionamos contigo de esta manera, viviendo en tu mundo para cuidarlo y para aprender de la sabiduría profunda con que lo has constituido todo; reconociendo que todo te pertenece, oh Cristo. Identificamos al dueño de todo con ese carpintero galileo que tenía amigos entre los pescadores, y que se llamaba Jesús de Nazaret. Tú eres la imagen del Dios invisible, el primogénito –el dueño—de toda creación. Amén.
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