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¿Por qué se esconde Dios?

Dios quiere que tengamos evidencia de Él. Pero no evidencias de laboratorio, sino las que nos da la escuela de la vida.

MISIONES AUTOR 687/Carlos_Madrigal 18 DE ENERO DE 2025 23:30 h
Imagen de [link]Matej Pribanic[/link] en Unsplash.

En verdad, tú eres un Dios que te ocultas, oh, Dios de Israel, Salvador” (Isaías 45:15)



Si buscares al SEÑOR tu Dios, lo hallarás, si lo buscares con todo tu corazón…” (Deuteronomio 4:29)



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El ocultamiento divino (Is 45:15), el silencio de Yahvé que “callará de amor” (Sof 3:17), el secreto en el que se recluye el Padre (Mt 6:6), el abandono de los que están pasando por “su calvario” (Mt 27:46); siempre ha fascinado al creyente y confundido al buscador.



Pero la pregunta que abordamos aquí no se refiere tanto a los velados y desvelados de Dios, es decir, a sus “silencios” ante las desgracias, adversidades o pruebas insufribles (como se plantea en la película homónima de Scorsese), y que Él puede usar para llevar al creyente a una mayor madurez o victoria; sino que se refiere a la queja desgarradora del que cuestiona: “Si existe Dios, ¿dónde está?”. No se trata por tanto de abordar el contraste entre los momentos en los que Dios se desvela y sí nos “habla” (haciéndose manifiesto) con aquellos otros en los que se vela, se “oculta” (volviéndose hermético), y nos deja sedientos de Su justicia, de su consuelo o de su socorro (Mt 5:4, 6, 10).



*               *                *



El enfoque aquí, aunque no menos relevante, tiene menos vuelos, responde al desafío a veces vulgar a veces comprensible del ser humano que le pide cuantas a Dios. “¿Juega Dios al escondite para que no lo encontremos? Más aún, su ausencia ¿no será un sigilo como el de Papá Noel, a quien no vemos porque en realidad no existe?”



Esta es la percepción en la que el ser humano decepcionado, materialista y escéptico queda muchas veces atrapado hoy. Quejándose de que no hay ninguna evidencia palpable de la existencia de Dios. Y pensando que Dios se reduce a una sugestión o a efervescencias arbitrarias de aquellos que son religiosos. Porque según él, la percepción de lo sobrenatural que dice vivir el “homo religiosus” (usando la terminología de Eliade), es un mero producto de sus miedos o de reminiscencias de un pasado donde Dios o los dioses servían para “tapar los agujeros” que la aún precaria ciencia no podía esclarecer.



Yo mismo me lo he preguntado a veces: “Siendo Dios tan infinito y superlativo, que trasciende y a la vez llena todo el universo, su presencia ¿no debería rezumar y desbordarse por todo nuestro mundo?” Sin embargo, otros llevan su desconcierto un paso más allá reclamando: “Si Dios es tan real, tendría que haber pruebas palpables de su existencia. Sin tener que resignarnos a historias y milagros del pasado, no repetibles ni comprobables en nuestros días”. Aunque, si lo buscamos, Dios sigue manifestándose hoy con sus milagros.



Lawrence Krauss, cosmólogo y profesor de Yale lo plantea así en tono de sorna: “Si las estrellas se reorganizaran esta noche y yo mirara hacia arriba ...y viera a las estrellas decir: «Yo estoy aquí». ¡Vaya, eso sí sería evidencia muy interesante! De hecho, cuando se habla de pruebas, la única prueba que se puede tener de Dios son pruebas milagrosas porque la existencia de Dios implica algo sobrenatural”.[1]



¿Es tan extraño que a Dios no lo podamos ver en el plano físico? ¿Tan presuntuosos somos que pretendemos haber inspeccionado todos los rincones de la existencia material e inmaterial, y nos atrevemos a declararlos vacíos? Como Yuri Gagarin que después de regresar del espacio espetó: “No he visto a Dios por ahí arriba”.



Por lo pronto, estamos en un universo en el que no “vemos” ni podemos “palpar” el 95% de todo lo que existe.[2] Cosas que ahora los mismos científicos nos dicen que están ahí, pero que es imposible mostrarlas; como la materia y la energía oscura, o las múltiples dimensiones que tiene el universo y que están más allá de las tres o cuatro que percibimos. Ni siquiera hemos arañado la superficie de la comprensión de nuestro universo conocido, entonces, ¿por qué deberíamos poder ver/comprender/saber todo sobre Dios que, como creador del universo físico, por definición y por lógica, está más allá de él y de todo lo materialmente mesurable?



Así, la incitación retadora de no pocos hoy es: “¿Por qué si Dios existe no se materializa y se presenta ante mí?” Pero olvidamos, que Él ya lo hizo una vez. ¡Y aquellos a los que se presentó lo crucificaron! Aunque, de hecho, todos los que ayer y hoy “se alejan de Dios” ninguneándolo, igualmente lo exponen de nevo a escarnio, a “vergüenza pública” (cf. He 6:6, NTV). Y prefiero pensar que no son conscientes de lo que hacen.



O se plantea con cierta ingenuidad: “¿Por qué Jesús no realiza sus milagros en esta época, cuando podrían ser grabados en video y difundidos mundialmente? Así todos podrían creer. En lugar de dejarnos sumidos en la incertidumbre por la ausencia de esas pruebas…” Suena como la reclamación de los opositores de Jesús pidiendo “¿Y qué señal milagrosa harás para que la veamos y te creamos?” (Jn 6:30), después de haber presenciado la multiplicación de los panes y los peces. Haga lo que haga Dios, el contumaz seguirá siendo contumaz. Ya lo dijo Ignacio de Loyola: “Para aquellos que creen, ninguna prueba [externa] es necesaria. Para aquellos que no creen, ninguna cantidad de pruebas es suficiente”. Al ver tal video, ¿no pensarían que se trata de un montaje, de una fake news?



Algunos insisten sin ruborizarse: “Si lo hiciera suficientes veces y ante suficientes testigos, y si se pudiera documentar que se trata de alteraciones reales de las leyes de la naturaleza, y si…” ¿al final creería aquel escéptico atrincherado en la sospecha? Pero es que esto es exactamente lo que hicieron los evangelistas, documentando con las técnicas de la época (por el testimonio ocular puesto por escrito y corroborado por múltiples fuentes) los milagros y, sobre todo, la resurrección de Jesús. Pero tristemente aquello a lo que nos acostumbramos diariamente o tenemos al alcance de la mano, dejamos de verlo y apreciarlo. Y esto es lo que les ha pasado a muchos en las sociedades antes llamadas cristianas. El milagro que se repite regularmente, como la salida del sol, deja de ser milagro.



Pero ahí sigue lo milagroso… En el caso de la resurrección del Cristo, por ejemplo, aquellos investigadores serios que han analizado la evidencia, incluso muchos escépticos, acaban admitiendo que las teorías de engaños o psicosis en masa no pueden explicar la transformación de los discípulos, que pasaron del aterrado “tierra trágame” ante la Cruz al embravecido “tierra, que te como” tras Pentecostés.



Y ya rayando el absurdo, no falta quien haya sugerido la intervención de tecnología alienígena avanzada para explicar los milagros de Jesús. De ser así, los tales “alienígenas” serían dioses respecto a nosotros. Tendríamos que adorarlos a ellos… Y cerrando el círculo, si el “alienígena” es Jesús y supera con sus milagros las barreras del espacio-materia-tiempo, haciendo lo que se supone que tiene que hacer Dios ¿no es más sencillo aceptar que con Él nos encontramos cara a cara con lo divino?



Ante tanta demanda de que Dios (o en su caso Jesús) se haga visible, es muy ilustrativa la historia de “El Gran Inquisidor” en la novela Los Hermanos Karamazov de Dostoievski. En ella Jesús vuelve a la tierra en la Sevilla del s. XVI, empieza a hacer milagros y sanar enfermos. El pueblo se encandila con él… Hasta que el Inquisidor de la ciudad lo hace apresar y encarcelar. Y estando él entre rejas empiezan a tener una serie de conversaciones en las que el Inquisidor —que sabe muy bien que aquel a quien ha hecho apresar es realmente Jesús— en esencia le dice: ¿Por qué has venido a perturbarnos, cuando lo teníamos todo tan bien montado y bajo control?



¿Qué ocurriría si Jesús apareciera hoy frente a los medios, dispuesto a satisfacer la curiosidad de los escépticos más tenaces? Es probable que los “cientificistas” —entendiendo el término como quienes se atrincheran tras lo perceptible por los sentidos y creen que la ciencia ofrece explicación a todo— se resistieran a aceptar que algo les “perturbe” el sistema que tienen “tan bien montado y bajo control”. En definitiva, Dios “se esconde” no porque quiere borregos que no piensen, sino que quiere que le amen incluso aquellos linces que tienen libertad para odiarle.



Atendiendo a la reflexión de Blaise Pascal: “No me buscarías si no me hubieras encontrado”.[3] La búsqueda misma de Dios es una manifestación de que Él ya está obrando en el buscador. Pues bien, adaptando esta reflexión al tema que nos ocupa yo lo diría así: “No me cuestionaríais si no temierais que puedo ser real”. Nadie se molesta en demostrar que Spiderman no existe; porque no existe. El mero hecho de la pregunta, incluso de la puesta en duda, manifiesta una “necesidad por ausencia” del ser humano. Es decir, la necesidad de significado ante la ausencia de sentido de la vida misma, en el caso de reducirlo todo a lo meramente material. Porque la materia no tiene propósito ni voluntad, y por lo tanto, no tiene sentido ni da sentido a nada.



Un enfoque agustiniano o tomista sería que, así como el mal es simplemente la falta de un bien que debería existir, y dado que Dios es un bien que debería existir, la no creencia en Él es un mal, es un sinsentido.



Algunos, para defender a Dios —fútil empresa— responden a la cuestión que encabeza este artículo argumentando que Dios se esconde de nosotros porque quiere que creamos en él sin evidencias. Para que así desarrollemos la fe… O porque si Él fuera visible, la visión sería tan sobrecogedora que todos nos veríamos forzados a creer, anulando nuestro libre albedrío…[4] En mi humilde opinión, me parecen argumentos con algunos matices interesantes, pero innecesarios. Porque ninguna relación debería fundamentarse en la incertidumbre de saber si la otra parte realmente existe o no. Dios quiere que tengamos evidencia de Él. Pero no evidencias de laboratorio, sino las que nos da la escuela de la vida.



Por otro lado ¿ver a Dios bloquearía nuestra libertad para disentir? Lucifer veía a Dios cara a cara, sin embargo, esto no evitó que se rebelase contra Él. O los israelitas en el desierto vieron abrirse el mar rojo y esto no evitó que luego adorasen al becerro de oro. Entonces, ver a Dios ¿impediría la “libertad” de rechazar a Dios? O, ¿anularía la resistencia del humano disconforme? No lo creo. Si incluso entre aquella primera generación de cristianos que vivieron los milagros, algunos pudieron sucumbir a la insensatez (cf. Gál 3:5 y 1), ¡ni siquiera la más firme evidencia sería suficiente para borrar la ceguera del que no quiere ver! ¿Por qué iba Dios a dedicarse a hacer bufonadas para contentar a la galería? ¿O es que pensamos que no tiene nada más importante que hacer…?



Otros tergiversan la máxima dicha por Jesús a su pupilo Tomás: “Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron” (Jn. 20:29) y dicen: “Imagínate lo que pasaría si los tribunales condenaran a personas sin pruebas suficientes, o si los medicamentos se pusieran en el mercado sin las pruebas adecuadas, diciendo que tienen efecto si crees que lo tienen”. ¿Qué tiene que ver la gimnasia con la magnesia? Pablo no se mordería la lengua y les diría: “Aun si el hombre resulta mentiroso Dios no lo es”, “¿Quién eres tú que juzgas?”, “Necio, ¿no sabes que…?” (cf. Ro 3:4; 14:4; 1Co 15:36) ¿Qué es lo que no saben?



Evidentemente el objeto de la fe son las realidades espirituales, invisibles para el ojo humano. Pero la fe en sí, no se fundamenta en lo invisible, sino que la fe se alimenta —o debe hacerlo— de hechos. Empezando por los grandes hechos de la historia de la salvación registrados en las Escrituras. De lo contrario es una fe a ciegas, antesala de toda credulidad y superstición. Veamos…



En el mismo capítulo [de Juan] encontramos una interesante afirmación relativa al Apóstol: “vio y creyó” (Jn 20:8). Y aquí el hecho de creer en base a lo visto es mencionado como un acierto. [A Juan ver el sepulcro vacío] le ayudó a creer: “Al entender por la Escritura, que era necesario que Él resucitase de los muertos” (Jn 20:9). …uno de los pilares sobre los que se fundamenta la fe es el entramado de profecías antiguas registradas en la Palabra de Dios y su cumplimiento posterior en el devenir histórico.[5]



*               *                *



Ahora, volviendo al pasaje de Isaías que encabeza este articulo…



La declaración de Isaías 45:15 no apunta tanto a que Dios “se oculta” porque sí, sino a que no es palpable o visible como sí lo son los ídolos (cf. Is 45:16). Demandar de Dios que se haga visible a nuestro capricho es querer convertirlo en un ídolo, por no decir en un juguete para nuestro disfrute pueril.



Y si Dios está “oculto”, ante todo es porque el ser humano fue el primero que se ocultó y sigue ocultándose de Él (cf. Gn 3:10). Por lo que ha perdido su capacidad de percepción espiritual (cf. 1Co 2:11), y es él quien ha invisibilizado a Dios al cauterizar su conciencia (cf. Ef 4:18-19 con 1Ti 4:2). Siendo la conciencia uno de los sensores espirituales por los que podemos percibir a Aquel y aquello que no es visible, audible o palpable por los sentidos (cf. Ro 2:15).



Entones el ocultamiento de Dios es en realidad el resultado de la pérdida de sensibilidad espiritual por parte del ser humano (cf. 1Co 2:14), a la vez que es una medida de gracia por parte de Dios (cf. Lam 3:22); para darnos la oportunidad de reconectarnos espiritualmente con Él (cf. 1Co 6:17), sin tener Él que presentarse ante nosotros como “fuego consumidor” antes de purificarnos (cf. He 12:29). Porque Dios es tan infinito y puro, que en nuestro estado fallido no podríamos soportar Su presencia (cf. Ex 33:20). Sería como juntar el fuego y la hojarasca... Por ello la Palabra insiste:



Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios; vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro...” (Is 59:2)



Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo corazón” (Jer 29:13)



No se trata de que Dios esté jugando al escondite ni de que, quienes cuestionan su existencia deban aceptar una fe a ciegas bajo el argumento de que Dios es inmaterial e invisible. Si no que se trata de evitar nuestra perdición y encontrar la verdadera redención.



Además Dios no nos demanda fe a ciegas (credulidad), sino que la fe de la que habla la Biblia consiste en (1) la comprobación de las evidencias que Dios nos ha dejado (en la naturaleza, en la profecía, en la encarnación, la resurrección...), (2) habla de depositar confianza en su Persona, de reconocer que Él es de fiar (por sus promesas y los hechos de la historia que las corroboran) y (3) se refiere a depender por fe del sacrificio de la Cruz para nuestra salvación y no confiar en nuestras pretendidas buenas obras.



Por lo tanto, la fe que es la base para el reencuentro con Dios es:



1)fe en contraposición a dudar por sistema,



2)fe en contraposición a desconfianza personal,



3)fe en contraposición a creer merecer la salvación.



Ahora bien, es cierto que hay que pedir ayuda a Dios para poder creer (pedirle que se abran nuestros ojos espirituales), porque hay fuerzas que operan para impedirlo: “Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en quienes el dios de este mundo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo...” (2Co 4:3-4)



¿Y cuáles son esas manifestaciones o evidencias de las que disponemos?



La respuesta de la Epístola a los Romanos en los capítulos del 1 al 3 es la siguiente:



1)las pistas en el universo creado,



2)la conciencia de un bien y un mal,



3)las Escrituras judeocristianas,



4)la visitación de Dios en Jesús.



                  Y combinándolas todas, estas evidencias sobresalen en las intervenciones de Dios que han quedado registradas en sus Escrituras y que claman desde la bruma de épocas lejanas, pero de enseñanza bien actual, como avales de su presencia entre nosotros. Pero…



Si bien es cierto que los argumentos sobre ver la mano de Dios en la naturaleza a algunos no les parecen concluyentes, el hecho de que todo, hasta el universo tiene un principio, los hace irrenunciables. Porque todo lo que tiene un principio tiene una causa.



Si bien es cierto que el argumento moral es variable, puesto que la percepción de lo que está bien o mal ha ido cambiando según las épocas y contextos, también lo es que en una concepción mecanicista del mundo el origen de la consciencia y la conciencia no tienen explicación. El mero instinto de supervivencia y la necesidad social del grupo no lo explican.



Si bien es cierto que los argumentos que dicen que Dios se reveló en el pasado no son comprobables hoy, el hecho es que el registro escrito de un pueblo insignificante como los antiguos judíos es inédito, diáfano y milagroso. Por más que se le quiera equiparar con otros, como por ejemplo La Epopeya de Gilgamesh.



Si bien es cierto que un Dios bueno y justo debería dar pruebas inequívocas de su existencia a todos, diciendo “Aquí estoy. Ahora, depende de ti elegir seguirme o no, y la parte que nos corresponde debería ser elegir el seguirlo o no, en vez de quedar relegados a cuestionar la veracidad de su existencia”; también es cierto que esto es precisamente lo que Él ha hecho. Es decir, Jesús dijo y sigue diciendo “Aquí estoy; Yo Soy” y “ven, sígueme”.



Si bien es cierto que a Jesús lo tenemos que conocer primeramente a través de los lentes de sus relatores, también es cierto que reducir la figura perfecta que construyeron estos relatores a la pericia humana requeriría un mayor milagro que atribuirla a un origen divino.



No hace falta que Jesús se muestre físicamente en cada nueva época y a cada nuevo individuo. Porque con su ejemplo y enseñanza tan elevados nos ha dejado una evidencia válida para todos los tiempos, y más persuasiva, permanente e inalterable que cualquier evidencia física. De otro modo ¿no tendría él que seguir apareciéndose ante cada nueva generación y así hasta el fin del mundo?



En conclusión, Dios parece oculto a nuestros ojos y percepción física…



1.Porque somos criaturas y el Creador obviamente nos trasciende (cf. Is 55:9),



2.Porque si Él no fuese Misterio, sería lógica cartesiana y no Dios (cf. 1Co 2:7),



3.Porque el primero que se escondió fue el ser humano (cf. Gn 3:10),



4.Porque de otro modo Su pureza absoluta nos consumiría (cf. Ex 33:20),



5.Porque nuestro orgullo enturbia las verdades espirituales (cf. Mt 11:25),



6.Porque hay quien ciega el entendimiento de los incrédulos (cf. 2Co 4:4),



7.Porque llegará un día en que “todo ojo lo verá...” (cf. Ap 1:7; Job 19:27).



En definitiva, porque como dice el filósofo contemporáneo de origen judío, apellido árabe, y ateo convertido al cristianismo, Fabrice Hadjadj: “Dios nos da los signos precisos para que veamos bien que Él es invisible”.[6] Y porque como advierte el célebre matemático y pensador cristiano del siglo XVII Blaise Pascal: “es igualmente peligroso para el hombre conocer a Dios sin conocer su miseria, como conocer su miseria sin conocer a Dios”.[7]



Aquel hombre o aquella mujer que invita a Dios a formar parte de su vida tiene las “pruebas” en sí mismo/a. La prueba del testimonio del Espíritu (Ro 8:16). La prueba de ser enseñado por Jesús (Ef 4:21). La prueba de su perdón y paz interior, y del derramamiento de su amor en nuestros corazones (Ro 5:1, 5). La prueba de sus intervenciones en nuestra vida (Sal 34:4). Incluso la prueba de sus milagros (Gál 3:5). Es de estos que Ignacio de Loyola dice que no necesitan más pruebas.



Paradójicamente la miseria misma de la vida, aquella de la que tanto nos quejamos, es una de las evidencias que hace a Dios más palpable. Albert Camus, premio Nobel de Literatura, si no ateo como mínimo agnóstico —o así ha quedado registrado en el haber popular— a mediados del siglo pasado, un año después de finalizar la Segunda Guerra Mundial, declaraba en una conferencia en Estados Unidos titulada La crisis humana:



Porque si no se cree en nada, si nada tiene sentido y si no se puede afirmar ningún valor, entonces todo está permitido y nada es importante. Por lo tanto, no existe ni el bien ni el mal y Hitler no estaba ni equivocado ni acertado. Uno puede llevar a millones de inocentes al crematorio tan fácilmente como puede dedicarse a sanar a los leprosos. Uno puede arrancarle las orejas a un hombre con una mano y tranquilizarlo con la otra. Uno puede limpiar la casa delante de personas que acaban de ser torturadas. Uno puede honrar a los muertos o tirarlos a la basura. Todo es lo mismo. Y como pensamos que nada tiene sentido, tuvimos que concluir que el hombre que triunfa tiene la razón...[8]



Según las conversaciones que Camus sostuvo años después con el Rev. Mumma Howard de la Iglesia Americana de París durante más de dos años, y publicadas por este último en la década de los noventa, el nobelísimo pidió el bautismo poco antes de morir en un accidente en 1960 a la edad de 47 años. Y ante la reflexión del Reverendo que le estaba diciendo “…la persona que acepta el perdón cree entonces que no hay hipotecas ni gravámenes sobre él. La cuenta está a cero, la conciencia está limpia. Se está preparado para ir hacia delante y comprometerse en una nueva vida, una peregrinación espiritual. Usted está buscando la presencia de Dios mismo” Camus respondió sin titubeos: “Howard, estoy preparado. Quiero esto. Esto es a lo que yo quiero comprometer mi vida”.[9]



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Porque si la necesidad de Dios (de su existencia, de su perdón, presencia y plenitud) está en cada corazón humano, esto mismo quiere decir que por esta necesidad Dios ya se está manifestando a cada ser humano. Entonces Dios ya no es “el Dios tapa agujeros” sino “el Dios llena vacíos”. Sin Él, ese vacío nos corroe…



Queremos ser amados, y de no ser posible, admirados; y si esto tampoco se puede, temidos; y de no llegar a despertar el temor, entonces ser odiados y despreciados. Queremos suscitar en los demás alguna suerte de sentimiento. El alma aborrece el vacío y quiere tener contactos a cualquier precio.[10]




 



Notas



[1]   https://www.youtube.com/watch?v=Q9IK3WmAopU, 23’50” – 24’23”



[2]   https://www.abc.es/ciencia/abci-catherine-heymans-no-sabemos-nada-95-por-ciento-universo-201705210112_noticia.html, 21.05.2017.



[3]  Blaise Pascal, Pansées, Lafuma 919, Sellier 751.



[4]  Soren Kierkegaard describió este punto en una especie de parábola: “Supongamos que hubo un rey que amó a una humilde sirvienta. El rey era único; todos temblaban ante su poder. Nadie se atrevía a susurrar una palabra en su contra, pues tenía las fuerzas para destruir a todos los que oponían. Sin embargo, este poderoso rey amaba a esta sirvienta. ¿Cómo él podría declarar su amor por ella? De una forma extraña, su realeza lo limitaba. Si la traía al palacio y la coronaba con joyas y vestidos reales, de seguro no resistiría – nadie lo resistía. Pero ¿ella lo amaría? Ella diría que lo amaba, por supuesto, pero ¿lo haría de verdad? Si él cabalgase en su carroza real a la casucha en el bosque donde ella vive – eso también la abrumaría. El rey no quería un sujeto servil. Él quería una amante, un igual […] porque es sólo en el amor que lo desigual se hace igual”.



[5]  Carlos Madrigal, Releyendo las Escrituras con Jesús, www.amazon.es/ dp/8494503219, pág 131-132



[6]  Fabrice Hadjadj, La fe de los demonios, nuevoinicio, pág. 98.



[7]  Blaise Pascal, Pansées, Gredos, pág. 416.



[8]  https://www.sinpermiso.info/textos/la-crisis-humana



[9]  Mumma Howard, El Existencialista Hastiado - Conversaciones con Albert Camus, ePub 3 r1.0, neo 13 05.07.14, Capítulo VIII, pág. 154.



De forma también sorprendente Le Nouvel Observateur recogió un diálogo de Sartre con un marxista, pocos días antes de su muerte. Sartre dijo entonces: “No me percibo a mí mismo como producto del azar, como una mota de polvo en el universo, sino como alguien que ha sido esperado, preparado, prefigurado. En resumen, como un ser que sólo un Creador pudo colocar aquí; y esta idea de una mano creadora hace referencia a Dios”. (Norman Geisler, The Intellectuals Speak Out About God, Chicago, 1984, pág. 136)



[10]  Hjalmar Söderberg, Doctor Glas, Cátedra, Madrid, 1992, pág. 106.



 

 


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