¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Para qué vivir? ¿Qué sentido tiene la existencia? La respuesta está en el encuentro con Jesús.
Y he aquí había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él. Y le había sido revelado por el Espíritu Santo, que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor. (Lucas 2:25-26 Reina-Valera 60)
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En el año 2007 salió una película que en inglés se llamó “The bucket list”. Las camas de dos convalecientes en un hospital están la misma sala, y los dos pacientes comienzan una amistad, ambos en el último capítulo de su vida. Uno de ellos es el dueño del hospital. Tiene mucho más dinero de lo que necesita, pero no tiene el amor de ningún ser querido en su vida. El otro forma parte del amor y el cariño de una familia. Juntos, en su recuperación, se proponen hacer ciertas cosas antes de morir. Hacen una lista, su “bucket list”. Lo que desearían hacer antes de despedirse para siempre del mundo.
¿Qué cosas quisiéramos hacer antes de morir? ¿Qué cosas no deben faltar en nuestra lista? ¿Un viaje? ¿Escribir un libro o sembrar un árbol? ¿Terminar una carrera profesional? ¿Ganar un campeonato? ¿Qué quisiéramos ver antes de morir? Tal vez la construcción de un templo, la fundación de un seminario, o la existencia de una obra del Señor relevante para el mundo, que contribuye para la paz de la ciudad…
¿Cuáles son esos deseos profundos que si se cumplieran le darían sentido a nuestro paso por el mundo? En el texto de hoy había un hombre que tenía muy claro este asunto. Sabía qué cosa tenía que hacer antes de morir. Se llamaba Simeón. El Espíritu Santo estaba sobre él, y esperaba la liberación de Israel. Dios le había dado la convicción que no moriría antes de haber visto al Mesías.
Un encuentro de unos breves minutos. Una entrevista de menos de diez minutos. Esos minutitos (la palabra minuto significa pequeño) le dieron a ese hombre el sentido de toda su existencia. Él sabía que lo que tenía que hacer para que su vida valiera la pena era conocer a Cristo. Simeón resolvió en ese breve encuentro con el bebé Jesús la pregunta más importante de todas. Es la pregunta que el ser humano se ha hecho desde que comenzó a habitar este planeta.
El ser humano se pone de pie, mira al cielo, mira su realidad, su mundo, sus manos, y se pregunta: ¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Para qué vivir? ¿Qué sentido tiene la existencia? La respuesta está en este encuentro. Es un encuentro que da sentido. Vinimos al mundo a conocer a Cristo. Nacimos para conocer a Cristo. Fuimos llamados a existir para conocer a Cristo. El sentido, el propósito de la existencia humana es encontrar a Cristo—ser encontrados por él, y encontrarnos en Cristo como el verdadero ser humano que Dios quiso que fuéramos desde que nos creó.
La ofrenda que presentaron José y María en el templo el día que el bebé Jesús fue presentado al Señor es indicadora de su nivel social. Eran pobres. En sus bolsillos no tenían muchos recursos. Se aplicaba a ellos lo que a muchas parejas cuando van comenzando su historia de fe como matrimonio, y que lo expresa el cantante Jorge Drexler en su canción “Estalactitas”: En los bolsillos, nada más que tiempo…
Presentaron como ofrenda un par de tórtolas, porque no tenían para presentar una oveja. En estos días en muchos hogares se abren los regalos de Navidad. Se intercambian muestras de cariño, y expresiones de interés mutuo. Sin embargo, la costumbre de intercambiar regalos ha sido secuestrada por el mercado como una oportunidad para incrementar el consumo, de modo que se confunde la intención buena de mostrar el cariño y el interés, con la contaminación del materialismo y el interés por las apariencias. Con la sagrada familia en la primera Navidad nos identificamos todos los que hemos comenzado nuestra historia sólo con tiempo en los bolsillos. Sólo con dos pichoncitos de paloma. Ha sido una historia de fe, y encomendamos al Señor a todos los que empiezan así su familia, en ejercicio de la confianza en Dios y en el esfuerzo por vivir en rectitud.
Que en esta Navidad, entre los regalos que se intercambian, haya cuatro regalos indispensables: La esperanza sin fallos, el amor sin remilgos, el gozo sin excusas, y la paz sin explicaciones. Todos estos provienen de Cristo, y no deben faltar en cada hogar y en cada corazón de quienes creemos en él.
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Que la esperanza que lleguemos a desarrollar el día de hoy sea una esperanza cierta, sin fallos. Porque está fundada en la forma de ser de Dios, y en su manera de actuar en la historia. Que el amor que practiquemos hoy esté desprovisto de todo prejuicio, estorbo, condiciones, o remilgos. Que conozcamos hoy un poco del carácter del Dios que hace salir su sol sobre buenos y malos. Que el gozo que recibamos como regalo hoy sea a prueba de todo. Un gozo con la fuerza de la vida como las plantitas que rompen las banquetas de concreto y florecen en medio de la ciudad. Y la paz sobre nosotros sea una paz que sobrepasa todo entendimiento. Una paz inexplicable, paz en medio de la guerra, como lo sugiere la primera novela de Unamuno, Paz en la guerra. Estos son los regalos más sencillos, y los más indispensables.
“Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, Conforme a tu palabra; Porque han visto mis ojos tu salvación, La cual has preparado en presencia de todos los pueblos; Luz para revelación a los gentiles, Y gloria de tu pueblo Israel”. (Lc 2:29-32)
Para celebrar la Navidad no es suficiente un día. La cristiandad dedica doce días para seguir diciéndonos unos a otros “Feliz Navidad”. Incluso hay cristianos que celebran la Navidad durante todo el año, sin poner una fecha específica para observar la festividad.
Sabemos que los primeros cristianos sí celebraban el nacimiento del Señor Jesús, porque se preservaron los cánticos relacionados con la ocasión. En el Evangelio según Lucas son cuatro: El canto de María, el canto de Zacarías, el canto de los ángeles y el cuarto es este texto: El canto de Simeón, “Ahora Señor, despides a tu siervo en paz”.
En la redacción del Evangelio, este encuentro sirve como una evidencia más de la identidad mesiánica de Jesús. Y en todos los relatos está involucrado el Espíritu Santo. Simeón ya puede morirse, porque sus ojos han visto al Mesías. Esto quiere decir que el encuentro con Cristo es lo que da sentido a la existencia humana.
También hay algo más en el canto de Simeón, acerca del propósito de la elección de Israel. Israel fue elegido por Dios para traernos al Mesías. Dios preparó a un pueblo para enviar al mundo, en el momento preciso, a su Hijo unigénito. El Verbo eterno hecho carne nació en el contexto del pueblo de Israel hace dos mil años.
Traernos a Jesús fue la función que cumplió en la historia el pueblo de Israel. Jesús es la gloria de Israel. Es el orgullo de Israel y es la revelación a todas las naciones. De manera que el amor de Dios por Israel tiene como finalidad la salvación de todas las naciones. Dios se relacionó de manera especial con Israel con el propósito de amar a todo el mundo por medio del Señor JesuCristo.
Ese es el propósito de cualquier tipo de elección hecha por Dios. Dios elige a uno para amar y bendecir a todos. Por lo tanto, si nos creemos especiales por conocer al Señor, y por ser de sus elegidos, no pensemos que es por nuestras bondades o por nuestro hermoso carácter. La elección de Dios tiene como propósito traer la luz a todas las naciones.
Ahora, el conocer a Cristo se convierte en compromiso misionero y evangelizador. Dios envió a Cristo para buscar y salvar lo que se había perdido… y no es difícil ver qué es lo que se ha perdido. En el fondo de todos los padecimientos sociales, está la realidad del corazón alejado de Dios. Es el corazón humano, en oscuridad profunda, y hace falta que brille la luz de Cristo.
Lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite, sobre el trono de David y sobre su reino, disponiéndolo y confirmándolo en juicio y en justicia desde ahora y para siempre. (Isaías 9:5-7 Reina-Valera 60)
La cuarta palabra clave del Adviento es PAZ. El propósito del Señor es la paz. En mi infancia y adolescencia, nunca escuché esto en la iglesia. No se predicaba ni enseñaba la paz. Aunque es un tema muy presente en la Biblia, y en el reinado mesiánico, de alguna manera se escapaba de la vista de maestros y predicadores, aunque sólo en el Antiguo Testamento aparece más de 250 veces la palabra PAZ.
Algunos leen la Biblia y observan más violencia y guerra. De alguna manera piensan como el antiguo hereje Marción, del siglo II, que afirmaba que el Dios del Antiguo Testamento no es el mismo que el del Nuevo. Según él, en el Antiguo Testamento se observa un Dios violento, vengativo, y entre todas las “maldades” que había hecho, estaba la creación del mundo.
Evidentemente ese rechazo por el mundo nos habla más de Marción que de Dios. El cántico de los 24 ancianos en Apocalipsis afirma: Tú eres digno, Señor Dios nuestro, de recibir gloria, honra y poder, pues tú formaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas. El Dios del Nuevo Testamento es el creador de todo.
Este Dios que ha creado el mundo con sabiduría profunda (y que lo ha creado bueno, poniendo su firma en todo lo que existe) ama tanto a su mundo que lo ha querido rescatar de toda maldad. En ese plan de rescate está la Navidad. La Navidad es Dios buscándonos en Cristo para salvarnos. Nos cubre para que no muramos de frío, y para que la muerte no tenga efecto sobre nosotros.
Aquí está la relación entre la Navidad y la Semana Santa. Celebramos el nacimiento de una ovejita que creció para convertirse en el Cordero de nuestra redención. Su sangre derramada en la cruz cubre nuestros pecados, y podemos vivir gracias a su muerte en la cruz. El Mesías crucificado logra la verdadera paz.
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No debemos confundirnos. La Biblia es un libro de paz. El Señor tiene como propósito la paz. Dios acabará con toda guerra porque el reino de Cristo Jesús es reinado de paz.
Nos ha nacido un niño. Esto quiere decir que hay quien ocupe el trono del reinado de Dios en la tierra. Hay un príncipe. El pueblo no quedará sin liderazgo. El texto de Isaías 9:5-7 es la letra de uno de los corales más hermosos en el famoso oratorio de Händel, “Mesías”. “El gobierno será sobre sus hombros”. Ha nacido uno destinado a gobernar, a sentarse en el trono de su padre David, para ejecutar la buena voluntad de Dios en la tierra.
Un pequeño bebé que al nacer fue puesto en un pesebre. Su nombre es Admirable consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz. La paz que viene con Cristo no tiene fronteras. Su paz no tendrá límite, dice el texto. Esto ya se ha cumplido en la navidad. Cuando conocemos al Señor JesuCristo, somos invitados a entrar al reino, a ser súbditos del verdadero Rey de reyes y Señor de señores.
El reinado de Cristo es una nueva realidad en la cual reina la paz. La capa manchada de sangre y la bota militar no tienen ningún valor. En el reino no sirven para nada las armas de los soldados. Él destruye todos los recursos de guerra. Tanto los de los unos como los de los otros. El propósito del Señor es la paz.
Esto comienza desde nuestra manera de relacionarnos en casa y la forma en que educamos a nuestros hijos e hijas. La paz es un aprendizaje de toda la vida. Desde la manera de compartir los alimentos entre los que estamos sentados a la mesa… Ahí ocurre el acto sagrado que se realiza todos los días: la oblación, es decir, el partir el pan.
Al partir un pedazo de pan o de tortilla a la hora de comer, al hacer la oblación, estamos reconociendo que no somos los únicos que compartimos la mesa. Hay otros comiendo con nosotros, y nos vamos educando para la paz, desde pequeños. Hay que enseñar a nuestros hijos e hijas a compartir el pan, y los dulces, y juguetes, y los recursos con los que contamos, y a que el país y el mundo es una realidad que se comparte, porque un niño nos ha nacido, y es el Príncipe de paz.
La paz es la agenda de Dios para el mundo, y su Hijo Jesús es el agente ejecutor de esa agenda. El Señor Jesús es el Mesías, y en él se cumplen las palabras proféticas de paz, como en el texto de Isaías 32:15-19: El efecto de la justicia será paz.
La paz se aprende desde la casa, cuando enseñamos a nuestros pequeños a compartir la mesa, y cuando les enseñamos que pueden tener amigos de otras creencias. Les enseñamos que aquellos que no creen o creen de modo diferente a nosotros también forman parte de la familia humana, y también son objeto del amor enorme, de la misericordia entrañable de Dios por todo el mundo. Esa es educación para la paz.
Cristo viene a nuestra vida para destruir nuestras armas de guerra, y para que aprendamos a declarar la paz, a extender la mano para pedir perdón y para dar la bienvenida.
Sin embargo, esto no significa que no hay justicia. Porque una de las convicciones bíblicas es que esa paz, que sólo en el Antiguo Testamento se menciona más de 250 veces, siempre es fruto de la justicia. Sin justicia no hay paz. Es ingenuo, es injusto y es necio sólo procurar la paz sin promover la justicia.
Se busca la paz por medio del establecimiento de relaciones correctas con el otro, por medio de la justicia. La paz es hija de la justicia, y en Cristo esto se cumple al pie de la letra. Porque cuando conocemos al Señor Jesús, entonces nuestras relaciones torcidas se enderezan. Se paga a quien se le debe. A quien se le tiene que pedir perdón, se le pide perdón. Y si hay alguna relación tóxica en la vida, se corta. Con la gracia de Cristo es posible hacer ese tipo de decisiones tan difíciles, porque se trata de relaciones injustas, que no producen paz, y a la paz nos llamó el Señor.
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La paz –shalom—solamente es producto de relaciones correctas, en justicia. El propósito del Señor es la paz. Practiquemos hoy esa paz que sobrepasa todo entendimiento.
Que en esta temporada de Navidad podamos vivir una esperanza sin fallos, un amor sin remilgos, un gozo sin excusas y una paz sin explicaciones. Para todo el pueblo de Dios: ¡Feliz Navidad!
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