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El corazón de los mansos

 El secreto de la mansedumbre es la relación diaria con el Señor a través de la oración franca.

CONCIENCIA AUTOR Antonio Cruz 05 DE DICIEMBRE DE 2015 19:59 h

La Escritura ofrece numerosos ejemplos de hombres que a pesar de su propio temperamento supieron poner en práctica la mansedumbre por amor a Dios. Entre los mansos que aparecen en el Antiguo Testamento cabe señalar a Abraham, cuya transigencia y grandeza de ánimo le granjeó el respeto de sus contemporáneos. Esta fue la gran característica de su vida manifestada en detalles concretos, como su actitud al permitirle a su sobrino Lot que eligiera primero aquella tierra que más le conviniera. También Moisés supo humillarse por completo a la voluntad divina, al abandonar la corte egipcia y su buena posición como ahijado de la hija del Faraón, para dirigir un pueblo rebelde por el desierto durante cuarenta años. Algo parecido puede apreciarse en la vida de David, sobre todo en su relación con Saúl y en el maltrato injusto que tuvo que soportar por parte de éste. Asimismo el profeta Jeremías sufrió con mansedumbre el desprecio de sus contemporáneos por predicarles la verdad, frente a otros profetas que únicamente decían aquello que el pueblo deseaba oír.



Cuando se lee el Nuevo Testamento, la humildad de los hombres de Dios resulta también fácil de descubrir. ¿Cómo es posible que Esteban, el primer mártir cristiano, mientras moría apedreado pidiera a Dios que perdonara a sus verdugos? A pesar del temperamento natural y la fortaleza de ánimo del apóstol Pablo, lo cierto es que sufrió con mansedumbre la injusticia y maledicencia no sólo de parte de los judíos, sino también de algunos miembros pertenecientes a ciertas iglesias cristianas. Pero, desde luego, el mayor ejemplo de mansedumbre y humildad se encuentra en el propio Señor Jesús. No solamente porque él así lo reconoció, sino sobre todo por el estilo de vida que llevó. Supo padecer injurias, persecución, burla y violencia injusta como si fuera una "caña cascada y un pabilo que humea". Siempre al borde de la rotura. Constantemente como una vela a punto de apagarse. No obstante, con una mansedumbre y convicción interior que le permitieron cumplir satisfactoriamente con su misión y triunfar sobre la muerte. El Maestro nunca consideró el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse con orgullo, más bien optó personalmente por vivir como un simple ser humano. Permitió que por sus venas circulara sangre con cromosomas y ADN de hombre. Se hizo realmente humano siendo Dios y se dejó matar como un vil malhechor. Tal humillación constituye el mayor acto de mansedumbre del universo.



Ninguno de estos personajes bíblicos mencionados, a excepción quizá de Jesucristo, poseía un temperamento natural que pudiera ser considerado como manso. David era valiente y tenía un carácter fuerte. Jeremías es descrito como "una caldera en ebullición". El apóstol Pablo fue un hombre de extraordinaria personalidad. Sin embargo, a pesar de ello, todos decidieron voluntariamente actuar con docilidad por amor a su Señor. Esto significa que la humildad a que se refiere Jesús en la tercera bienaventuranza no es una disposición natural de algunas personas cristianas, sino una exigencia dirigida a todos los seguidores de Cristo. Algo que sólo puede producir el Espíritu Santo en la vida de cada creyente. Y para que esto ocurra es menester permitirle que sea él quien controle y gobierne toda nuestra existencia. Es necesario el arrepentimiento sincero cada vez que le entristecemos o contristamos con nuestro temperamento rebelde. El secreto de la mansedumbre es la relación diaria con el Señor a través de la oración franca.



Ser manso no significa ser insensible o incapaz para conmoverse ante los problemas de la vida. Hay personas que parece que todo les da igual y equivocadamente se podría pensar que poseen el don de la mansedumbre. Sin embargo tales individuos no son mansos sino indolentes. Su indiferencia ante la realidad responde más a la apatía que a la humildad. Desde luego, las bienaventuranzas no se refieren a semejante actitud. Tampoco la mansedumbre tiene nada que ver con la pereza o con la amabilidad natural, sino que, contra toda apariencia, los mansos pueden poseer una gran fortaleza interior. Cada uno de los personajes bíblicos mencionados fueron grandes defensores de la verdad. Vivieron tan comprometidos con su Señor que estaban dispuestos a morir por su fe. Los mártires cristianos fueron personas humildes pero enérgicas y valerosas.



El cristiano que vive la mansedumbre es aquel que posee una idea adecuada de sí mismo que se refleja sobre todo en el trato que dispensa a sus semejantes. Es capaz de valorar positivamente a los demás porque él mismo se considera como un vil pecador rescatado por Cristo. Cuando se llega a esta ausencia de orgullo personal, uno se da cuenta de lo absurdo que es todo intento de imponerse a los otros. Por desgracia, vivimos en un mundo que nos aconseja a diario precisamente todo lo contrario. Consignas de la psicología popular como "reafirma tu personalidad imponiéndote a los demás" son las que tienen éxito hoy entre las gentes. Sin embargo, el verdaderamente manso se avergüenza de tales imposiciones humanas.



Otra característica que define al creyente humilde es su ausencia de autocompasión. Se trata de una persona que nunca se compadece de sí misma. Jamás piensa cosas como por ejemplo: "me han tratado mal y yo no me merezco esto", o "con lo bueno que soy y lo que valgo, si me dieran una oportunidad les demostraría mi talento". ¡Cuánta energía se malgasta en la vida compadeciéndose de uno mismo! No obstante, el manso se siente tan humillado cuando reconoce lo que Cristo ha hecho en su vida, que nada ni nadie le puede humillar más. No le afectan las afrentas e insultos de los demás porque recuerda que a su Señor también le insultaron. Llega a una madurez espiritual en la que nadie puede dañarle. No reivindica sus derechos porque siempre tiene al Maestro presente, colgando de un madero. ¿Es que acaso los hombres respetaron los derechos de Jesús? Sabe, en lo más profundo de su alma, que él como pecador no merece mejor trato que Jesucristo. Al contrario, mansedumbre es sorprenderse cada día por lo bueno que recibimos, tanto de Dios como de nuestros semejantes.



El manso que sufre injustamente en este mundo no alberga deseos de venganza sino que sabe ser paciente con quienes le tratan mal y, en cualquier caso, prefiere dejarlo todo a la justicia de Dios. Las palabras de Cristo agonizando en la cruz del Calvario: ¡Padre perdónalos porque no saben lo que hacen!, están siempre presentes en su memoria y condicionan su estilo de vida. Acierta a abandonarlo todo en las manos de Dios, tanto sus derechos como su futuro. Por eso el Señor dice que heredarán la tierra. De hecho, ya han empezado a heredarla aquí en este mundo. Del trozo de tierra ocupado por el Gólgota surgió ese otro pedazo ocupado por la Iglesia. Quien experimenta la mansedumbre se siente siempre satisfecho y feliz. No poseyendo nada, lo tiene todo, o como escribió Pablo: como pobres, más enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, más poseyéndolo todo (2 Co 6:10). Quienes hoy poseen la fuerza y ejercen la injusticia terminarán perdiéndolo todo, mientras que los otros, al mostrarse mansos, llegarán a dominar la tierra.


 

 


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