Materialistas mira con agudeza el mercado sentimental de nuestro tiempo, donde altura, renta y edad pesan más que la verdad de una persona.
Una escena de la película.
Tras el eco íntimo de Past Lives, Celine Song cambia la contención oriental por un Nueva York de escaparate, cálculo y ansiedad afectiva.
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Materialistas mira con agudeza el mercado sentimental de nuestro tiempo, donde altura, renta y edad pesan más que la verdad de una persona.
Hoy hasta el amor parece venir con ficha técnica. Altura mínima, ingresos suficientes, edad razonable, barrio correcto, proyección estable.
La pregunta solía ser si dos desconocidos podrían llegar a quererse; ahora se transforma, y la cuestión es si esos dos desconocidos cumplen los requisitos. Materialistas entra justo por ahí.
Celine Song sitúa a Lucy, una casamentera de élite en Manhattan, en medio de un triángulo entre la pareja perfecta y el ex imperfecto, y convierte esa premisa en algo más que una comedia romántica: en una radiografía moral de una época que ha aprendido a hablar del amor con lenguaje de mercado.
A24, la productora, presenta la película exactamente en esos términos, y Song ha explicado además que su punto de partida nació de su propia experiencia trabajando como matchmaker.
Por eso no resulta raro que, detrás de todo, asomen ecos de Jane Austen. Song vuelve a un territorio que Austen entendió muy bien: el matrimonio como cruce entre deseo, cálculo, rango, conveniencia y autoengaño.
En Materialistas también hay mucho de eso. La directora ha citado entre sus referencias a Nora Ephron, Billy Wilder, James L. Brooks y Mike Leigh, y en algunos momentos el guiño a Wilder parece deliberado.
Hay escenas y ritmos que recuerdan vagamente a Sabrina: el brillo sofisticado, el triángulo afectivo, la tensión entre seguridad y verdad. Otra cosa es que la película alcance esa gracia.
La propuesta de Song está más cerca de una amargura elegante que de esa ligereza profunda con la que el maestro Wilder hacía pasar ideas muy serias como si no costaran nada.
Materialistas plantea desde el principio algo bastante incómodo: cuánto vale una persona en el mercado. Y lo hace sin demasiada sutileza, porque sabe que ahí está el nervio del asunto.
Song contó que, cuando trabajó como casamentera, casi todos sus clientes querían lo mismo. Lo más revelador, decía ella, no era la singularidad de cada uno, sino la uniformidad del deseo. Todos querían el mismo producto.
Y ese lenguaje, añadía, no solo termina cosificando al otro; termina cosificándonos también a nosotros mismos. Uno empieza tasando a los demás y acaba midiéndose como mercancía. Ese es, seguramente, el hallazgo más fuerte de la película.
Ahí Materialistas se vuelve especialmente pertinente. Porque lo que muestra no es solo una patología sentimental, sino una forma de conocimiento falseado. Vemos a las personas como queremos verlas, o como nos han enseñado a valorarlas, pero no como realmente son.
Etiquetamos rápido. Elegimos por envoltorio. Confundimos compatibilidad con rendimiento. Y en esta era de redes sociales, donde casi todo se presenta, se empaqueta y se promociona, la tentación de vivir dentro de una realidad impostada es todavía mayor.
Song ha manifestado que la película trata precisamente de la distancia entre esas especificaciones y el acto real de enamorarse, que sigue siendo un misterio.
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Ahí está el corazón del film: en esa grieta entre la tabla de requisitos y la verdad del vínculo.
Esa grieta no es algo nuevo, aunque hoy adopte formas nuevas. La Escritura insiste una y otra vez en que el ser humano ve mal. El primer libro de Samuel nos recuerda que las personas miran la apariencia, mientras Dios mira el corazón.
En el Evangelio de Juan, Jesús manda no juzgar por las apariencias, sino juzgar con justo juicio. Y en Lucas advierte que la vida no consiste en la abundancia de los bienes.
Dicho de otra forma: el valor real de una persona no cabe en los criterios con los que solemos clasificarla. Lo decisivo no es lo que exhibe, sino lo que es delante de Dios. Y eso solo puede conocerse a la luz de una verdad revelada, no del mercado ni del algoritmo.
Por eso el problema de fondo en Materialistas no es únicamente el materialismo sentimental. Es la ceguera. La incapacidad del ser humano para conocer las cosas como son.
Para distinguir entre brillo y valor, entre precio y dignidad, entre estabilidad y verdad. La película acierta al señalar que lo más importante no siempre está en los datos visibles, sino en esos activos intangibles que no caben en una ficha: la lealtad, la capacidad de entregarse, el peso moral de una persona, su manera de amar.
La película se queda en el borde: lo intuye con claridad, pero no siempre consigue atravesarlo. Detecta la impostura, pero no llega del todo a la revelación.
Porque la verdad no consiste solo en desmontar la mentira del mercado; consiste en recibir una medida distinta del valor humano. Y la Biblia la da desde el principio: el hombre y la mujer no son productos mejor o peor colocados en el escaparate, sino criaturas hechas a imagen de Dios.
Ahí es donde realmente entra el amor, no como adorno sentimental, sino como el elemento que convierte cualquier acuerdo en algo verdaderamente humano.
Sin amor, dice Pablo, incluso lo más admirable se vacía por dentro. Uno puede tener discurso, inteligencia, fuerza e incluso una cierta generosidad espectacular, y seguir estando hueco.
En ese sentido, el Evangelio desmonta tanto el cinismo como la compraventa afectiva. El amor no es un extra que se añade al contrato cuando todo lo demás está ya asegurado. Es lo que da verdad al vínculo.
No sorprende entonces que Materialistas resulte más lúcida en el diagnóstico que en la salida: sabe leer muy bien el cansancio de un mundo que negocia pareja como quien adquiere estabilidad, pero no encuentra del todo una forma más alta de ordenar ese deseo.
Eso no invalida la película. Al contrario: explica por qué interesa.
Aunque Song aún esté lejos de sus influencias como directora, aunque Dakota Johnson nunca vaya a ser Audrey Hepburn, aunque Pedro Pascal todavía no tenga el carisma de Bogart y aunque Chris Evans quede muy lejos de William Holden, el pacto comercial entre Song y la industria está por encima de la media.
Hay inteligencia en el diseño e incomodidad real bajo el barniz elegante.
Song sabe que el amor es un asunto serio, y sabe también que nuestra época lo ha llenado de terminología financiera, de aspiración social y de miedo al descenso.
Materialistas deja una pregunta que merece quedarse: cuando hemos aprendido a medirlo todo, ¿todavía somos capaces de reconocer el valor de una persona sin ponerle precio?
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