Cuando la cultura empieza a hablar de luz, de Dios, de silencio, de rito, no es casualidad. Es señal de que el alma, incluso cuando no sabe nombrarlo, sigue buscando su hogar.
Fotograma de Los domingos.
Hay épocas en las que la cultura se limita a entretener y otras en las que, sin proponérselo del todo, se convierte en un síntoma. La nuestra pertenece claramente a la segunda.
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En medio de una sociedad saturada de estímulos, agotada por el rendimiento y desconfiada de los grandes relatos, vuelve a emerger —de formas fragmentarias, a veces confusas— una pregunta antigua: ¿hay algo más?
El auge de lo espiritual en la creación contemporánea no es una moda inocua, sino un clamor. Un clamor sin gramática fija, pero reconocible.
El último disco de Rosalía, Lux, transita símbolos de luz, purificación y trascendencia con un lenguaje híbrido: lo sagrado aparece sin dogma, la mística sin iglesia.
En El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas se acerca al cristianismo desde la duda, no para desmontarlo, sino para interrogarlo con honestidad radical: ¿y si Dios fuera precisamente eso que no podemos domesticar?
Y la película Los Domingos dibuja personajes suspendidos en una liturgia del vacío, donde el rito persiste aunque su sentido parezca haberse evaporado.
No estamos ante un retorno a la fe, sino ante el reconocimiento de su ausencia. Lo espiritual reaparece como eco, como nostalgia, como hambre.
La modernidad prometió autonomía y sentido, pero entregó fragmentación y cansancio. El ser humano contemporáneo vive hiperconectado y, sin embargo, radicalmente solo; informado, pero no orientado; libre, pero sin dirección.
En ese desierto, lo espiritual se convierte en lenguaje de resistencia: una forma de decir que la vida no puede reducirse a consumo, algoritmo o productividad.
Desde una perspectiva cristiana, este fenómeno merece menos sospecha y más discernimiento. No todo espíritu es el Espíritu, advierte la Escritura; pero también enseña que el Espíritu sopla donde quiere.
Estas expresiones culturales no anuncian el evangelio, pero preparan el terreno. Son parábolas sin final, preguntas abiertas, altares al “Dios no conocido”.
Revelan una intuición profundamente bíblica: que el ser humano está hecho para la trascendencia y que nada creado logra colmar ese deseo.
Aquí se tiende un puente. No para colonizar culturalmente ni para moralizar la búsqueda ajena, sino para ofrecer —con humildad y claridad— el nombre que falta.
El cristianismo no compite con estas inquietudes: las cumple. Frente a una espiritualidad difusa, el evangelio propone un Dios concreto; frente a la mística del yo, un Dios que se encarna; frente a la luz como símbolo estético, una Luz que entra en la historia y la atraviesa con amor sacrificial.
Cristo no cancela la pregunta espiritual contemporánea: la lleva hasta el final.
¿Por qué ahora? Quizá porque las seguridades se han derrumbado. Porque el progreso ya no salva. Porque la técnica no responde al dolor. Porque la muerte —que creíamos desterrada— ha vuelto a llamar a la puerta.
En ese contexto, la espiritualidad reaparece no como lujo, sino como necesidad. Y ahí la Iglesia tiene una oportunidad decisiva: no la de gritar más fuerte, sino la de escuchar mejor; no la de rebajar el mensaje, sino la de encarnarlo con belleza, verdad y misericordia.
Cuando la cultura empieza a hablar de luz, de Dios, de silencio, de rito, no es casualidad. Es señal de que el alma, incluso cuando no sabe nombrarlo, sigue buscando su hogar.
El evangelio no llega como una respuesta impuesta, sino como una buena noticia largamente esperada. Allí donde el mundo balbucea, la fe puede hablar. Allí donde el arte pregunta, Cristo responde. Y no con una idea, sino con una vida.
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