Una nota característica del dolor de Jessús era que tenía un objetivo concreto que nadie salvo Él puede proporcionar.
Foto: [link]Michael Pointner[/link], Unsplash CC0.
Estamos en tiempos de pasión, recordamos la Semana Santa en la que celebramos los sufrimientos de Jesús, los dolores que tuvo que aguantar y resistir hasta llegar a la muerte y muerte de cruz.
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En estas fechas el sufrimiento y el dolor son temas que atraen la atención de muchos hombres y mujeres creyentes que claman y llaman al dolor para que se pose también sobre sus cuerpos como un tipo de penitencia o para, según ellos, empatizar mejor con el dolor de Jesús en los latigazos, corona de espinas y el ser clavado en la cruz.
Ambas facetas, las de Jesús y la de los penitentes, son dos dolores que martirizan los cuerpos. Es como si los penitentes quisieran participar del dolor de aquel Jesús al que quieren seguir.
Por eso se pueden dar latigazos, arrastrarse con las rodillas por el suelo o darse al llanto.
Una pregunta: ¿Veis diferencias entre ambos tipos de dolores, el del Maestro y el de los penitentes?
Yo creo que una nota característica del dolor de Jessús era que tenía un objetivo concreto que nadie salvo Él puede proporcionar: Era un dolor o sufrimiento salvífico. Jesús sufrió en nuestro lugar para salvarnos. Dolor por amor redentor.
El humano que se autocastiga y flagela con penitencias, cilicios y escenas de dolor que atraen incluso a los curiosos y turistas como si fuera una parte del folklore español, ya no tiene ese objetivo. Creo que no es necesario.
¿Por qué esta afirmación de que ese dolor penitente ya no es necesario? Pues creo que es porque Jesús sufrió para llevar sobre su cuerpo el dolor y el sufrimiento que deberíamos de llevar nosotros.
Estaba pagando en nuestro lugar. Era una aceptación de un dolor redentor del hombre.
Lógicamente, ese sentido de sufrir en nuestro lugar, en lugar del otro, no se puede aplicar al dolor de los penitentes que se autocastigan. Hay una gran diferencia.
El dolor de Jesús era necesario para pagar una deuda en nuestro lugar y deja sinsentido al dolor que se sufre ante algo que ya está consumado, pagado, realizado, hecho.
Los dolores de Jesús fueron liberadores del hombre. Éste, el hombre, tiene que estar agradecido, dar gloria a Dios por padecer en nuestro lugar, alabar al Siervo Sufriente ya anunciado en las profecías, dedicarse al servicio y al amor al prójimo en semejanza con el amor que debe a su Dios redentor que llevó sobre su cuerpo nuestros dolores, pero no se ve que Jesús nos pidiera o deseara este martirio de nuestros cuerpos en una imitación innecesario del que ya pagó con su dolor todo nuestra culpa por la que deberíamos sufrir dolores sin fin.
Todo está pagado. Todo está consumado. No es necesario el martirio, el cilicio ni las rodillas sangrantes.
Yo creo que podemos empatizar con el dolor del Maestro que llevó sobre su cuerpo nuestros dolores siendo las manos y los pies de Jesús en medio de un mundo de dolor, intentando eliminar o, en su caso, suavizar el dolor del mundo, el sufrimiento de tantos y tantos oprimidos, empobrecidos y apaleados de alguna manera por el hambre, el abuso de los migrantes de la tierra, los afectados por el racismo o soberanismo, tantos y tantos niños y jóvenes que en el mundo carecen de capacitación para desenvolverse en la vida profesional, los que son analfabetos, los que no tienen las medicinas necesarias y todos aquellos que están excluidos de los bienes del planeta tierra que pertenecen a todos los humanos.
La mejor forma de participar y empatizar con el dolor salvífico de Jesús sería el servicio, el compartir el pan y la palabra, el compartir la vida con los que sufren, el ser solidarios con el sufrimiento del otro y empatizar con él hasta el punto de llegar a la acción solidaria. Compartir nuestra vida con el que nos necesita.
Quizás ésta sea una forma de participar del servicio liberador a través del otro como agentes de liberación del Reino aunque a nosotros también nos cueste sacrificio o, en su caso, un dolor por empatía con el prójimo oprimido.
Sería una forma bonita, cristiana y útil para hacer una buena celebración de la Semana Santa en recuerdo de la pasión y el dolor del Señor.
La exaltación o, en su caso, la glorificación del dolor físico sin ningún otro objetivo de solidaridad humana por amor a Dios y al prójimo que nos necesita, no tiene ningún sentido. No merece la pena.
Es sufrimiento en vano, inocuo que, realmente, no sirve para nada. No nos martiricemos físicamente, no nos demos de latigazos o golpes, no estropeemos nuestra rodillas o espaldas, no nos hagamos ningún tipo de herida. Todo eso lo pagó Jesús por nosotros, en nuestro lugar.
Nosotros debemos responder a este dolor redentor del Maestro con una fe que esté actuando a través del amor a favor del prójimo como también nos ha enseñado el apóstol Pablo cuando nos dijo que lo importante es la fe que actúa u obra por el amor.
También recordad esto que nos enseñó Jesús: Por encima de todo ritual de cualquier tipo que sea siempre estarán como importante la justicia, la misericordia y la fe. Las demás flagelaciones ya las sufrió Jesús en nuestro lugar. No te hieras ni flageles aunque sean tiempos de pasión.
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