Es mucho más que una excentricidad. Representa una crisis de identidad y una dramatización cultural del vacío contemporáneo.
El fenómeno therian: personas que se sienten animales. Foto: Euronews
El fenómeno de los therians no constituye el cumplimiento de ninguna profecía bíblica literal y específica, como algunos han sugerido. Más bien, es un síntoma cargado de significado que revela un estado de descomposición moral.
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Se trata de una moda o tendencia en la que, de forma pueril, personas con conflictos de identidad y pertenencia optan por identificarse con animales, tanto en su comportamiento como mediante disfraces que imitan su apariencia física.
Nos hallamos ante una crisis de identidad del ser que se manifiesta en una sociedad marcada por el vacío. Es una tendencia de la época que levanta sus ondas de confusión y desconcierto como una forma de desconocer, a veces de manera explícita y provocadora, de lo que Dios ha hecho y del modo que lo ha hecho.
Esta corriente arrastra a una generación desorientada, sin rumbo, que ha extraviado gran parte del sentido y significado de su existencia.
Se trata, en el fondo, de una traumática ruptura, de un problema moral y existencial: una manifestación de inconformidad, de vacío interior y de dificultad para la aceptación de sí mismo.
También expresa insubordinación e ironía frente a lo dado. Pero, al mismo tiempo, evidencia una degradación cultural, una progresiva vulgarización y una inclinación hacia lo ridículo que caracteriza a ciertos sectores de la vida actual.
Algo de esta sensibilidad la percibí en la obra del poeta norteamericano Walt Whitman (1819-1892) (1), particularmente en su antológica colección Hojas de hierba. En uno de sus poemas más citados, escribe con la finura creativa que lo caracteriza:
Creo que podría volver y vivir con los animales, son tan plácidos y autónomos.
Me detengo y los observo largamente.
Ellos no se impacientan ni se lamentan de su situación.
No lloran sus pecados en la oscuridad del cuarto.
No me fastidian con sus discusiones sobre sus deberes hacia Dios.
Ninguno está descontento. Ninguno padece la manía de poseer objetos.
Ninguno se arrodilla ante otro ni ante los antepasados que vivieron hace milenios.
Ninguno es respetable o desdichado en toda la faz de la tierra.
Así me muestran su relación conmigo y yo la acepto.
Más allá de la intención poética de Whitman, estos versos reflejan una tensión profundamente moderna: la tentación de idealizar lo animal como vía de escape frente a la complejidad moral y espiritual del ser humano.
En ellos se insinúa un cansancio, una huida ante la responsabilidad ética, la conciencia y la relación con Dios.
La rebeldía contemporánea, sin embargo, ya no posee la elegancia estética del romanticismo literario. Es la de una generación fatigada de pensar, que se desliza por las cunetas más vulgares del relativismo y pretende vivir sin referentes éticos ni trascendentes. La verdad de Dios, su creación y su ley moral no resultan indiferentes: incomodan y abruman.
El fenómeno therian es, por tanto, mucho más que una excentricidad. Representa una crisis de identidad y una dramatización cultural del vacío contemporáneo. Es una forma de deshumanización que, al renunciar simbólicamente a la propia condición humana, erosiona el fundamento mismo de la dignidad personal.
La fe cristiana afirma, en cambio, algo radicalmente distinto: la dignidad humana es tan grande que Dios mismo se hizo hombre. En la encarnación de Jesucristo se confirma que la humanidad no es un accidente biológico ni una categoría intercambiable, sino el ámbito escogido por Dios para revelarse y redimir.
La condición humana conlleva inevitablemente una reflexión ética. Nadie puede eludir, de una u otra manera, las preguntas fundamentales: ¿quién soy y para qué estoy aquí? ¿Quién me ha puesto en este universo que me sobrepasa? Estas cuestiones no son meros ejercicios intelectuales, sino huellas inscritas en la conciencia.
Existe un orden superior y una ley moral que trasciende lo material y lo visible. Esa estructura moral inscrita en la creación y confirmada por la revelación es la que otorga al ser humano su verdadera identidad. Renunciar a ella no libera: desorienta. No engrandece: fragmenta. No humaniza: desfigura.
Así como releo ocasionalmente a Whitman, vuelvo con frecuencia al ensayo “Antropología de la elegancia” de Blanca Castilla Cortázar (2), una brillante reflexión filosófica y teológica sobre la persona humana. La autora sostiene que la verdadera elegancia no depende de la apariencia ni del estatus social, sino de la dignidad interior con que la persona se presenta ante los demás.
Castilla relaciona la elegancia con la belleza, pero lo hace desde una base antropológica. Para ella, la clave está en el pudor, entendido como la protección de la intimidad personal. El pudor muestra que el ser humano es persona y no objeto: es un ser con dignidad, creado a imagen y semejanza de Dios. A diferencia de los animales, que actúan por instinto, el ser humano siente pudor porque tiene vida interior y conciencia de su propia intimidad.
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Su ensayo constituye además una crítica a la cultura contemporánea de la exhibición y la sexualización, proponiendo recuperar una visión en la que el cuerpo exprese a la persona y la elegancia sea una forma visible de dignidad.
En síntesis, la auténtica elegancia nace de la conciencia de ser persona, creada para amar y ser amada, y de la armonía entre lo exterior y la verdad interior del ser.
Notas bibliográficas:
1- Witman, W. (1855/2007). Leaves of Grass. Oxford University Press.
2- Castilla de Cortázar, B. (2004). Persona femenina, persona masculina. Rialp
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