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La soledad del taxista

Se cumplen 50 años del estreno de ‘Taxi Driver’, una epopeya urbana sobre el pecado y el mal, que retrata a personajes moralmente desorientados en un infierno de neón, que luchan contra sí mismos para superar sus miserias y alcanzar la paz.

MARTES AUTOR 97/Jose_de_Segovia 27 DE ENERO DE 2026 10:30 h
Hace ahora medio siglo que se estrenó la película Taxi Driver (1976).

Hace ahora medio siglo que se estrenó la película Taxi Driver (1976). La obra del director Martin Scorsese con el guionista Paul Schrader une a dos cineastas norteamericanos que cambiaron la teología por el cine, haciendo una obra de culto para los inadaptados del mundo entero.



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 El profesor de la Universidad de Maryland, Robert Kolker, escribió un libro para la Universidad de Oxford, que describe las películas de los años 70 como “Un cine de soledad” (A Cinema of Loneliness). No encontró mejor título para reflejar la soledad del hombre contemporáneo que “Taxi Driver”. El cartel original nos muestra a Robert DeNiro andando por las calles de Nueva York, entre los carteles de los desaparecidos cines porno, que llenaban el centro de la ciudad hasta la llegada del vídeo.



Se han hecho muchas lecturas de la película desde su estreno en 1976. Algunos la consideran fascista y violenta, entendiendo que tiene un mensaje profundamente reaccionario. Otros la ven como un reflejo del espíritu convulso de la Norteamérica de los años 70, que nos proporciona un insólito retrato de la pesadilla que surge al declinar el sueño hippie. Lo cierto es que la película no proporciona respuestas, sino que nos plantea interrogantes.



Su autor, Paul Schrader cree que “la soledad y la paranoia de Travis”, el personaje del taxista que protagoniza Robert DeNiro, “no tienen un origen social”, sino que “son puramente existenciales”. Esta obra conmovedora nos enfrenta de hecho a la crisis de fe del católico Scorsese y el protestante Schrader, que abandonan sus estudios de teología, para dedicarse al cine.





[photo_footer]Esta obra conmovedora nos enfrenta a la crisis de fe del católico Scorsese y el protestante Schrader, que abandonan sus estudios de teología, para dedicarse al cine.[/photo_footer]



 



De la teología al cine



Mucha literatura se ha vertido sobre el fallido intento del católico de origen italiano, Martin Scorsese (1943), de tomar los hábitos en el Seminario de la Catedral del  Upper West Side neoyorquino. Parece que en realidad se limitó a seguir un curso de preparación algunos meses, hasta que fue expulsado del Seminario. Respecto al protestante Paul Schrader (1946), viene ciertamente de una estricta familia reformada ortodoxa de origen holandés, que no le permite ver ninguna película hasta los 17 años, pero sus estudios de teología no son también nada más que un curso introductorio en la Universidad Calvino de Grand Rapids (Michigan, EE.UU.), ya que él no estaba en el Seminario de la Universidad. La obra de ambos es, sin embargo, incomprensible sin entender su trasfondo cristiano.    



“Aquello que hace que mis colaboraciones con Scorsese sean tan interesantes –dice Schrader, que ha trabajado con el director italo-norteamericano en otras películas como “Toro Salvaje” o “La última tentación de Cristo”– es el hecho de que esencialmente tenemos la misma formación moral, aunque mi origen sea rural y protestante, el suyo urbano y católico, el mío del norte de Europa y el suyo del sur”. Los dos son vistos por muchos como “víctimas de una moral propia de las sociedades cristianas más cerradas”, enfrentados a una dialéctica con el pecado, que se convierte en una falta o afrenta a expiar, hasta el punto de intentar purgarla con el castigo físico.



El término más usado para describir la obra de Scorsese y Schrader es su búsqueda de redención. Sus personajes torturados y obsesivos nos muestran la condición del hombre contemporáneo, atrapado en sus contradicciones. Son figuras como Travis, inmersas en el infierno de la ciudad, pugnando constantemente por liberarse de sus pecados, en una catarsis de violencia y horror.



La preocupación espiritual de Schrader le lleva a hacer una tesis doctoral, mientras estudia en la Universidad de California, sobre lo trascendental en el cine del budista zen  japonés Ozu, el católico jansenista francés Bresson y el luterano danés Dreyer. El libro, que está publicado en España como “El estilo trascendental en el cine”, está dedicado al profesor evangélico Nicholas Wolterstorff, que le enseñó filosofía en Calvin, manteniendo luego relación con él. Al encontrarse solo en Nueva York, Schrader entra en una profunda crisis, que le lleva a escribir Taxi Driver, al abandonar el hospital, donde es tratado por una úlcera.





[photo_footer]“En la época en que escribí el guion –dice Schrader– era un enamorado de las armas de tendencias suicidas, bebía mucho y estaba obsesionado por la pornografía, como sólo un solitario puede estarlo”.[/photo_footer]





Soledad y alienación



El taxista que interpreta Robert DeNiro se nos introduce con la maravillosa música del maestro de Hitchcok, Bernard Herrmann, como un veterano de Vietnam, que sufre de insomnio. En la soledad de su desvencijado y solitario apartamento, escribe: “Gracias, Señor, por esta lluvia que ha limpiado las calles y las aceras”. Pero su esperanza es que “algún día caerá una lluvia de verdad que limpiará toda esta basura de las calles”, mientras limpia en el garaje el asiento trasero de su taxi de semen y sangre. Por las mañanas se dedica a vagar por la ciudad y frecuentar los cines porno, mientras se obsesiona con las armas.



“En la época en que escribí el guion”, dice Schrader, “era un enamorado de las armas, un tipo de tendencias bastante suicidas bebía mucho y estaba obsesionado por la pornografía, como sólo un solitario puede estarlo”. Para el autor, “todos esos elementos aparecen en la película”.  El cineasta recuerda que “el libro que leía y releía hasta la extenuación, mientras escribía el guión era “La náusea” de Sartre”. Por lo que “si hay que buscar un modelo para Taxi Driver, ahí está”.



Tras perseguir a una hermosa rubia (Cybill Shepherd), que trabaja en la campaña electoral de un senador, la vida de Travis se convierte en un verdadero infierno. Ella no quiere verle, desde que la llevó a un cine porno. Se obsesiona entonces con salvar a una joven prostituta, casi una niña (Jodie Foster), que se deja explotar por un chulo (que interpreta Harvey Keitel). En su soledad paranoica, el personaje de Robert DeNiro entra en una espiral de violencia, que le lleva a una verdadera orgía de sangre.   





[photo_footer]Tras perseguir a una hermosa rubia (Cybill Shepherd), que trabaja en la campaña electoral de un senador, la vida de Travis se convierte en un verdadero infierno.[/photo_footer]



 



En busca de redención



Travis transita entre el pecado y la culpa, en busca de redención. “Supongo que cualquier persona que haya tenido una educación profundamente cristiana, como yo”, dice Schrader, “estará interesado en la culpa, la redención, y la salvación”. La pregunta para él sigue siendo la misma de la Biblia: “¿cómo conseguimos expiar nuestras culpas?”. Él se educó en las Escrituras que enseñan “que sangre ha de ser derramada, sea la nuestra o la de quien nos represente, como Jesucristo”. No hay otra forma para él, de “expiar los pecados”. Así que “no importa lo antigua que sea, la cuestión del pecado, la redención y la gracia siempre será fundamental para mí”.





[photo_footer]En su soledad paranoica, el personaje de Robert DeNiro entra en una espiral de violencia, que le lleva a una verdadera orgía de sangre.[/photo_footer]



“Taxi Driver”, como “Hardcore” o “Posibilidad de escape”, son epopeyas urbanas sobre el pecado y el mal, que contrastan con el ansía de pureza que siente Travis. Lo que queda es un poso de desolación existencial tan desesperada como el personaje de Harvey Keitel en la película de Scorsese “Malas calles” o el de Richard Gere en el “American Gigolo” de Schrader. Son personajes moralmente desorientados en un infierno de neón, que luchan contra sí mismos, para superar sus miserias y alcanzar la paz.



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La única victoria sobre el pecado viene sin embargo por la Gracia de Dios. Ya que en Cristo “tenemos redención por su sangre y el perdón de pecados, según las riquezas de su Gracia” (Efesios 1:7). La cruz es el triunfo de la Gracia, que nos libra de esa soledad terrible, para reconciliarnos con un Dios, que “en amor nos adopta como hijos suyos por medio de Jesucristo” (v. 5). Lejos de Él, sólo hay desolación.



 



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