La responsabilidad exige de cada ciudadano su contribución al bien común con aquello a lo cual ha sido dotado y llamado, comenzando desde el mayor hasta el menor.
Cada vez más se habla y se lucha por más derechos o supuestos “derechos”; pero cada vez se oye menos hablar y defender los deberes y las responsabilidades que tenemos como individuos, miembros de la sociedad a la cual pertenecemos, a todos los efectos.
[ads_google]div-gpt-ad-1623832500134-0[/ads_google]
Esto es una realidad que cada más se deja sentir en el seno familiar, en las esferas educativas, y en la sociedad en general.
Esto nos hace pensar que cuando los derechos van mucho más por delante de los deberes y las responsabilidades, se va creando una sociedad egoísta, ingrata, orgullosa y soberbia (Ver 2ªTi.3.1-9).
De esa manera la sociedad no tiene futuro excepto la pobreza, el conflicto, la confrontación y… la ruina ética y moral.
La responsabilidad exige de cada ciudadano su contribución al bien común con aquello a lo cual ha sido dotado y llamado, comenzando desde el mayor (gobernantes, políticos, educadores, padres, etc.) hasta el menor; y ninguno debería estar exento tanto del conocimiento como del cumplimiento de sus responsabilidades.
Es evidente que cuando hablamos de este tema, no podemos evitar que los que tenemos cierta edad recordemos lo que eran “otros tiempos”; pero ¡ojo! sin que afirmemos con eso que todo en el pasado fue mejor que lo que vivimos hoy día. ¡No!
Pero algunas cosas sí que eran mejor. Y no solo es bueno recordarlas sino afirmarlas y defenderlas. Por ejemplo, cientos y cientos de miles de adolescentes que no dábamos en el terreno de los estudios, comenzábamos a trabajar al cumplir los 13 ó 14 años: “¡Si no sirves para estudiar, a trabajar! ¡No se puede perder el tiempo!”
Eso decían nuestros mayores impulsados siempre por el deseo de que sus hijos tuvieran una vida mejor que la que habían tenido ellos y fueran “hombres y mujeres de provecho”.
Cierto que muchos que tenían posibilidades económicas estudiaban (o hacían como que estudiaban) repitiendo varias veces de curso, con tal de sacar el título. Pero la gran mayoría no podían permitirse ese lujo.
[ads_google]div-gpt-ad-1623832402041-0[/ads_google]
Así que, mientras unos estudiaban, otros trabajábamos y cada cual se iba formando en aquello en lo que se ocupaba. Los que trabajábamos en algún oficio estábamos 8, 9 y hasta 10 horas de trabajo diario, mientras otros lo ocupaban en estudiar; eso sí, no menos horas que los otros.
Pero una verdad que no se puede ignorar es que en todos se iba creando una conciencia de responsabilidad; y si los maestros y los jefes eran buenos, lo que se aprendía se aprendía bien, de forma duradera y rendía los buenos beneficios que trae todo ejercicio diario y constante que requiere el aprendizaje de cualquier profesión o disciplina del saber humano.
¡Claro, es cierto que en aquella época también se cometían errores en todo el proceso mencionado! Eso, además del perverso sistema asumido por una mayoría y cuyo lema era: “La letra con sangre entra”.
Pero aparte de lo mencionado, los beneficios eran mayores. Al final era lo que dice la Sagrada Escritura: “Ninguna disciplina es al presente causa de gozo, sino de tristeza; pero luego da buenos frutos apacibles de justicia a los que se han ejercitado en ella” (Hc.12.11).
Cierto es que en la disciplina diaria no había apenas gozo. Excepto que el oficio (en mi caso el de la joyería) te gustara tanto que encontraras en el mismo la vía de escape a la rutina de la disciplina diaria.
Pero para los adolescentes que comenzamos a trabajar a los 13-14 años, muchas veces experimentábamos la insufrible rutina del trabajo diario de 8 horas, y algunos, dos horas más en la Escuela de Artes y Oficios de nuestra ciudad. ¡Y no digo de otras criaturas de la misma edad -¡y aun menores!- que trabajaban en el campo!
Ahora las cosas han cambiado y cuando vivimos en un tiempo con más libertad y más derechos, no encontramos que las responsabilidades estén a la par, ni que los resultados sean mejores.
Porque ¿Qué resultados pueden darse en un sistema educativo en el cual se puede pasar de curso con varios suspensos? ¿Qué se puede esperar de niños y niñas que por falta de disciplina (enseñanza, instrucción, guía, normas, límites, etc.) le faltan el respeto a los mayores: Padres, maestros y autoridades de todo tipo?
¿Realmente, saldrán preparados para desempeñarse en cargos de responsabilidad en la Administración Pública o en cualquier otra empresa? ¿Dónde queda esa conciencia de responsabilidad que acompañó durante décadas a sus padres y abuelos?
Y por otra parte, hoy día nos enfrentamos con nuevos desafíos que solo de haberlos pensado hace poco más de 30 años, nos hubiéramos reído a carcajadas.
Porque ¿Qué conciencia de responsabilidad se pretende crear en niños y niñas a los cuales se les quiere “enseñar” que “tienen derecho a ser” lo que ellos quieran desde el punto de vista de su identidad sexual, al margen del derecho de sus padres y de cualquier otra consideración? ¿Qué tipo de sociedad se quiere construir?
Al final, veremos que hay ciertos patrones que se repiten de tiempo en tiempo; y la responsabilidad de los resultados y las consecuencias la tienen, tanto los padres como los gobernantes. Como muy bien dicen las Escrituras a través de alguien que tuvo la oportunidad de constatar lo que aquí decimos:
“Hay generación que maldice a su padre y a su madre no bendice. Hay generación limpia en su propia opinión, si bien no se ha limpiado de su inmundicia. Hay generación cuyo mirar es altivo y sus ojos están levantados en alto. Hay generación cuyos dientes son espadas y sus muelas cuchillos…” (Prov.30.11-14).
Así, de forma poética el autor del libro de Proverbios, describe lo que es el carácter de toda una generación señalando cuatro aspectos de ese mismo carácter:
1.- La ingratitud, que se expresa con desprecio hacia sus progenitores por parte de sus hijos e hijas: “que maldicen a su padre y a su madre no bendicen”.
Ellos viven con la idea de que todo cuanto tienen se lo merecen y que no son deudores de nadie. Así que piden y piden, porque creen que tienen “derecho” a todo.
Y si no lo tienen lo que quieren y de inmediato, cargan contra sus mayores y les amargan la vida a todos cuanto tienen a su alrededor. La ingratitud ha dado paso al egoísmo.
Su corazón es un “saco sin fondo” que por mucho que tengan, siempre quieren más. Eso sí, sin sentirse responsables por nada ni pagar un precio por ello.
2.- La corrupción: “Si bien no se ha limpiado de su inmundicia”. Aunque ellos tienen una muy buena opinión de sí mismos.
La corrupción tiene que ver con una forma de pensar y comportamiento que rompe con todas las normas éticas y morales, que hace imposible las relaciones con el prójimo, dado que dichos comportamientos hacen saltar por los aires toda responsabilidad para con los mayores y toda fidelidad y confianza, necesarias en toda relación humana. Imposible que una sociedad permanezca sobre la base de la corrupción.
3.- La arrogancia. Esta se expresa a través de estas palabras: “cuyo mirar es altivo y sus ojos están levantados en alto”. Los individuos de esa “generación” se consideran superiores, por encima de todo y de todos los demás; o como diríamos hoy día: “Mirando por encima del hombro a los demás”. Imposible dar un consejo.
Ellos saben más que nadie y no estarían dispuestos a considerar la posibilidad de estar equivocados; y mucho menos, a rectificar, dado que “El camino del necio es derecho en su opinión…” (Prov. 12.15).
Por tanto: “El necio menosprecia el consejo de su padre…” (Prov.15.5). En realidad menosprecia el consejo de cualquiera que se atreva a dárselo.
4.- El uso destructivo de la palabra. El autor de Proverbios lo expresó con unas palabras muy gráficas: “Sus dientes son espadas y sus muelas cuchillos”.
Evidentemente, cuando el corazón está lleno de ingratitud y menosprecio hacia sus mayores, por sus bocas no pueden salir palabras amables, de bondad, de afecto y de cariño.
Y si esto es así para con sus padres, ¡No lo será menos para con los demás, con los cuales se relacionan! Da igual si son vecinos, conocidos, “amigos” o si están en autoridad o no.
Como siempre señala el texto bíblico el bien y el mal que suele propagarse al resto de la sociedad comienza en la familia y los padres tienen una gran responsabilidad en ello, porque al final ellos mismos se alegrarán o sufrirán las consecuencias de lo que transmitieron a sus hijos a través de su ejemplo y enseñanzas. (Gén.18.9-20; Dt.6.5-8; Ef.6.1-3).
Los resultados de lo que se siembra serán acordes con la semilla que se ha plantado. El texto bíblico y la experiencia así lo asegura: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere mayor, no se apartará de él” (Prov.22.6).
Claro que siempre habrá excepciones y es posible que por causas ajenas a su voluntad -o por llevar a cabo una educación deficiente- muchos padres obtengan unos resultados no deseados, a pesar de haberlo hecho lo mejor que han sabido y podido. Pero en la gran mayoría de los casos, los resultados son acordes con el buen trabajo realizado.
Pero si hay algo que aprendemos de las Sagradas Escrituras, es que los derechos van a la par con las responsabilidades.
Si a los hijos les reconocemos solo “derechos” y apenas responsabilidades, con el tiempo aprenderán a pedir y buscar conseguir todo lo que quieran, pero nada que implique trabajo, disciplina y sacrificio.
Pero si desde pequeño se les va enseñando a cumplir con unos deberes, propios para la edad, esas pequeñas tareas irán modelando su carácter y creando una conciencia de responsabilidad que nunca dejará de lado.
Lo contrario se puede apreciar en una persona cuando es contratado para un trabajo, porque aprovecha cualquier descuido del jefe para no hacer lo que debe, siempre tienen que señalarle lo que tiene que hacer, aunque lo sabe; y cuando han pasado algunos días, se da de baja aludiendo una supuesta “enfermedad” y con su comportamiento amarga la vida de cualquier jefe de una empresa pequeña que trata de salir adelante.
Eso por no hablar de otros aspectos en la relación del irresponsable con la dirección de la empresa. Pero eso sí, ese mismo trabajador querrá ganar un buen sueldo, porque piensa: “Yo me lo merezco”.
Pero esa falta de responsabilidad también podría darse en los jefes de empresa, los cuales no tienen conciencia de sus deberes para con sus trabajadores.
El mal de la irresponsabilidad no es atribuible solo a un colectivo. El texto bíblico mencionado más arriba señala a una “generación”. Y una generación alberga dentro de sí varios colectivos.
Por otra parte, el estudiante tiene sus derechos, pero no debe obviar que también tiene responsabilidades que cumplir; y no es justo que alguien que no se ha esforzado, pagando el precio del estudio constante y sacrificado sea “premiado” con un aprobado o un notable, cuando tanto los resultados por su falta de disciplina y entrega en los estudios han dejado mucho que desear.
No se trata de eso que ahora llaman con cierto desprecio, “meritocracia”. Se trata de –otra vez- lo que dicen las Escrituras acerca del que es justo y diligente en contraste con el necio y el perezoso.
El primero prosperará en todo (como principio general) mientras que los segundos, “vendrán a ser deudores” y “a padecer necesidad” (Prov.10.1-5; 12.24; 20.4).
Pero, como decía al principio, el que por las razones que fueren no puede dedicarse a estudiar, siempre podrá tener la opción de trabajar en aquello para lo cual puede ser más apto; y en el trabajo o profesión elegida nada impide que pueda alcanzar niveles de profesionalidad bien reconocida. (Aunque el tema del trabajo, necesita ser tratado aparte).
Después de lo dicho más arriba nos vienen a la mente muchas preguntas. Porque, los que conocemos algo las Escrituras, sabemos cuáles son nuestros “derechos”, pero también sabemos de nuestras responsabilidades.
Ambos nos vienen de Dios mismo y se relacionan, en primer lugar, con Dios; luego, con los hombres. Eso nos hace estar alertas contra todo intento de soslayar, cambiar, transformar y robar aquel conocimiento que recibimos a través de la Palabra de Dios.
Sea el concepto sobre la identidad personal, el matrimonio, la familia, el concepto de la vida y del trabajo, etc., todo lo cual ha sido y está siendo atacado, transformado e implementado por todos los medios al alcance de los que gobiernan y que son más poderosos que los gobernados ¡incluidas las democracias!
Ellos conocen muy bien la forma de influir en las masas e ir llenando las mentes de las gentes, a fin de conformarlas a sus propias ideologías que, en contraste con la Revelación divina, no es que no sean buenas, es que son perversas.
Y ante esa realidad, somos responsables ante Dios, de nosotros mismos, de nuestras familias y de nuestras iglesias.
De ahí la importancia de conocer y valorar el mensaje divino que hemos recibido a través de las Escrituras.
Por lo que los que hemos creído en el Evangelio deberíamos tener otra forma de pensar que la de aquellos que, sin tener nada que ver con el Evangelio, han llegado a conclusiones totalmente opuestas.
Porque, si no cumplimos con nuestras responsabilidades para con Dios, tampoco deberíamos reclamar derecho alguno de asistencia divina.
Pensando en todo esto, una vez más hemos de recordar aquellas palabras del Apóstol Pablo sobre el renunciar a la forma de pensar de este mundo -en tantas cosas- y la necesidad de ser transformados y renovados de forma continua:
“No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro.12.1-3).
Esa realidad señalada por el Apóstol Pablo, una parte corresponde a nosotros y otra a la aportación divina, no es tan fácil como parece; sobre todo cuando vivimos en un contexto social y político tan complejo; y aun cuando desde el mismo liderazgo que también se llama “cristiano” se postulan a favor de cosas que a muchos de nosotros nos parecen ajenas al consejo divino. Por esa razón, como solemos decir al final de cada exposición: ¡Que el Señor nos ayude!
La conmemoración de la Reforma, las tensiones en torno a la interpretación bíblica de la sexualidad o el crecimiento de las iglesias en Asia o África son algunos de los temas de la década que analizamos.
Estudiamos el fenómeno de la luz partiendo de varios detalles del milagro de la vista en Marcos 8:24, en el que Jesús nos ayuda a comprender nuestra necesidad de ver la realidad claramente.
Causas del triunfo de Boris Johnson y del Brexit; y sus consecuencias para la Unión Europea y la agenda globalista. Una entrevista a César Vidal.
Analizamos las noticias más relevantes de la semana.
Algunas imágenes del primer congreso protestante sobre ministerios con la infancia y la familia, celebrado en Madrid.
Algunas fotos de la entrega del Premio Jorge Borrow 2019 y de este encuentro de referencia, celebrado el sábado en la Facultad de Filología y en el Ayuntamiento de Salamanca. Fotos de MGala.
Instantáneas del fin de semana de la Alianza Evangélica Española en Murcia, donde se desarrolló el programa con el lema ‘El poder transformador de lo pequeño’.
José era alguien de una gran lealtad, la cual demostró con su actitud y acciones.
Celebración de Navidad evangélica, desde la Iglesia Evangélica Bautista Buen Pastor, en Madrid.
Madrid acoge el min19, donde ministerios evangélicos de toda España conversan sobre los desafíos de la infancia en el mundo actual.
Las opiniones vertidas por nuestros colaboradores se realizan a nivel personal, pudiendo coincidir o no con la postura de la dirección de Protestante Digital.
Si quieres comentar o