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“¡Al paso, marchen!”: La quimera del colectivismo

Incluso en democracias modernas, el colectivismo se escabulle a través de leyes y políticas que buscan uniformizar nuestras vidas, olvidando que cada uno de nosotros es una obra de arte distinta e individual.

TEOLOGíA AUTOR 875/Jose_Hutter 19 DE FEBRERO DE 2025 10:30 h
Un cartel en la URSS en 1931 promocionando los planes quinquenales./[link] Branson DeCou[/link], Wikipedia, dominio público

“De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades.” Este lema se utilizó, en diversas formas, por varios autores. Entre ellos se encuentra Carlos Marx.[1] La frase sirve para describir una sociedad igualitaria, donde cada uno no es más que un engranaje en una vasta maquinaria social, pero con sus necesidades básicas cubiertas. Suena casi romántico: todos trabajando juntos para un bien común. Cada uno contribuye lo que puede y recibe lo que necesita. Lamentablemente, esto nunca ha funcionado.



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Porque, ¿qué pasa cuando uno se da cuenta de que ese engranaje es uno mismo, y el precio por pagar es nuestra propia libertad?



Hablamos de una de las ideologías más oscuras del mundo que se esconde detrás de media docena de “-ismos” de los cuales una parte se les tilda de derechas y otra parte de izquierdas. Se trata del colectivismo, una ideología que promete un paraíso de igualdad y bienestar, pero que siempre ha fracasado en todas sus formas y que a nivel individual suele terminar como una cárcel para el alma y muchas veces también para el cuerpo. Infelizmente, en círculos evangélicos poco se escribe y, por ende, mucho menos se lee sobre el tema. Peor todavía: el colectivismo sigue teniendo sus fieles seguidores en el campo evangélico, donde aún queda gente que cree en la moribunda teología de liberación que sigue enarbolando estas ideas.



 



¿Qué exactamente es el colectivismo?



Se trata de una filosofía donde los intereses de del Estado se ponen por encima de los del individuo. En sus diversas manifestaciones —como son el comunismo, el socialismo y el fascismo—, el Estado controla cada aspecto de la vida. Pero incluso en democracias modernas, el colectivismo se escabulle a través de leyes y políticas que buscan uniformizar nuestras vidas, olvidando que cada uno de nosotros es una obra de arte distinta e individual. Demasiado tarde, muchos se dan cuenta de que lo que supuestamente es de todos (o del pueblo) en realidad no es de nadie, salvo de aquellos que ostentan el poder y dictan las reglas de juego.



 



Un viaje por el gabinete de horrores de la historia



La historia está manchada con la sangre y el dolor causado por el colectivismo. La pauta la marcó la Revolución Francesa, donde bajo el grito de “libertad, igualdad, fraternidad”, se cometieron actos horribles que acabaron en muchos casos en la guillotina, artilugio inventado por esa revolución para mecanizar la eliminación de oponentes y para facilitar el silencio de los que no pensaron de la misma manera. Hasta el día de hoy, aquella revolución es un ejemplo de cómo el colectivismo puede derivar en opresión.



En la Unión Soviética, Stalin forzó a los granjeros a trabajar en granjas colectivas, lo que llevó a una hambruna que mató a millones. La Revolución Cultural de Mao en China trató de erradicar cualquier rastro de individualidad, causando persecuciones, destrucción cultural y un sufrimiento inimaginable. En Camboya, bajo Pol Pot, se intentó crear una utopía rural colectivista, pero el resultado fue un genocidio que acabó con un cuarto de la población. Lo mismo ocurrió en todos y cada uno de los estados que pusieron en su bandera la ideología socialista. Y la lista es larga.



Pero en las ideologías que se tildan de extrema derecha tenemos el mismo fenómeno, porque en el fondo se nutren de los mismos principios.



En Italia, bajo Mussolini, el Estado se convirtió en un dios nacionalcatólico, aplastando cualquier forma de individualidad. También en la Alemania nazi, nos encontramos ante un estado colectivista. Muchos desconocen que “nazi” es una palabra artificial que oculta lo que era el nombre oficial del partido de Hitler: “Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán”, con sus siglas NSDAP en el idioma germano.



 



El franquismo en España: otro ejemplo de colectivismo de derechas



En España, el régimen de Franco dio su propia versión del colectivismo. Aquí, la unidad nacional, la religión católica y el liderazgo autoritario eran los pilares fundamentales. La censura era la norma, la cultura se uniformizaba bajo la visión del régimen, y cualquier disidencia se aplastaba. La educación servía para inculcar patriotismo y valores católicos, suprimiendo otras formas de pensamiento. El franquismo, aunque diferente en su enfoque, compartía con otros sistemas colectivistas el objetivo de subyugar la individualidad a los intereses del Estado, creando una “España una, grande y libre” donde todos debían pensar y actuar de la misma manera.



 



El colectivismo contra Dios



La Biblia nos enseña que cada uno de nosotros es una obra maestra creada a imagen de Dios (Génesis 1:27). Sin embargo, el colectivismo quiere que todos seamos iguales en el molde de la razón de Estado de turno, no en la imagen de Dios. Quiere que pensemos igual, actuemos igual, y hasta soñemos igual, lo que va en contra de la diversidad que Dios ama. Dios nos ha creado como individuos, con un ADN distinto, e incluso en la iglesia hay todo menos uniformidad. 1 Corintios 12:4-6 habla de diversidad de dones y ministerios, enseñándonos que cada uno tiene un papel único en el plan de Dios, guardando en cada momento el carácter único de cada uno. En la iglesia hay unidad en la diversidad, y no en la uniformidad, y esta unidad ocurre en torno a Cristo. Pero en esta unidad no se anula nuestra identidad, sino que esta es transformada para bien propio y del prójimo.



 



El colectivismo y el Estado



El colectivismo se apoya en un Estado que actúa como un titiritero, controlando cada hilo de nuestras vidas. En regímenes totalitarios, este control es absoluto. Hoy, incluso en países democráticos, el Estado puede decidir por nosotros en muchas áreas, desde nuestra salud, familia, finanzas, trabajo hasta nuestra educación.



De nuevo, quiero hablar en términos inequívocos. Porque es alarmante hasta qué punto nos hemos amoldado como cristianos a este veneno en nombre de nuestra “obligación” como ciudadanos. Aquí van tan solo algunos ejemplos, como en nuestro entorno el colectivismo se muestra de diversas formas:




  • El Estado de Bienestar: en los países miembros de la UE, los impuestos altos financian una red de seguridad social que puede quitarte la posibilidad para controlar tu propia vida. Es el Estado con su enfoque colectivista que te obliga a través de impuestos y deducciones a pagar abortos, cambios de sexo, armas y a un Estado burocrático sin límites.

  • Regulaciones económicas: La UE tiene tantas reglas que están sofocando la creatividad empresarial, empujando a todos hacia un mismo modelo económico. Las consecuencias son desastrosas. Si alguien tiene dudas, que pregunte a un pequeño empresario.

  • Educación homogénea: Hay una tendencia a enseñar bajo una misma visión de historia y moralidad, ignorando las diferencias culturales y personales. Y sobre todo: negando a las convicciones cristianas que solamente se toleran cuando no molestan a la narrativa oficial.



El colectivismo moderno busca eliminar las diferencias individuales, creando una sociedad donde todos son “iguales” pero sin libertad y convierte a las personas en meras piezas de una maquinaria social que pierde poco a poco su humanidad.



 



¿Cómo nos afecta el colectivismo?



Esta ideología es tóxica para la fe cristiana, porque regala a la ideologia de turno la perfecta excusa para la erradicación de la libertad. Pone en peligro la relación personal que cada uno de nosotros tiene con Dios y su voluntad. La Biblia nos enseña que cada uno es responsable delante de Dios de lo que hace de su vida. El colectivismo, sin embargo, dice que todos deben pensar igual y actuar igual. Esto puede llevar a que nuestras creencias personales y nuestras convicciones se diluyan en la masa. Por eso, los gobiernos colectivistas aman manifestaciones multitudinarias porque las masas son más fáciles de manipular que el individuo. Donde todos gritan el mismo lema y los mismos eslóganes, el creyente debería percibir el olor a manipulación.



En algunas iglesias evangélicas, la presión por adaptarse a las ideas populares ha llevado a que se cambien o suavicen las enseñanzas bíblicas. Donde antes se hablaba claro sobre el matrimonio, la sexualidad, y otros temas de la ética cristiana y la salvación, ahora algunos pastores se ven tentados a suavizar el mensaje para no molestar o verse envueltos en complicaciones judiciales. El resultado es una fraseología insulsa, hueca de significado y contenido.



Esta adaptación puede hacer que la predicación pierda su esencia. En vez de guiar a las personas hacia una relación personal y transformadora con Cristo, se les ofrece una versión del evangelio que es más fácil de digerir y más en consonancia con lo políticamente correcto, pero carente de poder y convicción. Cuando la iglesia intenta complacer a todos, acaba sin convencer a nadie, y mucho menos a Dios.



Así, el colectivismo puede hacer que los cristianos se sientan más parte de un movimiento social que de un cuerpo espiritual, donde cada uno es responsable ante Dios, por su fe y por su vida. Es crucial recordar que la fe cristiana, igual que una sociedad, no es un traje de talla única; es tan diversa como cada uno de nosotros, creados a imagen de Dios.



 



Conclusión



El colectivismo promete un mundo de igualdad, pero puede terminar siendo una prisión para tu espíritu. Como cristianos, es nuestro deber resistir esta corriente que amenaza con borrar nuestra singularidad. Debemos recordar que cada uno de nosotros tiene un propósito especial y único, dado por Dios. Nos urge defender nuestra libertad, nuestra creatividad y nuestra responsabilidad individual, asegurándonos de que no nos convirtamos en títeres que marchan al son de los tambores oficiales.



 



Notas



[1] Aparece en su obra "Crítica del Programa de Gotha" (1875)


 

 


6
COMENTARIOS

    Si quieres comentar o

 

Felipe
26/02/2025
08:40 h
5
 
Disidente, nadie le impide irse al desierto a comer langostas, o perderse en la espesura d la selva. No volverá a saber del Estado. Pero, ¿cuánto hay de voluntario, de libertad, si el rechazo al evangelio conlleva el infierno eterno? 5M$, por esa minucia vd o Hutter van a poder conseguir una green card y ser ciudadanos del paraíso terrenal, de yunaite esteits of Musk & Trump. Y fin a sus problemas!
 
Respondiendo a Felipe

Disidente
27/02/2025
06:13 h
6
 
Mandar a alguien al desierto como alternativa al colectivismo. Decir que el Evangelio no es voluntario por predicar sobre la eternidad. Obsesionarse con EEUU sin mirar el resto del mundo, concluyente. Muy ilustrativo. Tenemos lo que nos merecemos.
 

Felipe
23/02/2025
16:08 h
3
 
¿Los kibuzts eran un proyecto colectivista? ¿No lo es el 'proyecto' cristiano -q todos seamos hechos conforme a la imagen de Cristo? ¿Se consumará la muerte de Dios al reemplazar la iglesia el "niéguese a sí mismo" y "someteos los unos a los otros" por la voluntad de poder individual?
 
Respondiendo a Felipe

Disidente
24/02/2025
15:40 h
4
 
La pertenencia al kibutz es voluntaria. El "proyecto" cristiano, interpretado de distinta forma por distintos pensadores cristianos, es voluntario. Negarse uno mismo es por Jesús, no por ninguna "iglesia", organización o secta, y es voluntario. Someterse por amor es voluntario. El poder estatal por ley es coercitivo, respaldado con armas. ¿Vemos la diferencia? Gálatas 5:13: "a libertad fuisteis llamados; solamente...servíos por amor". 1Pedro2:16:como libres, pero no como..pretexto para el mal
 

quim
19/02/2025
10:39 h
1
 
Pues anda que no he visto yo colectivismo destructivo en algunas iglesias, en nombre del Sagrado Dogma y bajo la dirección del gran Camarada Pastor y en el que la individualidad podía ser castigada con el ostracismo y el gulag espiritual.
 
Respondiendo a quim

Disidente
22/02/2025
16:34 h
2
 
Quim, todo colectivismo es malo, pero la pertenencia a una iglesia es voluntaria; la ciudadanía, no. Se puede cambiar de iglesia libre y fácilmente, pero no de Estado. Las iglesias no tienen poder para castigar con multas, cárcel ni el uso de la fuerza. El Estado, sí, incluso con gulags no metafóricos.
 



 
 
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