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Más allá de Romanos 13: La Biblia y la relación Iglesia-Estado

Los cristianos deben ser ciudadanos responsables, pero también deben estar dispuestos a defender sus convicciones y resistir las leyes que atentan contra la verdad y la justicia.

TEOLOGíA AUTOR 875/Jose_Hutter 08 DE ENERO DE 2025 10:00 h
Imagen de [link]K. Mitch Hodge[/link] en Unsplash.

Romanos 13:1-7 proporciona una base fundamental para entender la relación entre el cristiano y el Estado. Pero esto no es todo lo que Dios tiene que decir sobre el tema. La Biblia ofrece una visión mucho más amplia del asunto. Es crucial ir más allá de una actitud de sumisión ciega a la autoridad y explorar los principios y ejemplos que las Escrituras nos brindan para comprender la relación entre la Iglesia y el Estado.



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Desde las primeras páginas de la Biblia y la ley mosaica en el Antiguo Testamento hasta las enseñanzas de Jesús y los apóstoles en el Nuevo Testamento, la Biblia nos llama a una vida de obediencia a Dios que se extiende a todos los ámbitos de la vida, incluyendo la esfera social y política. No existen ámbitos neutrales a los cuales Dios tiene prohibido el acceso. Este es el gran engaño del secularismo.



En este artículo quiero reflexionar sobre la relación Iglesia-Estado, desde una perspectiva bíblica, para equiparnos con un marco sólido que nos ayude a vivir en un mundo donde el poder político a menudo se desvía de los principios divinos.



 



El Antiguo Testamento y el gobierno civil



El Antiguo Testamento, particularmente la ley mosaica, nos ofrece un modelo de gobierno teocrático donde Dios es la autoridad suprema y su ley es la base para la vida religiosa, social y política. Es cierto que Israel tenía una función especial en la preparación de la venida del Mesías y una parte de la Ley de Moisés se cumplió con el nacimiento de Jesucristo. Pero más allá de esto quedan normas y principios suficientes que forman la base de la ética bíblica y que son perfectamente aplicables en el siglo XXI. La idea del “estado” no es una excepción, un espacio libre de Dios.



La primera vez en que la Biblia entra en el tema de la administración pública es en Éxodo 18. En este capítulo vemos a Jetro, el suegro de Moisés, aconsejándole que establezca un sistema de jueces para gobernar al pueblo de Israel. Este sistema busca la justicia y el orden social (Éxodo 18:13-26). Es un sistema bien organizado, descentralizado y efectivo que se basa sobre el principio de tribunales de apelación. Dios gobierna de forma indirecta a través de la aplicación de sus leyes y principios, con la posibilidad de invocar a una instancia superior en caso de dudas. Estamos ante un sistema judicial de los más sencillos y efectivos posibles.



La ley mosaica abarca una amplia gama de temas, desde la protección de la vida y la propiedad (Éxodo 20:13,15) hasta la regulación de las relaciones sociales y económicas (Deuteronomio 25:13-16), para nombrar solamente dos áreas. Este código legal no solo buscaba regular el comportamiento individual, sino que también establecía un marco para el gobierno civil, limitando el poder de los gobernantes y protegiendo los derechos del pueblo. Es muy interesante resaltar que la Ley de Moisés limita drásticamente lo que llamamos hoy el “poder estatal”.



Es obvio, que Israel era una teocracia, no una democracia. Soy perfectamente consciente de que la palabra “teocracia” asusta hoy a mucha gente, cristianos incluidos, por los ejemplos que nos vienen del mundo islámico o de la Edad Media. Quiero constatar que lo que la Biblia propone no tiene nada que ver con el sistema islamista ni con los intentos de la Iglesia Católica de establecer una dictadura clerical.



Es importante destacar que la teocracia del Antiguo Testamento no implicaba una fusión entre la Iglesia y el Estado. Si bien los líderes religiosos tenían una función relevante en la sociedad, el gobierno civil tenía su propia esfera de autoridad y responsabilidad. Este principio de separación de funciones sentó las bases para una comprensión equilibrada de la relación entre la Iglesia y el Estado.



“Teocracia” en este contexto significa que Dios gobernaba a través de su Ley, no de un rey. Los que enseñaban esa Ley eran los levitas. Los que lo aplicaban eran los ancianos o jueces.



Cualquier persona que de entrada proclama la superioridad de un estado “laico” o “aconfesional” sobre un gobierno que se basa sobre la Ley de Dios, sugiere implícitamente, que los principios ideológicos de la secularidad agnóstica y atea son éticamente superiores a los principios de los 10 mandamientos. Quien niega que los principios de la Ley del Moisés se pueden aplicar a una sociedad moderna, tiene que afirmar también claramente que prefiere las ideologías humanistas a la enseñanza bíblica y que favorece el estatismo a un gobierno descentralizado.



Muchos desconocen que el Antiguo Testamento nos advierte sobre los peligros de un poder estatal centralizado y abusador. En 1 Samuel 8, cuando el pueblo de Israel pide un rey "como tienen todas las naciones", el profeta Samuel advierte sobre las consecuencias negativas de esta decisión (1 Samuel 8:10-18). La monarquía, con su tendencia a la concentración del poder y al abuso de autoridad, representaba una amenaza a la libertad y la justicia. Y esto es lo que precisamente ocurrió tanto en Judá como en Israel. Este pasaje nos recuerda a lo largo de los milenios la importancia de limitar el poder del Estado y de promover la descentralización y la participación ciudadana bajo un orden divinamente diseñado.



 



El Nuevo Testamento y el gobierno civil



En el Nuevo Testamento, Jesús y los apóstoles continúan la enseñanza bíblica sobre el gobierno civil. Jesús, al ser interrogado sobre el pago de impuestos al César, respondió: "Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios" (Mateo 22:21). Con estas palabras, Jesús reconoce la autoridad del Estado en la esfera civil donde ejerce legítimamente sus funciones (véase mis dos artículos anteriores), al tiempo que afirma la soberanía de Dios y la prioridad de la obediencia a sus mandamientos.



Es crucial observar que Jesús mantuvo una postura crítica hacia el poder estatal y religioso de su época. Se enfrentó a los fariseos y saduceos (muy cercanos al poder) por su hipocresía y legalismo (Mateo 23), y denunció la complicidad de los líderes religiosos con el poder romano, llamando a Herodes "zorra" por su intención de matarlo (Lucas 13:31-32). Su reino, como lo proclamó, no era de este mundo (Juan 18:36), lo que implica una separación entre la esfera espiritual y la política secular. Jesucristo desenmascaró la estrategia de los políticos en su ansiedad de poder cuando dijo: “Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores” (Lucas 22:25). Esto no suena precisamente como si Jesucristo quedase muy contento con los políticos de su tiempo.



En su juicio, su silencio ante las preguntas de Pilato y Herodes no es otra cosa que una negación de colaborar con ellos y una negativa a legitimar su gobierno. El hecho de que Herodes lo menosprecie y escarnezca refleja la corrupción y la injusticia del poder político. Este pasaje muestra cómo Jesús se mantuvo firme en su misión, incluso frente a las autoridades políticas, y se entiende perfectamente como una crítica a la frivolidad y el abuso de poder de los gobernantes.



En los artículos anteriores ya mencioné que los apóstoles, en sus cartas, exhortan a los cristianos a someterse a las autoridades gubernamentales (Romanos 13:1-7; 1 Pedro 2:13-17) y a orar por los gobernantes (1 Timoteo 2:1-2). Sin embargo, también reconocen el derecho a la desobediencia civil frente a los abusos de autoridad. Pedro y Juan, al ser ordenados por el concilio a dejar de predicar el evangelio, respondieron: Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres (Hechos 5:29).



 



Ejemplos bíblicos de resistencia a la autoridad injusta



La Biblia nos ofrece numerosos ejemplos de resistencia a la autoridad injusta. La lista contiene nombres tan ilustres como Moisés y Jeremías, pero también personas anónimas como las parteras israelitas. Daniel, al negarse a obedecer el decreto del rey que prohibía la oración a cualquier dios que no fuera el rey, fue arrojado al foso de los leones (Daniel 6). Sadrac, Mesac y Abed-nego, al negarse a adorar la estatua de oro del rey Nabucodonosor, fueron lanzados al horno de fuego (Daniel 3). Estos ejemplos nos muestran que la obediencia a Dios tiene prioridad sobre la obediencia a cualquier autoridad humana.



Además, nos llama la atención la desobediencia de los magoi de oriente a una orden explícita de Herodes (Mateo 2:8.12.16). Los apóstoles desafiaron repetidamente a las autoridades religiosas y políticas que intentaban silenciar el mensaje del evangelio. Esteban, al ser acusado de blasfemia, pronunció un discurso denunciando la hipocresía de los líderes judíos (Hechos 7). Pablo, al ser arrestado en Jerusalén, apeló al César para defender sus derechos como ciudadano romano (Hechos 25:11). Hasta la virgen María alaba a Dios por quitar “de los tronos a los poderosos”. Muchos más ejemplos se podrían citar.



 



La democracia y los desafíos para la conciencia cristiana



Si bien la democracia se presenta a menudo como un sistema que garantiza la libertad individual, es crucial recordar que no es un sistema inherentemente cristiano o bíblico. La democracia, como cualquier otro sistema de gobierno, puede ser utilizada para promover leyes y políticas que contradicen a los principios bíblicos y atentan contra la libertad de conciencia de los cristianos. “Democracia” no significa otra cosa que una mayoría impone sus criterios a una minoría. Depende de los criterios, el sistema judicial y la eficacia de la separación de poderes, si esto es algo bueno o no.



En las democracias modernas, vemos ejemplos de leyes que permiten el aborto, redefinen el matrimonio o imponen restricciones a la libertad de expresión en nombre de la corrección política. Y si alguien cree que un estado democrático no puede llevar a cabo guerras injustas -incluso contra sus propios ciudadanos-, le recomiendo un estudio pormenorizado de la historia de los últimos 80 años. Estos ejemplos plantean un desafío para los creyentes: ¿deben obedecer leyes que contradicen sus principios?, o ¿deben resistir y enfrentarse a las consecuencias?



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La respuesta no es simple. Requiere discernimiento, oración y un análisis cuidadoso de las circunstancias. Sin embargo, es crucial recordar que la obediencia a Dios tiene prioridad sobre la obediencia a cualquier ley humana. Los cristianos deben ser ciudadanos responsables, pero también deben estar dispuestos a defender sus convicciones y resistir las leyes que atentan contra la verdad y la justicia. Dejarse intimidar por órganos estatales o dejarse comprar con ciertos privilegios a cambio de un silencio consentido y cobarde es una de las vergüenzas de la iglesia actual. Una iglesia cercana al poder sigue en la tradición de los saduceos y de aquellos que venden sus privilegios divinos por un plato de lentejas.


 

 


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