Hay una conquista que es mucho más difícil de lograr, porque compete al ámbito personal, no consistiendo la batalla en enfrentarse a enemigos físicos externos.
Entre los grandes personajes de todos los tiempos se encuentran los conquistadores militares, cuyas hazañas han provocado giros decisivos en la historia y han sido celebradas en cantares de gesta y recogidas en páginas, para recuerdo permanente de sus hechos. Aunque hoy en día tales acontecimientos no gozan de tanta aureola como en otros tiempos, lo cierto es que los nombres de Alejandro Magno, El Cid o Napoleón, entre otros, siguen siendo una referencia en el campo militar.
En los anales de todos los pueblos y naciones existe un apartado dedicado exclusivamente a quienes fueron libertadores de yugos de opresión, guiaron heroicamente a las tropas nacionales frente al enemigo invasor o ensancharon los límites geográficos, siendo sus figuras recordadas en museos, monumentos y libros de historia, a fin de que las generaciones posteriores los tengan presentes en su memoria y gratitud, por el esfuerzo y sacrificio que realizaron.
La Biblia también recoge los hechos de los que en el campo de batalla fueron grandes y por eso encontramos en ella extensos relatos de las vidas de Josué y David, guerreros que permitieron que Israel se asentara primero en Canaán y luego se convirtiera en un gran reino. Y no faltan los cantares en los que se celebra una victoria concreta, como la consignada en Jueces 5 a raíz del triunfo sobre el enemigo, en el que una mujer, Débora, fue el motor clave en aquella gloriosa jornada; aunque ya antes hay otro cantar en Éxodo 15, festejando la proeza de la victoria sobrenatural sobre el ejército egipcio, cuando, sin que hubiera un caudillo militar humano al frente, el suceso quedó registrado para la posteridad. Incluso debió de haber un libro exclusivamente de batallas, desconocido para nosotros, al que se hace referencia en Números 21:14.
La primera mención a un héroe militar en la Biblia es el caso de Nimrod, un bisnieto de Noé, al que se le llama ‘el primer poderoso en la tierra’ (Génesis 10:8) y aunque a continuación se le añade el apelativo de ‘vigoroso cazador’, es evidente que no fue por la caza de animales por lo que destacó, sino por la caza de hombres y territorios, pues no en vano se nombra a Babel y otras ciudades como comienzo de su reino, que tal vez fue un imperio.
Pero con todo lo destacado que pueda ser figurar en esa lista de conquistadores, hay una conquista que es mucho más difícil de lograr, porque compete al ámbito personal, no consistiendo la batalla en enfrentarse a enemigos físicos externos sino a poderosas fuerzas internas. De hecho, puede suceder que alguien sea un gran conquistador externo y también sea un flojo, y derrotado, contrincante interno. Sansón es un buen ejemplo de esa contradicción.
Por eso hay un tweet de Dios que dice lo siguiente sobre la batalla interior: ‘Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte; y el que se enseñorea de su espíritu, que el que toma una ciudad.’ (Proverbios 16:32). No hay duda en este tweet sobre cuál es la lucha decisiva que hay que ganar y cuál es la victoria que realmente merece todo honor. Ser lento para la ira es en lo que fracasó Moisés, en determinado momento, por lo que le fue mal, y eso que era el hombre más manso de toda la tierra. Su caso refleja bien la dificultad de mantener la compostura cuando llegan los momentos de mucha presión y lo fácil que es estallar y dar rienda suelta a las pasiones descontroladas no gobernadas, cuyos resultados pueden ser desastrosos. El hombre que se había mantenido firme ante otras provocaciones anteriores, ya no pudo aguantar más y acarreó sobre sí mismo culpa y castigo. La ira puede ser una fuerza incontenible que se desata y se lleva por delante todo. Pero lo mismo ocurre con otras pasiones no gobernadas, como puede ser la codicia sexual, no siendo una casualidad que Jesús encabezara sus ‘oísteis que fue dicho… pero yo os digo’ en el Sermón del Monte, con las dos pasiones internas de la ira y la lujuria, dado que son dos poderosas fuerzas muy difíciles de controlar.
Enseñorearse del propio espíritu, al que hace mención este tweet, es lo mismo que tener dominio propio. El dominio propio, literalmente gobierno del yo, fue una de las virtudes que perseguían los filósofos de la escuela estoica, lo cual es muy loable; otra cosa diferente es que, con los pobres rudimentos en los que la naturaleza humana ha quedado, lo consiguieran, porque una cosa es el deseo de conquistar el propio espíritu y otra lograrlo. Por eso, el tweet afirma que alcanzar esa victoria vale más que tomar una ciudad, siendo de hecho la propia ciudad, que es el espíritu, la que hay que tomar.
Esa conquista, ese dominio propio, que es parte del fruto del Espíritu Santo (Gálatas 5:23), se traduce por la palabra templanza, la cual está relacionada con la palabra temple. Pero como el resto del fruto del Espíritu, no se consigue automáticamente, sino que requiere nuestra obediencia, disciplina y colaboración total. La persona que obtiene esa victoria, dice el tweet, es la que ha alcanzado el verdadero triunfo, superior a todos los demás.
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