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Incertidumbres ciudadanas: Una sociedad que necesita recuperar el rumbo

La fe que transforma el corazón también debe impulsarnos a contribuir a la transformación de nuestro entorno.

EL TREN DE LA VIDA AUTOR 769/Julio_Perez 18 DE OCTUBRE DE 2026 13:25 h
Foto: [link]Thomas Lipke[/link], Unsplash CC0.

Ante la creciente inquietud social, necesitamos más previsión, mayor responsabilidad política y una ciudadanía dispuesta a participar activamente en la construcción del bien común.



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Desde mi observatorio personal, como ciudadano de a pie, percibo una creciente sensación de desvertebración social. Vivimos tiempos de agitación, incertidumbres y profundas contradicciones.



Son demasiados los frentes abiertos y demasiado escasas, a menudo, las respuestas capaces de ofrecer tranquilidad, confianza y esperanza a la ciudadanía.



No se trata de alimentar el pesimismo ni de sumarnos al ruido de la confrontación política. Se trata, sencillamente, de observar la realidad con sentido crítico, reconocer los problemas que nos afectan y preguntarnos si estamos haciendo lo suficiente para afrontarlos.



Uno de los asuntos que más inquietud despierta es el acceso a la vivienda, convertido en una de las grandes preocupaciones de nuestro tiempo. Las dificultades para encontrar un hogar digno y asumir su coste afectan especialmente a los jóvenes y a las familias con menos recursos.



Es un problema que compromete a distintas administraciones y fuerzas políticas, aunque el Gobierno central tiene una responsabilidad particularmente relevante en la orientación de las políticas públicas.



Ante una cuestión de esta magnitud, la ciudadanía necesita menos discursos propagandísticos y más soluciones concretas, eficaces y sostenidas en el tiempo.



Pero la vivienda no es el único motivo de preocupación. El sistema sanitario continúa afrontando reivindicaciones profesionales que llevan demasiado tiempo sin encontrar respuestas satisfactorias.



Los docentes trabajan en un contexto de presiones, exigencias y carencias que dificultan su labor. Las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado reclaman atención a sus necesidades, mientras la sociedad expresa su preocupación por la delincuencia, la violencia sexual y las nuevas formas de criminalidad digital.



A todo ello se añaden los desafíos de la gestión migratoria, que exigen humanidad, responsabilidad y capacidad de un mayor control y organización; el deterioro de determinadas infraestructuras ferroviarias y viarias, que pone de manifiesto la importancia de la planificación y el mantenimiento; y los casos de corrupción que erosionan la confianza en las instituciones y alimentan el desencanto ciudadano.



Tampoco podemos ignorar la creciente polarización política y social. El adversario se convierte con demasiada frecuencia en enemigo, el desacuerdo degenera en enfrentamiento y el diálogo pierde terreno frente a la descalificación.



Una sociedad democrática necesita discrepancias, por supuesto, pero también ciudadanos capaces de escucharse, instituciones respetadas y representantes públicos dispuestos a anteponer el interés general a sus propios intereses partidistas.



Y, mientras afrontamos estos desafíos, la naturaleza nos recuerda nuestra vulnerabilidad. Los incendios forestales, las inundaciones y los episodios de temperaturas extremas ponen a prueba nuestra capacidad de respuesta.



Sus consecuencias humanas y materiales obligan a preguntarnos si estamos invirtiendo lo suficiente en prevención, planificación y protección de la población.



No basta con reaccionar cuando llega la catástrofe: es imprescindible anticiparse, aprender de los errores y adoptar medidas antes de que sea demasiado tarde.



 



Gobernar también significa anticiparse



La acumulación de problemas genera una sensación de improvisación que termina convirtiéndose en inseguridad. Cuando la ciudadanía percibe que las respuestas llegan tarde, que las decisiones carecen de continuidad o que las instituciones actúan únicamente cuando la presión social resulta insoportable, la confianza se resiente.



Por eso, uno de los grandes retos de los futuros gobiernos, cualquiera que sea su orientación política, debería ser recuperar la cultura de la previsión.



Gobernar no consiste solamente en administrar las urgencias del presente, sino en identificar los riesgos del mañana y preparar las respuestas necesarias.



Necesitamos políticas de largo recorrido, evaluaciones rigurosas y una gestión pública capaz de aprender de sus propios errores. Necesitamos, asimismo, mecanismos de control y rendición de cuentas que permitan a la sociedad civil ejercer una supervisión más efectiva sobre sus representantes.



La democracia no puede limitarse a depositar un voto cada cierto número de años; exige una ciudadanía informada, activa y comprometida con el funcionamiento de las instituciones.



No podemos delegarlo todo en quienes nos gobiernan para después lamentarnos de las consecuencias. La responsabilidad pública corresponde, en primer lugar, a quienes han recibido la confianza de los ciudadanos, pero la construcción de una sociedad mejor también requiere nuestra participación.



 



Los cristianos evangélicos ante su responsabilidad social



Desde esta perspectiva, quisiera dirigir una llamada especial a los creyentes evangélicos, con independencia de sus preferencias políticas o de las opciones electorales que cada uno considere más adecuadas.



La fe cristiana no debería recluirse en el ámbito privado ni permanecer indiferente ante las necesidades de nuestro entorno. La preocupación por la justicia, la dignidad humana, la familia, la educación, la protección de los más vulnerables y el bienestar colectivo forma parte de una fe que aspira a traducirse en hechos.



Es necesario que los cristianos evangélicos seamos más proactivos en los movimientos sociales, en los espacios de reflexión y en los diferentes foros donde se debaten las cuestiones que afectan a nuestra sociedad.



Tenemos organizaciones, experiencias, profesionales y personas preparadas que pueden contribuir positivamente al diálogo público. Es importante que pongamos lo mejor de nosotros mismos al servicio de los demás.



Esta participación no debe confundirse con la adhesión obligatoria a una determinada formación política. La diversidad de sensibilidades y opciones electorales es una realidad que debemos respetar.



Lo verdaderamente importante es que nuestra presencia pública esté inspirada por principios y valores bíblicos, y que estos se traduzcan en propuestas razonables, compromiso ético y voluntad de servicio.



En este sentido, merece la pena recordar la labor que la Alianza Evangélica Española ha desarrollado durante años mediante talleres y escuelas de verano dedicados a la participación de los cristianos en la vida pública.



Estas iniciativas han contribuido a reflexionar sobre la responsabilidad política y social desde una perspectiva cristiana, sin imponer una adscripción partidista.



También resulta significativo el trabajo de la Alianza Evangélica Española en torno a la cuestión de la vivienda, mediante la publicación de propuestas que buscan contribuir al debate sobre uno de los problemas sociales más urgentes.



Es un ejemplo de cómo las convicciones pueden expresarse no solo mediante declaraciones, sino también a través de análisis y alternativas que aspiren a mejorar la vida de las personas.



Necesitamos, especialmente, que las nuevas generaciones evangélicas se incorporen a la vida pública sin complejos.



Jóvenes preparados, con sensibilidad social, formación y principios sólidos que pueden aportar ideas, capacidad de trabajo y una perspectiva ética necesaria en todos los ámbitos de la sociedad.



No se trata de ocupar espacios por el simple hecho de estar presentes, sino de servir con competencia, honestidad y espíritu constructivo.



 



Ser sal y luz en medio de la sociedad



Jesús dejó a sus discípulos una de las declaraciones más significativas sobre la responsabilidad de quienes desean vivir conforme a sus enseñanzas: «Vosotros sois la sal de la tierra» y «vosotros sois la luz del mundo».



Estas palabras, recogidas en el Evangelio de Mateo, contienen una profunda llamada a la influencia personal y colectiva. La sal preserva y aporta sabor; la luz permite ver, orienta y ayuda a distinguir el camino.



Ambas imágenes nos recuerdan que la fe está llamada a tener consecuencias visibles en la vida cotidiana.



Ser sal y luz significa contribuir a la convivencia, defender la dignidad de las personas, actuar con integridad, tender puentes donde otros levantan barreras y ofrecer respuestas donde solo parece haber quejas.



Significa también denunciar aquello que perjudica al bien común, pero hacerlo con argumentos, responsabilidad y voluntad de encontrar soluciones.



Nuestra sociedad no necesita más confrontación estéril ni discursos que agranden las divisiones. Necesita personas dispuestas a trabajar por la justicia, recuperar la confianza, promover la solidaridad y defender la verdad sin renunciar al respeto.



Los cristianos evangélicos tenemos ante nosotros una oportunidad y una responsabilidad. Podemos permanecer como espectadores de los acontecimientos o participar activamente en la construcción de una sociedad más justa, humana y solidaria.



La credibilidad de nuestro testimonio no dependerá únicamente de lo que proclamemos desde nuestros púlpitos, sino también de la manera en que nos relacionemos con nuestros vecinos, contribuyamos a resolver los problemas colectivos y pongamos nuestras capacidades al servicio de quienes más lo necesitan.



Porque la fe que transforma el corazón también debe impulsarnos a contribuir a la transformación de nuestro entorno.



Ante las incertidumbres ciudadanas, no basta con esperar que otros recuperen el rumbo. También nosotros estamos llamados a aportar orientación, compromiso y esperanza.



Y quizá sea precisamente en estos tiempos de desconfianza y desconcierto cuando más necesario resulte recordar que una sociedad mejor no se construye únicamente desde las instituciones, sino también desde la responsabilidad de cada ciudadano.



Es hora de dejar de ser meros espectadores y convertirnos en protagonistas responsables del bien común.



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