Durante su tiempo en la Iglesia presbiteriana de Rayón, el pastor Forcada combinó las actividades eclesiásticas con su decidida oposición al régimen del dictador Porfirio Diaz.
Algunos de los integrantes de este grupo tuvieron la experiencia del “Pentecostés mexicano”.
Personajes como Hesiquio Forcada merecen que su vida y ministerio se conozcan por las nuevas generaciones de creyentes evangélicos mexicanos. Sobre él, al igual que otros de su generación, no hay abundantes datos disponibles.
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Solamente una investigación acuciosa que le siga la pista a fuentes dispersas y en las cuales, además, la información se concentra en personajes más conocidos por haber ejercido liderazgo nacional, será posible reconstruir los andares y enseñanzas de quien realizó tareas para difundir y consolidar el protestantismo en distintas regiones de México.
Hesiquio Forcada participó en los albores del protestantismo en la Ciudad de México. Se involucró hacia 1870 en la Iglesia de Jesús y, junto con otros convertidos, conformó un grupo de estudio, el cual encabezaba el ex fraile dominio Ignacio Ramírez Arellano, quien tuvo nexos con los llamados Padres Constitucionalistas.
Éstos, desde 1861, eran sacerdotes católicos que apoyaban al movimiento liberal liderado por Benito Juárez y pugnaban por la creación de la Iglesia Católica Mexicana.
En casa de Miguel Pinto, situada en la calle de San José de Gracia, parece que a partir de 1870, Ignacio Ramírez Arellano imparte clases de filosofía retórica, exégesis e historia.
Las clases tienen lugar por las noches. De acuerdo con uno de los que nunca se ausentaba de los cursos, Arcadio Morales, el pequeño grupo tuvo, entre otros asistentes, a Jesús Medina, Hesiquio Forcada y Arcadio Sánchez.
Las clases eran de la siguiente forma: “El Sr. Ramírez Arellano escogía un libro, lo comentaba capítulo por capítulo hasta acabarlo y luego seguía con otro, el que mejor le parecía. Como este Sr. era muy instruido, de paso nos daba nuestras lecciones de lógica, de retórica y de historia; que en verdad muy provechosas nos fueron. Las clases duraban una o dos horas en la noche, de siete a nueve y no me acuerdo de haber faltado una sola vez”.
Cuando el dominico Manuel Aguas rompió públicamente con la Iglesia católica romana (abril de 1871) para integrarse como pastor de la Iglesia de Jesús, Hesiquio Forcada inició relación muy cercana con él.
Aguas levantó interés en la opinión pública por la confrontación que tuvo con las autoridades católicas, ya que sus escritos de ruptura con el romanismo fueron publicados extensamente en la prensa de la época, sobre todo en El Monitor Republicano.
El corto ministerio evangélico de Manuel Aguas solamente duró año y medio, periodo en el cual causó un impacto tanto hacia el interior de los núcleos protestantes existentes en la Ciudad de México y entidades cercanas, como al exterior mediante la cobertura que dio la prensa a quien desafió públicamente, como nunca antes en el país, a la Iglesia católica romana.
En el sepelio de Aguas (20 de octubre de 1872) uno de los que tomó la palabra fue el joven Hesiquio Forcada, hizo elogios del personaje y destacó “la firmeza de ese digno [Aguas] jefe del protestantismo en México, a quien exhorta con su constancia a seguir su ejemplo, y proseguir el camino que le trazó su valor al través de las preocupaciones de un vulgo ignorante”, como quedó consignado en El Demócrata.
Forcada perteneció a una generación de jóvenes que iniciaron su trayectoria protestante/evangélica en células cuyo liderazgo era mexicano, y que mediante su esfuerzo consolidó congregaciones antes de la llegada de misioneros denominacionales extranjeros.
En la tarea de siembra tuvo un lugar preponderante Sóstenes Juárez, quien fue opositor al imperio de Maximiliano y alcanzó el grado de mayor en el ejército republicano juarista.
Forcada hizo causa común, entre otros, con Arcadio Morales, Primitivo A. Rodríguez (hijo adoptivo de Manuel Aguas), Francisco Aguilar, Jesús Medina, Hipólito Quesada y Enrique Bianchi para consolidar la obra protestante en la capital del país y otras entidades.
El núcleo, ya identificado con el presbiterianismo, que lideraba Arcadio Morales era alentado por él para permanecer unido.
Morales fortalecía a sus condiscípulos, quienes eran presionados por familiares para que se apartaran “de su descabellada idea de ser predicadores de las doctrinas de Lutero”, rememoraría en 1919.
El grupo vive una experiencia que lo impulsaría para darse vigorosamente a tareas evangelísticas, de discipulado y pastorales.
Años después Morales recordaba vívidamente lo sucedido en noviembre, tal vez diciembre, de 1874: “Como sucede casi siempre, la oración fue el medio de que Dios se valió para darnos una prueba rica, magnífica, de la presencia de su Espíritu que como una luz divina penetraba hasta lo íntimo de nuestra alma, ya con dolor, de la vida pasada, con la plena seguridad en la clemencia y misericordia divinas o bien con la preciosa paz del amor de Dios y la certidumbre de la salvación por Cristo. En un momento parecíamos todos locos, como borrachos, llorando, riendo, abrazándonos unos a otros, olvidando enteramente las formalidades, olvidándonos de la mesa, del sueño y todas las cosas, pudiendo en el acto orar, testificar y predicar con un poder avasallador hasta entonces desconocido, poder que como era de esperarse se transmitía a toda la congregación, y de manera especial al Sr. Agustín Oláez y al Sr. Alejo Escamilla”.
Cabe notar que la experiencia narrada aconteció en una naciente Iglesia presbiteriana, casi cincuenta antes de que en la Ciudad de México iniciaran su presencia las iglesias pentecostales.
Tras el acontecimiento que Arcadio Morales llamó “Pentecostés mexicanos”, y quienes lo vivieron se “ofrecieron voluntariamente a salir donde fuera necesario” para extender la obra, uno de ellos, Hesiquio Forcada, dio inicio a su ministerio evangelístico y pastoral fuera de la capital mexicana.
Viajó a Zitácuaro, Michoacán, para fortalecer el trabajo evangélico y extiende el presbiterianismo desde Zitácuaro a poblados como Jungapeo, Coatepec de Morelos, Santa María, Huanimoro, Tuxpan y otros lugares.
Ante la carga de trabajo para atender los núcleos nacientes, con Hesiquio llegan a colaborar Daniel Rodríguez, Juan Moya y Enrique Bianchi. Con el correr de los años sus nombres estarían ligados a los inicios y/o consolidación del protestantismo en México.
A partir de agosto de 1879, Forcada y sus acompañantes difunden el presbiterianismo en Pisaflores, Hidalgo, y otras poblaciones de la entidad, entre ellas, Jiliapan, Jacala y Zimapán. Las conversiones llevan a que se conformen congregaciones de 100 a 300 miembros en Pisaflores, Jiliapan y Jacala, como deja constancia un informe misionero de 1881.
En la Huasteca potosina Forcada es el promotor de núcleos presbiterianos en Río Verde, Tamazunchale, Ciudad Valles y Rayón, en este último poblado se estableció y hace causa común con los liberales del municipio, “entre los cuales se contaba Jesús Sáenz, maestro de escuela y jefe de la sociedad espiritista”, según Jean-Pierre Bastian.
Si bien es cierto que para conformar un frente que combatiera el predominio del catolicismo Forcada hace causa común con liberales y espiritistas, también es verdad que defiende las creencias protestantes ante postulados del espiritismo.
Lo hace así cuando reacciona ante un discurso en el que Jesús Sáenz “procura poner en contradicción el texto de los evangelistas, a pesar de que en el último tercio del siglo diez y nueve, aun entre los individuos de la escuela espírita, raros, muy raros, ponen en tela de juicio la autenticidad del Nuevo Testamento” (El Faro, 1 de diciembre de 1885, p. 93).
En su apología, Hesiquio Forcada enarbola varias citas neotestamentarias que afirman la encarnación de Cristo y su divinidad. Sobre esta última escribe: “Quítese a Cristo su carácter divino al cumplir su obra redentora, y entonces queda reducido el cristianismo a una recopilación de verdades más a menos filosóficas”.
Afirma que la naturaleza y singularidad de Jesús le hacen único intermediario entre Dios y los seres humanos, porque “su muerte no es la muerte de un sabio, es la muerte de un Dios; es la inmolación del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo; es el lábaro de nuestra eterna salvación”.
Al enterarse del asesinato de un compañero de ministerio, el pastor Abraham Gómez, y otras dos personas (los evangélicos Felipe Zaragoza y Miguel Cipriano) en Ahuacatitlán, Guerrero (7 de agosto de 1887), Hesiquio Forcada expuso mediante una misiva el “dolor e indignación” que le causaban esos crímenes (El Faro, 1 de octubre de 1887, p. 150).
Expone que Abraham “no solo era el correligionario con quien me unía la comunidad de ideas y de aspiraciones morales, sino que parodiando al apóstol [Pablo], puedo decir que era mi hijo en el Evangelio”.
Se pregunta sobre los motivos del ataque cuyo fin fue la muerte de tres protestantes: “¿Cuál es el delito en esencia, y quienes son los culpables?, preguntaría la historia, y alguien en el vulgo contestará: el delito es el de herejía, es decir, el de sustraerse a la obediencia del Papa, desdeñar las imágenes y leer la Biblia sin notas, contra lo expresamente prohibido por la Iglesia [católica].
Pero no es así, la verdadera y esencial causa, es que el protestantismo derruye en su base con el yunque de la Verdad Divina, el cimiento de secular edificio, de fatal oscurantismo, que siglo tras siglo ha venido levantando y conservando la raza perversa de los modernos fariseos.
El protestantismo, desechando todo humano yugo moral, todo intermediario entre Dios y el alma humana, proclama el predominio del libre examen, el respeto al derecho ajeno, la virtud como base de todo progreso; pone el fundamento de la positiva libertad, ya en el orden civil y el religioso, y hace imposible la resurrección de la teocracia. Lo saben bien los retrógrados: el protestantismo es el mejor y más leal auxiliar de los principios republicanos y netamente liberales”.
Los anteriores son los motivos, consideraba Forcada, por los cuales sus enemigos le hacían “cruda guerra al protestantismo”.
A tal espíritu de belicosidad “no se le lleva al terreno de una sincera y razonada discusión para que el pueblo decida de parte de quién se encuentra la verdad”, por el contrario, considera el pastor Forcada, “se le combate con la diatriba, con la calumnia, con el anatema; y cuando estas armas innobles dejan de dar los resultados apetecidos, entonces se recurre al asesinato, se repiten los sucesos de Ahualulco, Atzala. Apizaco, Almoloya, Guerrero y otros puntos”.
Para Forcada son culpables quienes directamente han ultimado a los protestantes, pero también lo son “aquellos enemigos jurados del progreso, los opresores incansables del pensamiento humano, que sueñan con ahogar con sangre la idea; los que maldicen y execran a [Benito] Juárez; los que se jactan de su unidad por estar imbuidos en los mismos errores, vinculados con igual propósito, es a saber, en la tarea de embrutecer a las masas para sojuzgarlas”.
Sin titubear señala como plenos responsables a los tenaces opositores de la libertad de creencias y cultos, los altos clérigos católicos que siempre han combatido esos principios.
Durante su tiempo en la Iglesia presbiteriana de Rayón, el pastor Forcada combinó las actividades eclesiásticas con su decidida oposición al régimen del dictador Porfirio Diaz y sus mecanismos de control de la prensa independiente, su modernización del país a costa de formas esclavistas de producción como las documentadas en el célebre libro de John Kenneth Turner, México bárbaro.
A causa de su involucramiento con las agrupaciones liberales opositores al Porfiriato, en febrero de 1901 Forcada asistió como delegado por Ciudad Valles al Gran Congreso Liberal que se reunió en San Luis Potosí el 5 de febrero. Acudió representando al Club Ignacio Manuel Altamirano.
En el Gran Congreso Liberal fue, probablemente, donde Hesiquio Forcada conoció a Ricardo Flores Magón, quien participo de la reunión antiporfirista como representante del periódico Regeneración.
Flores Magón catapultó en San Luis Potosí su trayectoria contra el sistema político/económico dictatorial cuando tres veces, ante un auditorio que colmaba el Teatro de la Paz, grito: “¡La administración de Porfirio Díaz es una madriguera de ladrones!”.
Poco más de dos semanas después de haber coincidido en San Luis Potosí, en Regeneración, posiblemente escrita por Ricardo Flores Magón se publicó una semblanza sobre Forcada: “Su exterior es de bronce, pero tiene una alma blanda y sencilla. Su preocupación son las gazmoñerías del clero prostituido. Su carácter tranquilo da a su rostro tal expresión de beatitud, que sería un santo si no fuera un hombre. No entra a la lucha con el ceño fruncido y apretados los puños; no, entra resuelto y valerosamente, como los apóstoles de las buenas causas, dando a su voz una entonación tal de mansedumbre, que hace volver la calma a los exaltados y realiza la confraternidad de los espíritus explosivos. Forcada es un gran elemento de orden, un patriota sincero y un inmejorable ciudadano”.
El 13 de marzo de 1910 muere Hesiquio Forcada, pocos meses antes de que se desencadenaran los sucesos revolucionarios que provocarían el exilio del dictador Porfirio Díaz en París, Francia. Una nota sobre su fallecimiento destacaba que Forcada “era como una antorcha encendida, dotado de una elocuencia natural”.
Fue su protestantismo el que lo llevó a involucrase en la causa magonista. Para Forcada la búsqueda de justicia social era consecuencia del compromiso con el Evangelio.
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