Al aceptar la doctrina de la creación, el creyente no sólo afirma una verdad cosmológica, sino que también hace una confesión de fe.
Foto: [link]Elijah Hiett[/link], Unsplash CC0.
El cristianismo se fundamenta en la doctrina bíblica de la creación, acontecimiento sobrenatural llevado a cabo por Dios a partir de la nada absoluta. Es el Creador eterno, omnisciente y omnipotente, quien saca todas las cosas del universo desde la nada a su existencia física.
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Dios origina a todos los seres y los conduce providentemente a lo largo de la historia cósmica hasta su destino final. La redención de la humanidad mediante el sacrificio de Cristo forma parte prioritaria de esta crónica universal y temporal.
La doctrina de la creación ex nihilo es única entre las demás religiones que rodeaban al pueblo hebreo ya que éstas creían que el demiurgo o las distintas divinidades habían formado el mundo a partir de materiales preexistentes o de la propia sustancia divina.
Es decir, que el universo era eterno e inmutable. Sin embargo, la Biblia reitera que Dios hizo todo lo que se ve a partir de lo que no se veía (Heb. 11:3). Esto, desde luego, es un misterio de fe al que la ciencia humana no tiene acceso.
Por tanto, al aceptar la doctrina de la creación, el creyente no sólo afirma una verdad cosmológica, sino que también hace una confesión de fe. Al decir que Dios creó el mundo por amor y para que todo lo bueno existiera, se está de alguna manera alabando al Creador.
No obstante, los filósofos griegos de la antigüedad estaban convencidos de que el cosmos era eterno e invariante y que preguntarse por su origen carecía de sentido.
Aristóteles, por ejemplo, refiriéndose al universo o “cielo” escribió: “El cielo entero, por tanto, no ha sido generado y es incorruptible, como algunos dicen, sino que es uno y eterno, sin principio ni fin de toda su duración, y contiene y abarca en sí mismo el tiempo infinito”.
Esta misma idea antigua fue retomada por los científicos modernos y perduró hasta bien entrado el siglo XX. Sin embargo, la revelación bíblica empieza de manera singular con la doctrina de la creación del mundo y del hombre por parte del Dios único, eterno e inmutable.
Posteriormente, en el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo volverá a fundamentar toda su teología sobre la creación original y también el Señor Jesús, al anunciar el evangelio del reino, resaltará la fe en la creación del mundo y del ser humano por Dios.
A pesar de esto, el mundo moderno ha venido menospreciando la doctrina bíblica de la creación, debido sobre todo a la influencia de determinadas teorías científicas que se adherían a la eternidad de la materia o a su lenta generación azarosa o no dirigida.
Incluso dentro de la propia teología, determinados sectores llegaron a considerar que como el misterio de la creación pertenecía al ámbito de la fe, el tema del origen del mundo, la vida y el ser humano dependía de la ciencia humana y no de la revelación bíblica.
En el mundo contemporáneo se ha producido lo que algunos llaman un “eclipse de la creación”. En este sentido, el profesor de teología dogmática de la Universidad de Navarra, José Morales Marín, escribe:
“Lo que se ha llamado ‘eclipse’ teológico de la Creación deriva (…) de la escisión entre teología y ciencia, ocurrida en Occidente a lo largo del siglo XVII. Aunque no debe descartarse una cierta motivación religiosa entre los principales filósofos y representantes iniciales del pensamiento científico moderno, muchos de los cuales eran creyentes, se impone de hecho entre ellos una concepción mecanicista del mundo, en la que la casualidad divina desempeña crecientemente una función decorativa”.
La creación del mundo por parte de Dios se abandona paulatinamente en manos de las ciencias experimentales. La física, química, astronomía, biología, etc. contribuirán a convertir el concepto de creatura en el de natura o naturaleza y semejante transformación emborronará la relación entre el Creador y la creación. Esto ha hecho de la naturaleza un absoluto que en muchos casos procura sustituir a Dios.
Hoy domina en Occidente la absolutización de la naturaleza. La sustitución del concepto de creatura por el de natura implica un cambio profundo en la manera de comprender el mundo.
Cuando la realidad se entiende como creatura, la naturaleza no se considera una entidad autónoma y autosuficiente, sino una realidad recibida, dependiente de Dios y orientada hacia Él.
Su existencia, su orden y su valor remiten a un fundamento que la trasciende. La naturaleza posee consistencia propia, pero no es absoluta: es creación.
En cambio, el concepto de natura, especialmente cuando se separa de toda referencia a un Creador, puede convertir la naturaleza en el principio último de explicación.
En lugar de ser contemplada como una realidad cuyo sentido procede de Dios, comienza a ser interpretada como un sistema cerrado, autosuficiente y regido exclusivamente por sus propias leyes.
Este desplazamiento modifica no solo el lenguaje, sino también la visión del ser humano, de la moral y del destino de la existencia. Al sustituir la categoría de creatura por la de natura, se corre el riesgo de olvidar la dimensión de dependencia radical que caracteriza a todo lo creado.
La naturaleza deja de aparecer como un don y pasa a entenderse como una totalidad que se explica a sí misma. Si todo cuanto existe se reduce a procesos naturales, entonces la naturaleza puede ocupar el lugar que antes correspondía a Dios como fundamento originario, criterio de verdad y horizonte de sentido.
Esta absolutización puede presentarse de distintas formas. En el ámbito científico, ocurre cuando se pretende que las ciencias naturales proporcionen una explicación completa de toda la realidad, incluyendo la conciencia, la libertad, la moral y la experiencia religiosa.
En el ámbito ideológico, aparece cuando se considera que la naturaleza determina de manera definitiva lo que el ser humano debe pensar o hacer.
También puede manifestarse en ciertas formas de naturalismo, para las cuales no existe ninguna dimensión de la realidad que trascienda lo material y lo observable.
La naturaleza puede sustituir simbólicamente a Dios cuando se le atribuyen características propias de lo absoluto. Se la concibe entonces como eterna, autosuficiente, omnipresente o dotada de una racionalidad interna que basta para explicar el sentido de todo.
El ser humano ya no se comprende como responsable ante un Dios trascendente, sino como una parte más de un proceso natural impersonal. La verdad se identifica con lo que puede describirse científicamente, y el bien con aquello que favorece la adaptación, la supervivencia o el equilibrio del sistema.
Sin embargo, esta sustitución presenta dificultades. La naturaleza puede explicar cómo ocurren muchos fenómenos, pero no responde por sí sola a preguntas como por qué existe algo en lugar de nada, cuál es el fundamento de la dignidad humana o por qué debemos actuar moralmente.
Además, si la naturaleza se convierte en la medida absoluta, resulta difícil justificar la libertad y la responsabilidad, pues nuestras decisiones quedarían reducidas a efectos necesarios de causas biológicas, físicas o sociales.
No obstante, reconocer la naturaleza como creación no significa despreciarla ni negar la autonomía de las ciencias. Al contrario, permite afirmar simultáneamente su realidad, su valor y su dependencia.
La naturaleza posee leyes propias que pueden ser estudiadas, pero esas leyes no la convierten en una realidad absoluta. Desde una perspectiva teológica, la naturaleza es buena porque procede de Dios, y precisamente por eso merece ser conocida, respetada y cuidada.
El universo posee orden, estructura, coherencia y nos permite estudiarlo porque procede de un Creador racional. El relato de Génesis muestra una creación que progresa desde un estado inicial aún no estructurado a un orden plenamente establecido.
Dios separa la luz de las tinieblas, las aguas de los continentes, establece tiempos, espacios, funciones y dispone la increíble diversidad de todo lo creado en sistemas equilibrados y en una estructura coherente que puede ser investigada por los humanos.
El orden aparece en el mundo mucho antes que la acción humana. No es la humanidad quien le concede racionalidad al universo sino que ésta ya existía y poseía distinciones, regularidades, leyes, relaciones, etc., mucho antes de que nosotros abriéramos los ojos a la realidad.
Esto implica que la mente humana no fabrica arbitrariamente el mundo sino que lo descubre y observa en él un orden que le precede y que ya existía con independencia de nuestros gustos o preferencias.
La verdad no depende de nuestras preferencias o del consenso de una cultura o sociedad. Las leyes del cosmos no pueden ser cambiadas porque no nos gusten.
La fuerza de la gravedad no requiere de nuestra aprobación para continuar actuando. Las entrañas de la materia no van a cambiar porque la humanidad decida interpretarlas de otra manera.
El universo evidencia una consistencia propia precisamente porque no ha sido elaborado por el ser humano sino por Dios.
El evangelista Juan inica su evangelio con estas palabras: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” (Jn. 1:1).
Para Juan, el Verbo, el Logos, la Palabra, la Razón o el Sentido se refieren a Cristo, por quien todas las cosas fueron hechas y en el que estaba la vida. Cristo es la fuente de toda vida.
Según el Nuevo Testamento, la materia no constituye la explicación última de la realidad sino que detrás del universo hay una razón original que lo crea y sustenta. El hombre puede hacer ciencia y comprender los misterios del cosmos porque éste es inteligible.
Podemos estudiar el universo y entender sus leyes o constantes porque existe una profunda correspondencia entre nuestra mente humana y la estructura racional del mundo.
Si el cosmos fuera resultado del azar, esto no tendría por qué ser así. Podemos describir cómo se comportan las cosas porque éstas fueron creadas inteligentemente por el Dios creador.
Además, la categoría de creatura evita dos extremos: la divinización de la naturaleza y su explotación irresponsable. Si la naturaleza no es Dios, no debe ser adorada; pero si es creación, tampoco puede ser tratada como un objeto sin valor.
Su sentido se encuentra en una relación ordenada con el Creador, con el ser humano y con las demás criaturas. De este modo, la sustitución de creatura por natura puede hacer de la naturaleza un absoluto cuando elimina toda referencia a su origen y a su finalidad.
El problema no está en estudiar la naturaleza, sino en convertirla en la explicación última de todo y en atribuirle un carácter que solo corresponde a Dios.
¿Qué ha podido favorecer esta sustitución moderna del concepto de creatura por el de natura? Si el mundo es creación y depende en todo de Dios, algunos ven esta dependencia del ser humano como una amenaza para su libertad absoluta.
Quien no desea depender del Creador ni darle cuenta nunca de sus actos, tiende a negar su condición de criatura y creer que sólo es producto de la naturaleza impersonal ya que la naturaleza no juzga, pero el Creador sí.
De esta manera, se piensa erróneamente que la dependencia de Dios es una imposición exterior y se la rechaza de pleno.
Sin embargo, tal actitud es precisamente una de las características de lo que la Escritura llama “pecado”: negar la condición de criatura porque no se quieren aceptar los límites de semejante condición, no se quiere depender del Creador sino ser completamente autónomo.
La teología de la creación, en resumen, proporciona una adecuada antropología humana. Su perspectiva del hombre y la mujer, hechos a imagen y semejanza de Dios, indica que no sólo son seres materiales, sino que poseen también una espiritualidad singular que les permite relacionarse con su Creador y aspirar, por tanto, a la trascendencia.
En definitiva, el sentido profundo del universo es el espíritu.
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