Estimaciones científicas globales sugieren que, si las tendencias actuales continúan, podríamos estar ante la desaparición de entre el 20% y el 30% de todas las especies animales y vegetales conocidas antes de 2050.
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La extinción de los dinosaurios ocurrida hace unos 66 millones de años, al final del período Cretácico del Mesozoico, fue una de las catástrofes naturales más famosas y mejor conocidas por los geólogos. Supuso la desaparición no solo de todos los dinosaurios no avianos, sino también de alrededor del 75% de todas las especies vivas en aquel momento.
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Este evento, conocido como la extinción masiva del Cretácico-Paleógeno, afectó a una enorme variedad de organismos, incluidos muchos grupos de plantas, invertebrados marinos y terrestres, así como numerosos vertebrados. Aunque no se conoce el número exacto de especies desaparecidas, se estima que fueron miles, lo que transformó radicalmente la biodiversidad del planeta y permitió la posterior expansión de los mamíferos y las aves.
Se cree que fue causada principalmente por el impacto de un gran asteroide en la península de Yucatán, en lo que hoy es México. Este evento liberó una enorme cantidad de energía, provocando incendios forestales, tsunamis y una nube de polvo y partículas que bloquearon la luz solar durante meses, alterando el clima global. Como consecuencia, las plantas dejaron de realizar la fotosíntesis, colapsaron las cadenas alimenticias y muchas especies, incapaces de adaptarse a los rápidos cambios ambientales, desaparecieron. Además, también se han considerado factores como un intenso vulcanismo y cambios en el nivel del mar, que habrían contribuido a agravar la crisis ecológica global que llevó a la extinción masiva al final del Cretácico. No obstante, esta catástrofe natural no fue la primera ocurrida a lo largo de la historia geológica de la Tierra. Antes de ella hubo cuatro más y muchas otras convulsiones menores.
Muchos científicos creen que actualmente estaríamos ante otra catástrofe mundial, la sexta, pero originada por la actividad del ser humano. En España, el número exacto de especies biológicas que se han extinguido específicamente a causa del cambio climático no está claramente definido en los registros científicos actuales. Sin embargo, diversos estudios señalan que dicho cambio, junto con otros factores como la destrucción de hábitats y la contaminación, está acelerando el riesgo de extinción para numerosas especies, especialmente aquellas endémicas y vulnerables como ciertos anfibios, aves y plantas. De manera que la extinción de especies en España se suele atribuir a una combinación de causas, y el cambio climático actúa como un factor agravante que incrementa las amenazas ya existentes para la diversidad de la vida.
Por ejemplo, el informe sobre la biodiversidad de España indica que varias especies han desaparecido en los últimos siglos, pero rara vez se puede atribuir la extinción exclusivamente al cambio climático, ya que las causas suelen ser multifactoriales. Entre las especies que han desaparecido en los últimos tiempos destacan algunos peces de agua dulce y pequeños invertebrados, cuyos hábitats se han visto alterados por el aumento de temperaturas y la disminución de recursos hídricos, procesos acelerados por el cambio climático.
Entre las especies extintas en España en los últimos siglos, se pueden mencionar algunos peces de agua dulce como el Salmo salar (salmón atlántico) en ciertas cuencas fluviales y la loína (Parachondrostoma arrigonis), un pez endémico del río Júcar que ya no se encuentra en estado silvestre. También han desaparecido localmente anfibios como el sapillo balear (Alytes muletensis) en algunas islas, aunque sobreviven gracias a programas de conservación y reintroducción. En cuanto a aves, especies como el urogallo cantábrico (Tetrao urogallus cantabricus) han sufrido una drástica reducción y están consideradas extintas en gran parte de su área histórica. La pérdida de hábitats, la contaminación y el cambio climático han sido factores clave en estas extinciones, mostrando la fragilidad de la biodiversidad española frente a las presiones ambientales.
En el caso de los artrópodos, España ha sido testigo de la desaparición de varias especies a lo largo de los últimos siglos, especialmente entre los insectos y otros pequeños invertebrados. De nuevo, la alteración y destrucción de hábitats, la contaminación de suelos y aguas, así como el cambio climático, han provocado la extinción local o total de algunos artrópodos endémicos. Entre los ejemplos más destacados se encuentran ciertos escarabajos acuáticos y mariposas, como la Lycaena dispar (mariposa de cobre grande), que ha desaparecido de varias regiones donde antes era común. Asimismo, algunos coleópteros endémicos de humedales y lagunas, como el Graphoderus bilineatus, han visto reducidas sus poblaciones hasta el punto de estar considerados extintos en determinadas áreas del país. Estos casos reflejan la vulnerabilidad de los artrópodos frente a las presiones ambientales y la necesidad de reforzar las medidas de conservación para proteger la biodiversidad invertebrada en España.
En resumen, aunque el cambio climático está contribuyendo significativamente a la pérdida de diversidad biológica en España, no existe una cifra oficial de extinciones exclusivamente causadas por este fenómeno, debido a la complejidad de los factores implicados y la dificultad de establecer una relación causal directa en cada caso.
No obstante, si esto es así sólo en la península ibérica, cuando se añaden todos los demás países del mundo la lista se incrementa notablemente. Aunque la cantidad exacta de especies que habrán desaparecido a mediados de este siglo XXI es difícil de precisar, ya que depende de numerosos factores como el ritmo del cambio climático, la eficacia de las medidas de conservación y la presión humana sobre los ecosistemas. Sin embargo, estimaciones científicas globales sugieren que, si las tendencias actuales continúan, podríamos estar ante la desaparición de entre el 20% y el 30% de todas las especies animales y vegetales conocidas antes de 2050. En España, aunque no hay cifras oficiales específicas para el país, se prevé que varias decenas de especies endémicas y vulnerables podrían extinguirse si no se toman medidas urgentes de protección y restauración de hábitats. Esta pérdida supondría un grave impacto en la biodiversidad y el equilibrio ecológico tanto a nivel nacional como internacional.
Hace unos veinte años, el biólogo estadounidense Edward O. Wilson denunciaba que, desde el año 1973, en que el Congreso de los Estados Unidos aprobó la Ley de Protección de las Especies en Peligro, más de 100 especies se habían extinguido. Tales como el coquí dorado (Eleutherodactylus jasperi), la rana arborícola de Puesto Rico; la mariposa azul de California (Glaucopsyche xerces); el gorjeador de Bachmann, una especie de ave migratoria del este de los Estados Unidos y tres especies de aves terrestres que existían solamente en Guam, como el vistoso cardenal melívoro.[1] Las causas de tales extinciones eran la pérdida del hábitat, la introducción de especies foráneas daniñas (invasoras), la contaminación, la superpoblación humana, así como la explotación excesiva (caza, pesca, recolección, etc.). Wilson terminaba diciendo que “no cabe dudar de que somos el gran meteorito de estos tiempos ni de que hemos iniciado el sexto cataclismo de la historia fanerozoica.”[2]
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No sé si somos tan nefastos como aquél gran meteorito que mató a los dinosaurios, pero lo que sí es cierto es que estamos ante un momento crítico en la historia de la Tierra. Un tiempo en el que debemos decidir nuestro futuro: o creamos una alianza global para proteger el planeta y cuidarnos unos a otros, o vamos derechos a nuestra propia destrucción y la del resto de la vida. Por supuesto, el mundo se acabará cuando Dios quiera y ningún humano sabe cuándo será esto, pero es evidente que con nuestra actitud actual se lo estamos poniendo cada vez más fácil.
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[1] Wilson, E. O., 2006, La Creación, Katz, Buernos Aires, p. 113.
[2] Ibid., 122.
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