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Carlos Monsiváis: lector de la Biblia del Oso

Monsiváis dejó plena constancia a lo largo de su amplísima obra de la influencia recibida por su constante lectura de las Escrituras.

KAIRóS Y CRONOS AUTOR 84/Carlos_Martinez_Garcia 31 DE AGOSTO DE 2025 09:00 h
Carlos Martínez García y Carlos Monsiváis, conversando, en 2009 (foto retocada con IA).

Por invitación de la Librería Maranatha ayer di una conferencia titulada como el encabezado del presente artículo. Reproduzco la versión escrita, en la cual basé mi exposición oral.



El libro más leído por Carlos Monsiváis fue la Biblia del Oso. Ésta vio la luz en septiembre de 1569 y su traductor, Casiodoro de Reina, tardó doce años en realizar la traducción al español. Monsiváis leyó desde su infancia la obra y, como él dijo, se plasmó en su ADN. El aserto puede corroborarse plenamente al revisar la producción bibliográfica de Monsiváis, desde su primer libro en el que reúne crónicas, publicado en 1969, Principados y potestades (título que hace eco de un pasaje bíblico, Efesios 6:12), hasta el último, Apocalipstick, de 2009, donde adopta la mirada de Juan de Patmos, autor de la última sección del Nuevo Testamento.[1] Monsiváis adaptó en su descripción de la Ciudad de México varios elementos del imaginario de Apocalipsis.



En 2019 se cumplieron 450 años de la publicación de Biblia del Oso, llamada así por el grabado en la portada que incluye a dicho animal intentando alcanzar un panal. Aunque no se puede afirmar con certeza, los especialistas en el tema consideran que el año más probable en que nació el traductor de la obra habría sido 1520. Casiodoro de Reina ingresó al Monasterio de San Isidoro del Campo, en las afueras de Sevilla, donde los monjes paulatinamente fueron adoptando postulados de la Reforma protestante. Hacía finales del verano o principios de otoño de 1557, Reina y otros de sus condiscípulos, de forma escalonada, huyeron de España para evadir a la Inquisición, dado que sospechaban que el organismo represor los tenía en la mira. Residió cerca de un año en Ginebra, donde Juan Calvino encabezaba el movimiento reformador. En desacuerdo por la forma en que Calvino dominaba religiosamente la ciudad, Casiodoro de Reina consideró que tendría mejores condiciones en otra urbe y eligió asentarse en Londres.



A causa de distintas señales que ponían en peligro su vida, Reina debió salir de la capital inglesa en septiembre de 1563. A partir de entonces peregrinó por varios países de Europa e intentó darle continuidad a la traducción de la Biblia al español, la cual hizo no del latín sino de sus idiomas originales: hebreo, porciones en arameo y griego. El emperador Felipe II, informado por sus agentes inquisitoriales del proyecto de Reina, puso precio a la cabeza de Casiodoro. Finalmente, Reina pudo ver cumplido el sueño, gracias a su persistencia y a la red de amigos que lo apoyaron para reunir los fondos necesarios para la impresión. En septiembre de 1569 Reina tuvo en sus manos la Biblia del Oso. Los monjes que huyeron de San Isidoro del Campo y acordaron reencontrarse en Ginebra no se hicieron protestantes después de abandonar España, sino que salieron porque ya eran protestantes. Los prófugos acordaron, como se ha visto, tomar caminos distintos y encontrarse en Ginebra, ciudad en la que Juan Calvino encabezaba la reforma religiosa. Es probable que, al huir de Sevilla, Casiodoro de Reina ya tuviera el propósito de iniciar la traducción de la Biblia al español. Guardaba esperanzas de contar con apoyos y condiciones propicias para emprender el trabajo y lograr verlo publicado.



La Biblia leída asiduamente por Carlos Monsiváis era la revisión Reina-Valera de 1909. Cipriano de Valera, compañero de Reina en el Monasterio de San Isidoro del Campo, en 1557 también huyó de España y en 1602 hizo una adecuación de vocablos de la Biblia del Oso. La obra tuvo más revisiones para suplir términos en desuso por otros más comprensibles y la de 1909 llegaría a ser por varias décadas, hasta que comenzó a usarse más la de 1960, la edición identitaria de los protestantes iberoamericanos. Monsiváis evocaba la función desarrollada por ese volumen en su entorno familiar: “Entre nosotros la Biblia no sólo era el fundamento religioso, sino el lazo de unidad de la razón de ser de la familia. Su papel era muy preciso, la fuente del conocimiento y del comportamiento. Para mi madre, la Biblia era el objeto del cual nunca se desprendía. Era feliz cuando daba clases de Escuela Dominical. Era bibliocéntrica, y con frecuencia en una discusión respondía con versículos [bíblicos]”.[2]



Monsiváis dejó plena constancia a lo largo de su amplísima obra de la influencia recibida por su constante lectura de las Escrituras. Desde que comenzó a destacar en el mundo intelectual mexicano, afirmó una y otra vez la centralidad formativa que tuvo para él la Biblia. Así lo dejó asentado en varios lugares y momentos, por ejemplo, cuando participó en 1965 en el ciclo Narradores ante el público:



De los participantes en este ciclo, soy el único que admira la labor del Ejército de Salvación. Esta declaración no pedida es la sutil manera de indicar que nací, me eduque y me desenvuelvo en el seno de una familia tercamente protestante. Firmes y adelante huestes de la fe. Aprendí a leer sobre las rodillas de una Biblia, a cuya admirable versión castellana de Casiodoro de Reyna y Cipriano de Valera debo la revelación de la literatura que después me confirmarían la Institución de la vida cristiana de Juan Calvino (traducido por De Valera), El paraíso perdido de John Milton y las letras, no siempre felices, de la himnología presbiteriana.[3]



 



Un año después, en términos parecidos y aumentados, Monsiváis traza su itinerario infantil, entre la búsqueda familiar de un espacio menos hostil a sus creencias y primeras lecturas que lo marcaron. Así lo narraba en su Autobiografía, publicada en 1966 e incluida en la serie Nuevos escritores mexicanos del siglo XX presentados por sí mismos:



En el Principio era el Verbo, y a continuación Casiodoro de Reyna y Cipriano de Valera tradujeron la Biblia, y acto seguido aprendí a leer. El mucho estudio aflicción es de la carne, y sin embargo la única característica de mi infancia fue la literatura: himnos conmovedores (“Cristo bendito, yo pobre niño, por tu cariño me allego a Ti, para rogarte humildemente tengas clemente piedad de mí”). Cultura puritana (“Instruye al niño en su carrera y aún cuando fuere viejo no se apartará de ella”), y libros ejemplares: (El progreso del peregrino de John Bunyan; En sus pasos o ¿Qué haría Jesús?; El Paraíso Perdido, La institución de la vida cristiana de Calvino, Bosquejo de dogmática de Karl Barth). Mi verdadero lugar de formación fue la Escuela Dominical. Allí en el contacto semanal con quienes aceptaban y compartían mis creencias me dispuse a resistir el escarnio de una primaria oficial donde los niños católicos denostaban a la evidente minoría protestante, siempre representada por mí. Allí, en la Escuela Dominical, también aprendí versículos, muchos versículos de memoria y pude en dos segundos encontrar cualquier cita bíblica. El momento culminante de mi niñez ocurrió un Domingo de Ramos cuando recité, ida y vuelta a contrarreloj, todos los libros de la Biblia en un tiempo récord: Génesiséxodolevíticonúmerosdeuteronomio.[4]



 



En el 2006, cuatro décadas después de lo escrito en su Autobiografía, al recibir el Premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, cuando José Emilio Pacheco tuvo a su cargo la presentación del galardonado, Carlos hizo la infaltable referencia al papel de la Biblia en su formación personal e intelectual:



¿Estas notas son biográficas o autobibliográficas? Si son lo segundo, como creo, menciono de inmediato el libro primordial en mi formación de lector: la Biblia, en la versión del reformado Casiodoro de Reina, revisada por Cipriano de Valera. En mi niñez Reina y Valera me entregaron mi primera perdurable noticia de la grandeza del idioma, de la belleza literaria que uno (si quiere) le adjudica a la inspiración divina. Dice el salmista [Salmo 19:1-2]: “Los cielos cuentan la gloria de Dios y la expansión denuncia la obra de sus manos. El un día emite palabra al otro día, y la una noche a la otra noche declara sabiduría”. Desde que oí esto maravillado a los ocho o nueve años de edad, con otras palabras, es decir, con otra perspectiva, es decir, ajeno a lo que voy a decir, advertí que ese idioma de los Siglos de Oro aislaba la grandeza de las palabras, y potenciaba el gozo de algo desconocido, ajeno a lo que oía y leía a diario, distinto por entero de las lecciones de Escuela Dominical, y de las reivindicaciones y temores de la minoría protestante. La Biblia de Reina-Valera es una obra maestra del idioma.[5]



 



La impronta bíblica en Monsiváis ha sido percibida en distintos grados por algunos escritores y escritoras. En ocasiones nada más enunciando la presencia de las Escrituras en la obra de Carlos, otras veces percibiendo más allá de citas de versículos e intentando comprender cómo el imaginario bíblico, en la traducción de Reina y Valera, se ha filtrado en la producción intelectual del cronista.



Para Sergio Pitol el entramado bíblico es parte constituyente de la obra monsivaisiana, lo que explica de alguna manera la excepcional textura de la escritura del autor, sus múltiples veladuras, sus reticencias y revelaciones, los sabiamente empleados claroscuros, la variedad de ritmos, su secreto esplendor”.[6] Más adelante, en el mismo ensayo, Pitol profundiza en el trasfondo que singulariza la escritura de Monsiváis:



El lenguaje bíblico tuvo que aceptar, me imagino que no sin reticencias, ritmos y palabras que en su mayor parte le eran antagónicos; su superficie se revistió con una tonalidad ajena que progresivamente lo fue permeando. La pasión ya manifestada desde entonces [en la juventud de Carlos Monsiváis] logró penetrar e incorporarse al edificio majestuoso construido por Casiodoro de Reina […] El fuego de revelación que yace en el interior de la palabra sagrada logra poner en movimiento todas las energías del lenguaje […] Escribir es, pues, un resultado del azar, del instinto, un acto involuntario, en fin, una fatalidad. Monsiváis por todo ello, estaba destinado a ser escritor. Pero lo hubiera sido de modo muy diferente si su oído no se hubiera adiestrado desde la niñez en la poderosa lengua de Casiodoro de Reina, el español del siglo XVI.



 



José Emilio Pacheco, a quien como a Sergio Pitol, Monsiváis le descubrió la Biblia Reina-Valera, capturó bien el profundo significado no de la lectura, sino del estudio sistemático de los escritos bíblicos realizado por Carlos: “Ese niño se forma en la Biblia de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, una obra maestra del Siglo de Oro a la que nunca se toma en cuenta como parte esencial de la gran literatura española, mientras para la mayoría de sus contemporáneos la prosa castellana era lo que leían en las más veloces y descuidadas traducciones, pagadas a un céntimo por línea”.[7]



Javier Aranda Luna (“El Génesis de Carlos Monsiváis”) aportó en octubre de 2011 parecer y testimonio con los que se ratifica el que llama “código genético” literario del escritor:



No es una locura imaginar que la verdadera patria de los pueblos protestantes sea un libro, la Biblia. En esa patria nació Carlos Monsiváis uno de los críticos más agudos del México contemporáneo […] Como le gustaba jugar con su memoria y su inteligencia un día le propuse a Carlos Monsiváis un ejercicio singular: yo tomaría una antología de poemas, la abriría al azar y él tenía que decirme quién era el autor de los versos mientras yo los leía. De los catorce poemas que empecé a leer no tardó en identificar a cada uno de sus autores. No sólo eso, cuando yo leía por ejemplo el segundo o el tercer verso él continuaba recitando entre dientes los versos que seguían. No pasé de catorce porque después quise hacer algo similar con una Biblia. Después de que identificó un salmo y un versículo de los evangelios abandoné la empresa. Ese día me enteré que sabía de memoria todos los Salmos, casi todo el libro de Proverbios y no pocos pasajes bíblicos. También ese día me dijo que la mejor traducción al español de la Biblia era la traducción de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera porque su sonoridad rescataba la música del Siglo de Oro español.[8]



 



En vísperas del que habría sido su cumpleaños ochenta y dos, evoqué la impronta del imaginario bíblico en quien llamé “Profeta apocalíptico”.[9] Ávido lector, quien, en la mejor tradición protestante, ejerció el sacerdocio de la lectura, puso sus hallazgos y análisis al servicio de la colectividad. La voraz lectura de libros y revistas le aportó a la matriz cultural en la que se formó instrumentos para leer la realidad y vislumbrar en ella transformaciones socioculturales embrionarias que después se asentaron en el país. Él percibió con agudeza cómo reivindicaciones que inicialmente movilizaban a pequeños grupos iban ganando conciencias en la sociedad mexicana. Su incisiva vena crítica él mismo la identificó en 1965, cuando participó en el ciclo Narradores ante el público:



¿Cuánto sobrevive en mi conducta actual, en mi moralismo ingenuo y formalista, en mi ferocidad autocrítica, de las lecciones de la Escuela Dominical? Si la sala [Manuel M. Ponce, de Bellas Artes], este diván y confesionario, tiene la respuesta, no vacile en dármela. Este hugonote nativo se la implora. Y la herejía, mi falta de solidaridad ante el edipismo nacional que rodea a la Virgen de Guadalupe, me inició en saber qué se siente vivir en la acera de enfrente, el unas veces codiciado y otras aborrecido don de pertenecer a las minorías.



 



El entrañable Carlos tuvo la generosidad de escribirme dedicatorias en varios de sus libros. Casi en todas ellas hizo menciones bíblicas. En mi ejemplar de su Autobiografía, además de citar Josué 1:9, Juan 1:1 y Salmo 1:1, incluyó una línea de su himno preferido, Firmes y adelante huestes de la fe, al que consideraba “pieza de resistencia de los sentimientos épicos del protestantismo”.[10]



Conocí bien la casa/biblioteca de Carlos Monsiváis. La recorrí junto con él, era como una enredadera dispersa en distintas habitaciones, tanto en la construcción a la derecha del portón que daba a la calle, como en la del fondo, que era en la que Carlos trabajaba y recibía visitas. La última vez que estuve allí, junto con un buen amigo de ambos, Carlos Mondragón, 6 de noviembre de 2009, este último videograbó nuestra conversación y tomó fotos de los atiborrados libreros. Nos invitó a que lo visitáramos en Cuernavaca, a donde su médico le sugirió pasar tantos días como más pudiera porque sería bueno para mejorar en algo su deteriorada salud. Por distintas razones no fuimos, lo que nos reprochamos.



En varias ocasiones pospuse conocer la biblioteca de Monsiváis alojada en la Biblioteca de México. La visité en días de guardar (título de uno de sus libros), el jueves de Semana Santa del 2023. Los miles de libros que se apiñaban caóticamente en casa de Carlos están bien resguardados, catalogados y a disposición del público en la biblioteca que lleva su nombre. Se localiza junto a los acervos de otros cuatro escritores: José Luis Martínez, Jaime García Terrés, Antonio Castro Leal y Alí Chumacero. Forman parte de las bibliotecas personales en la Biblioteca de México, en la Ciudadela, cerca del Metro Balderas. El joven Monsiváis, junto con José Emilio Pacheco, visitaba a fines de los cincuentas del siglo XX el lugar para conversar con José Vasconcelos, primer director del recinto.



Beatriz Sánchez Monsiváis, prima de Carlos, tuvo la deferencia de contactarme con el coordinador de las Bibliotecas Personales, Javier Castrejón Acosta, para conversar con él y me proporcionara información acerca de la extensa bibliografía depositada en los libreros. Monsiváis calculaba poseía más de 20 mil volúmenes. No estaba lejos su cálculo de los libros que finalmente han sido catalogados: son 26 mil 935. Además hay que sumar las 18 mil piezas documentales (revistas, periódicos, cartas, manuscritos) alojadas en el fondo reservado y que todavía no está abierto al público. Y no lo está porque continúa en proceso de clasificación con el fin de tener localizados escritos de Carlos en publicaciones periódicas de México y el extranjero.



Justo después de cruzar la entrada de la Biblioteca Carlos Monsiváis está una amplia vitrina con varios objetos muy apreciados por el escritor. Uno de ellos llamó mi atención, la edición facsimilar de la Biblia del Oso que yo le entregué. Acerca de ello escribí en otro lugar los pormenores de cómo fui portador del obsequio:



Recibió el voluminoso libro con gran entusiasmo. Puse en manos de Carlos Monsiváis un ejemplar facsimilar de la Biblia del Oso, que le hacía llegar por mi conducto Rolando Gutiérrez Cortés, pastor de la Iglesia Bautista Horeb, en la Ciudad de México, y presidente de la Fraternidad Teológica Latinoamericana.



     El episodio tuvo lugar en la primavera de 1990, en casa del escritor, y recuerdo nítidamente que él recorrió las páginas de esa Biblia con entusiasmo. Conocía bien los avatares por los que debió transitar la traducción de Casiodoro de Reina para ver la luz en 1569. Carlos abrevó toda su vida capítulos y versículos que se grabaron para siempre en su mente en la revisión de 1909 de sus siempre queridos y admirados Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera.



     Leyó con atención la dedicatoria del pastor Gutiérrez Cortés [“A mi fino amigo Carlos Monsiváis, conociendo su deleite por lo inefable, a 25 de abril 1990”]. Después reprodujo en voz alta algunas secciones de sus pasajes favoritos. No faltó entre ellos el Salmo 19. Enfatizó que la sonoridad del lenguaje, su elegancia, el sentido poético eran insuperables si se le comparaba con cualquier traducción de la Biblia. Incontables ocasiones me tocó escuchar tal aseveración, tanto en conversaciones personales como en conferencias públicas.[11]



 



En el muy amplio acervo resguardado en la Biblioteca Carlos Monsiváis hay ocho distintas ediciones de la Biblia, según recuento del investigador Mauricio Sánchez Menchero: la “Biblia Versión Reina-Valera; Biblia de Jerusalén: nueva edición revisada y aumentada; La Santa Biblia. Biblia en español; La Biblia. 2 volúmenes; The New English Bible: with the Apocrypha; The Holy Bible: containing the Old and New Testament; La Santa Biblia traducida de la Vulgata Latina al español. 4 volúmenes y La Biblia Vulgata Latina”.[12]



Es muy justo que el libro matriz del que tanto abrevó Carlos Monsiváis tenga visualmente en su biblioteca un lugar preponderante. Ver la obra y palparla nuevamente fue, de alguna manera, un regreso al momento en que vi cómo dio la bienvenida a la Biblia del Oso. La puso desde el primer día en el librero más cercano al escritorio sobre el que leía y redactó infinidad de escritos. 



 



Algunas fotografías:



 







[photo_footer]Portada de Principados y potestades, libro publicado en 1969[/photo_footer]





[photo_footer]Portada de Apocalipstick, libro publicado en 2009[/photo_footer]





[photo_footer]Carlos Martínez García, “Carlos Monsiváis entre el Génesis y el Apocalipsis”, en La Jornada Semanal, 15 de junio de 2025[/photo_footer]



Biblia del oso - Wikipedia, la enciclopedia libre



[photo_footer]Portada de la Biblia del Oso, publicada en septiembre de 1569[/photo_footer]





[photo_footer]Dedicatoria de Carlos Monsiváis, en su Autobiografía. La primera edición fue publicada en 1966[/photo_footer]





[photo_footer]Carlos Mondragón y Carlos Martínez García en la última visita a Carlos Monsiváis en su casa, 6 de noviembre de 2009[/photo_footer]





[photo_footer]Conversación Carlos Monsiváis y Carlos Martínez García, 6 de noviembre de 2009[/photo_footer]





[photo_footer]Con el facsimilar de la Biblia del Oso En la Biblioteca Carlos Monsiváis (Ciudadela, Ciudad de México)[/photo_footer]





[photo_footer]Facsimilar de la Biblia del Oso, vitrina en la entrada de la Biblioteca Carlos Monsiváis[/photo_footer]





[photo_footer]Dedicatoria en la Biblia del Oso del pastor Rolando Gutiérrez-Cortés a Carlos Monsiváis[/photo_footer]





[photo_footer]Carlos Monsiváis tenía en el librero a sus espaldas El facsimilar de la Biblia del Oso[/photo_footer]



 



*Una versión anterior en Nexos en línea, 19 de junio de 2020 (https://cultura.nexos.com.mx/carlos-monsivais-lector-de-la-biblia-del-oso/?fbclid=IwAR2eJhNqjzYgJ1UJRXnTBtOSmoKkrIrwSUGW04FJYO55KIUZbxPVAB-GheA#_ftn6).



 



[1] Antes de Principados y potestades, Carlos Monsiváis publicó en 1966 Poesía mexicana del siglo XX, Empresas Editoriales, México, volumen en la que selección, notas y resumen cronológico son de su autoría; y Autobiografía, Empresas Editoriales, México. La última de sus obras que alcanzó a ver publicada fue Apocalipstick, Debate, México, 2009. Posteriormente a su deceso vieron la luz varios libros, entre ellos, La cultura mexicana en el siglo XX, El Colegio de México, México, 2010; y Las esencias. Hacia una crónica cultural del Bicentenario de la Independencia, Fondo de Cultura Económica-CONACULTA, México, 2012.



[2] Adela Salinas, Dios y los escritores mexicanos, Editorial Nueva Imagen, 1997, p. 95.



[3] Antonio Acevedo Escobedo (compilador), Los narradores ante el público, primera serie, segunda edición, Editorial Ficticia, 2012, p. 242.



[4] Autobiografía, pp. 13-14.



[5] Las alusiones perdidas, Editorial Anagrama, Barcelona, 2007, p. 31.



[6] “Un lenguaje afianzado en la tradición” en Raquel Serur (coordinadora), La excentricidad del texto. El carácter poético del Nuevo catecismo para indios remisos, UNAM, México, 2010, p. 53.



[7] José Emilio Pacheco, “La iniciación de Monsiváis”, Nexos, mayo de 2008, p. 34.



[8] La Jornada, 19 de octubre de 2011 (https://www.jornada.com.mx/2011/10/19/cultura/a06a1cul). Sobre la Biblia como espacio/terruño identitario ver Hans de Wit, En la dispersión el texto es patria. Introducción a la hermenéutica clásica, moderna y posmoderna, Universidad Bíblica Latinoamericana, San José, 2017.



[9] Carlos Martínez García, “Profeta apocalíptico” en La Jornada, 6 de mayo de 2020 (https://www.jornada.com.mx/2020/05/06/opinion/018a1pol).  



[10] “Repercusiones culturales de la Reforma luterana: entrevista con Carlos Monsiváis”, en Carlos Monsiváis y Carlos Martínez García, Protestantismo, diversidad y tolerancia, Comisión Nacional de los Derechos Humanos, México, 2002, p. 79.



[11] Carlos Martínez García, La Biblia y la iconografía heterodoxa de Carlos Monsiváis, Casa Unida de Publicaciones, México, 2012, p. 108.



[12] Mauricio Sánchez Menchero, “De rincones y esquinas: Carlos Monsiváis: Bibliofilia, dedicatorias y redes culturales”, en Mauricio Sánchez Menchero (coordinador), Carlos Monsiváis: bibliofilia, dedicatorias y redes culturales, Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencia y Humanidades-Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2025, p. 24.


 

 


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