Séptimo artículo de la serie "Recuperando algunos de los pasajes clave sobre misiones".
Este año me han pedido en varias ocasiones que comparta sobre Romanos 10:15. “¿Y cómo predicarán si no son enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio de paz, de los que anuncian el evangelio de las buenas nuevas” (RV60). Es este probablemente uno de los versículos-desafío más potentes de la Palabra. Especialmente la primera parte. Y esto me da la oportunidad de exponer ciertos pensamientos que ya rondaban por mi cabeza sobre el interrogante que plantea Pablo. Ideas que se centran en la cuestión del porqué en nuestro contexto no salen más misioneros. Pero, sobre todo, nos permitirá redescubrir el primer llamamiento y envío de la historia y del tiempo. Por eso es el último artículo de esta “regresión”, porque ya no podremos retroceder más.
En nuestra santa tradición evangélica tenemos varios clichés o estereotipos de los que es difícil zafarse. Clichés que, aunque tienen vínculos con la Palabra, se han generado más a partir de experiencias y expresiones de grandes héroes de la fe “protestante” del pasado, que no por estar forzosamente en plena conformidad con la cosmovisión bíblica. Tradición anglosajona, muy respetable, de grandes e inspiradoras iniciativas individuales, pero a veces lejos del sentir colectivo y altamente comunitario de la cultura propia de la Biblia. Clichés como el del “llamamiento” a cierto país en concreto, como si hubiera que oír una voz venida del cielo y de entrega exclusivamente personalizada, a la que el interpelado no puede o no debe resistirse. Pero por lo mismo, el cliché asume que aquel que no percibe ese “llamado personalizado” no debe darse por aludido. Incluso la pregunta formulada en los términos de “¿por qué no salen más misioneros…?” (como si le echáramos la culpa a los que no salen) es indicativo de que algo erróneo hay en nuestra percepción y puesta en práctica de la misión. Percepción que, aunque en muchos casos no se corresponde directamente con la de las Escrituras, hemos asumido como verdad inapelable y por ello estamos viendo el asunto a medias. ¿A qué me refiero?
El versículo en cuestión no dice “¿Y cómo predicarán si no son llamados?” ni dice “¿y cómo predicarán si no se deciden a salir a las misiones?”. ¡Porque el pasaje no pone el foco sobre los que “salen” o deberían salir, sino sobre los que “envían” o deberían enviar! Pone el acento no en el individuo sino en el colectivo. Así en la mentalidad escritural, el movimiento hacia las naciones no se origina en la persona que se va a desplazar para integrarse a otra cultura, sino en las que lo van a enviar. Y un “modelo” como éste, no empezó con los primeros enviados de la era de la iglesia, sino que tuvo un origen anterior, que es el que le dio sentido a todo lo que vendría después: “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo…” (1Jn 4:9, 10, 14). Tanto en Romanos como en 1ª de Juan el énfasis está en el envío: Gr. apostello. Y en los que envían: personas diferentes y con una carga mayor de responsabilidad que la del enviado (si bien éste no queda exento de responsabilidad). Además, según Jesús, tal como se dio el envío divino así se debe implementar el envío en la iglesia: “Como me envió el Padre, así también yo os envío” (Jn 20:21). Y ¿cómo envió el Padre al Hijo? Pregunta capital, ¡porque la forma en la que envió el Padre nos muestra el patrón de envío a reproducir por nuestra parte!
Por otro lado, a veces parece que la misión se reduce a hacer llegar de la manera que sea el mensaje de la Cruz y la resurrección. Pero la encarnación es la base, el sustrato sobre el que se sustenta el mensaje. Es decir, la esencia del Evangelio se fundamenta en que hubo un primer “enviado”: el Hijo. A quien el Padre envió fuera de su contexto original (la gloria) para que contactara cara a cara con los destinatarios de las buenas nuevas. ¡El mensajero es tan importante como el mensaje! Y Dios quiere seguir haciéndolo así. A saber, quiere seguir enviando hijos e hijas suyas fuera de sus contextos originarios para que lleven en persona y validen con sus vidas el mensaje del Evangelio. Hoy en día no son pocos los que piensan y defienden que a través de Facebook, YouTube, Twitter, Instagram, TikTok, Snapchat, radio o video por stream, etc. ya podemos llegar a los confines de la tierra sin necesidad de desplazarnos hasta allá. Pero a Él no le gustan las entregas impersonales al buzón, sino que prefiere las entregas en persona y a mano, es decir, cara a cara. Y esta es una tarea que ha delegado en su iglesia. De modo que, la clave tanto ayer como hoy para la extensión eficaz del mensaje reside en el “envío” de mensajeros. (Por supuesto esto no quiere decir que debamos desistir de los medios y recursos virtuales, muy efectivos a su vez, sino que lo uno no debe sustituir a lo otro; lo virtual no debe desbancar a lo presencial)
Veamos cómo sin pretenderlo hemos obviado o diluido la verdad bíblica sobre el envío… ¿En qué momento histórico usa el texto bíblico por primera vez la expresión “heme aquí, envíame a mí”? Expresión que rápidamente lleva nuestras mentes a un versículo que se repite habitualmente como el lema por excelencia del llamamiento misionero. Todos los que estamos familiarizados con el tema inmediatamente pensamos en las palabras de Isaías: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí” (Is 6:8). Sin embargo, hubo una ocasión anterior y primera donde alguien dijo “Heme aquí…” que solemos pasar por alto, y esta es de una importancia capital e insoslayable.
Pero antes de concentrarnos en esa primera vez, necesitamos ver que ni siquiera en Isaías se dice “Heme aquí, yo iré…” (como sí se repite en el cántico popularizado por Marcos Witt[1]). No se dice “yo iré”, sino “envíame a mí”. Es decir, en el texto bíblico no se ve a un “emprendedor” que se decide a ir, sino a un alma sumisa que accede a ser enviada. De nuevo el peso de la tarea encomendada se pone sobre los hombros de quienes deben enviar, más que en la iniciativa del que está dispuesto a salir. Este lema (“heme aquí”) que ha inspirado a muchas conferencias misioneras, en realidad pertenece a la primera “conferencia misionera” que tuvo lugar en el tiempo (o quizás incluso antes del tiempo). “Conferencia” que se dio en el cielo:
“Por lo tanto, entrando en el mundo, él dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me preparaste un cuerpo... entonces dije: «¡Heme aquí para hacer, oh Dios, tu voluntad!» como en el rollo del libro está escrito de mí” (Heb 10:5, 7, RV2015).
¿Quién está hablando aquí? El Hijo, poco antes de entrar en el mundo… Y digo que esta “conferencia” quizás tuvo lugar antes del tiempo y no forzosamente en el momento puntual y previo a la encarnación, porque “sus salidas son desde la eternidad” (Miq 5:2) y “Porque Él estaba preparado desde antes de la fundación del mundo, pero se ha manifestado en estos últimos tiempos por amor a vosotros” (1Pe 1:20). Como en la eternidad de Dios no hay ni un “antes” ni un “después”, esto pudo ocurrir desde siempre y a la vez en el instante previo a la entrada del Hijo a la tierra. El caso es que aquí –recreando la situación en una representación escénica– no es el Hijo a quien de repente se le ocurre una idea brillante y le dice al Padre: “¿Sabes qué? He decidido irme al mundo a salvar las almas perdidas, porque las veo como ovejas descarriadas…” Sino que es el Padre quien “echa del nido” al Hijo, o más bien le propone abandonar el hogar celestial para “entrar en el mundo”. El Hijo estaba feliz en la gloria que tenía desde la eternidad pretérita (cf. Jn 17:5), y no es Él quien da el primer paso (quizás estaría absorto diseñando la creación de nuevos mundos… como si de un videojuego se tratara). Es el Padre quien dice –según se desprende de las palabras del Hijo– “los sacrificios y ofrendas del Antiguo Pacto no están sirviendo para liberar el corazón del ser humano caído; ya no me sirven y tenemos que hacer algo distinto… Y bueno, era necesario que mi pueblo pasara por esta experiencia antes de dar el paso para la solución definitiva”. Y es el Padre quien diseña esa solución alternativa a través de la encarnación, de la provisión de “otro” cuerpo para la visitación, la revelación y el sacrificio definitivo. Por eso el Hijo dice: “me preparaste un cuerpo”. La virtud del Hijo no es tomar la iniciativa, sino obedecer sin rechistar; aún más, hacerlo de buena gana (y toda esta escenificación es un desglose temporal y ficticio de lo que, de ser así, ocurriría al unísono y de forma indivisible en la intimidad trinitaria donde el Padre y el Hijo-Verbo son uno y un mismo Dios). ¿Será también que a nosotros lo que nos toca es obedecer más, y hacerlo de buena gana, aunque el tema nos sobrepase…?
¿Por qué son estos detalles tan importantes? Por lo que ya hemos dicho arriba: la iniciativa parte, debe partir del enviador y no del enviado. La responsabilidad principal recae sobre el enviador y no sobre el enviado. Y Jesús quiere que la iglesia reproduzca en el mundo, lo que ocurrió ya antes en el cielo. Y de la forma en la que allí se hizo… Asintiendo a la voluntad del Padre en función de los preparativos hechos. Si el Padre no le hubiera preparado “un cuerpo” al Hijo, ¿cómo habría venido a este mundo? ¿Y cómo habría podido morir en nuestro lugar? Es decir, si no hay unos preparativos como corresponde, raramente habrán enviados. Y aún en el caso de que algunos salgan, serán casos aislados y discordantes con el modelo de la “primera conferencia misionera celestial”. Y si para que se pudiera dar el envío celestial hacían falta preparativos, ¿quién hizo los preparativos, el enviado o el enviador? ¿Quién preparó el modo en el que el enviado adquiriría un cuerpo, el Padre o el Hijo? Este es el punto que debe abrirnos los ojos: no hay más enviados porque no hay más preparativos para enviar. Y esto es así porque en nuestro contexto eclesial evangélico generalmente solemos funcionar al revés del cielo. Sin hacer ningún preparativo esperamos que alguien reciba espontáneamente un “llamado” (si es que lo esperamos), para luego deprisa y corriendo intentar desentrañar cómo se hace eso de enviar misioneros (si es que nos tomamos en serio dicho “llamado”). Empezamos la casa por el tejado.
Para enviar a alguien a la luna, por ejemplo, no podemos esperar que la iniciativa parta del astronauta y que éste se vaya a una ferretería y se construya un cohete de hojalata. Sino que han de combinarse todas las agencias estatales, los recursos de toda una nación y sus mentes más brillantes para programar y hacer viable el viaje, y sobre todo para garantizar la supervivencia de los astronautas. Y aunque estos pasan por un entrenamiento muy exigente, en los fallos, las soluciones debe encontrarlas el equipo de envío, no los astronautas: Dicen: “Houston, tenemos un problema”, no dicen “Houston, ya nos apañaremos”. Les lanzan a ellos la pelota. Porque la responsabilidad del éxito de la expedición recae sobre sus hombros. En los programas espaciales todos son parte activa de la expedición; todos son uno con los astronautas. ¡Todos son astronautas! Cuando pensamos en el envío de misioneros a latitudes sin el entramado de iglesias y recursos que tenemos en nuestros países, estamos hablando de una empresa parecida al envío de alguien a la luna. Tienen que confluir los esfuerzos combinados de muchas iglesias y de programas de capacitación, de logística (o agencias), de sostenimiento y de cobertura espiritual. Y es en este sentido que toda la iglesia va, y que muchas iglesias deben apoyar. Porque se dirigen a un entorno sin el “oxígeno” espiritual y sin las condiciones vitales que sólo hay en su “planeta” (i.e. iglesia) de origen. Es por eso por lo que el Padre le preparó “un cuerpo”, una especie de escafandra, al Hijo. Así, en la iglesia que planificó Jesús todos son parte activa de la misión. Todos son misioneros; sólo que unos son misioneros enviados y los otros son misioneros enviadores. O deberían serlo.
El Hijo no toma la iniciativa, sino que sencillamente accede sumiso a hacer lo que ha planificado y decidido el Padre, diciendo “Heme aquí… para hacer tu voluntad”. De nuevo revisando nuestra forma de leer las Escrituras el archiconocido Juan 3:16 no dice: “De tal manera nos amó el Hijo que decidió venir al mundo…”. Sino que dice: “De tal manera amó Dios… que dio a su Hijo…” Es Dios el Padre quien lo programó todo, hizo los preparativos, envío al Hijo y lo guio y sostuvo a lo largo de todo su ministerio. El Hijo sencillamente fue obediente… Es más, el Hijo dice: “No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, esto también lo hace el Hijo de igual manera” (Jn 5:19). El Padre seguía facilitando toda la estrategia, y seguía ocupándose desde el cielo del buen desarrollo de la labor en la tierra. Trasladándolo a nuestro contexto: Es la iglesia la que tiene que programar, desafiar y detectar a los candidatos, capacitar y hacer los preparativos, facilitar la logística, enviarlos y proveerles lo necesario para su sostén y para la sostenibilidad de la expedición. A los candidatos lo que les toca es ofrecerse en obediencia, como el Hijo, y no salirse del guion; y cumplir lo mejor que puedan con la tarea encomendada. Veámoslo en perspectiva:
Un paquete no se envía a sí mismo. Los misioneros son “el paquete” (y no en el sentido de ser unos desastres). En el llamamiento la iniciativa es de Dios (cf. Gál 1:15: y este es un llamamiento general y global, no de unos pocos y sólo a un país determinado, sino a las naciones todas). En la detección y capacitación de los que vayan a ser enviados la iniciativa es, debería ser, del liderazgo de la iglesia. Por eso el Espíritu Santo no le dice a Pablo y Bernabé “iros”, sino que le dice al resto de líderes en Antioquía “Apartadme a…” (Hch 13:2). Y ellos, no ponen excusas ni dicen “es que no sabemos cómo hacerlo”, sino que sencillamente “…los enviaron” (Hch 13:3, LBLA). Algo parecido ocurre con Timoteo. Timoteo no oye una voz celestial que lo llama a las misiones. Más bien es Pablo que llega a la región de Listra e Iconio y son los hermanos quienes dan “buen testimonio” acerca de él. Es decir, llaman su atención acerca del potencial de este candidato. Y es Pablo quien decide llevárselo. Y Timoteo hasta donde sabemos, simplemente accede sin rechistar (así como no rechistan las iglesias en las que Timoteo ministraba). Incluso se dice que Pablo lo “circuncidó por causa de los judíos” (Hch 16:3). Por tanto, la “encomendación” acelerada que tuvo Timoteo ni fue fácil ni fue agradable. No se trata de buscar la salida más fácil.
De nuevo la iniciativa es de todos menos del que sale (y esto no quiere decir que el que sale no tenga que asentir y verlo claro delante del Señor; ni quiere decir, visto lo dicho arriba, que el enviado no tenga responsabilidad en el cumplimiento adecuado de la tarea). Pero nos da una perspectiva que contrasta notablemente con nuestra “tradición” misionera. ¡Le da totalmente la vuelta a la tortilla! Y lo mismo ocurre en todos los pasajes donde el que va para algún cometido, va porque es enviado y no va por iniciativa propia: Hch 8:14; 9:30, 38; 11:22; 15:22, 25, 27, 30, 33; 16:3; 17:10; 1Co 4:17; 16:3; 2Co 8:18, 22; 9:3; 12:17; Flp 2:19, 23, 25, 28; Col 4:8; 1Ts 3:2; etc. Por eso Pablo le pide a Timoteo que se acuerde y avive “el don que… le fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio” (1Ti 4:14). Es decir, fueron los líderes de la iglesia quienes discernieron y comunicaron en declaración profética cuál sería su labor (indicándole aquello a lo que el Señor lo estaba llamando). Y no fue Timoteo quien tomó la iniciativa. ¿Por qué no salen más misioneros? Porque no son desafiados proféticamente, no se hacen los preparativos previos, ni se ofrece la capacitación necesaria, y la/s iglesia/s no toma/n la iniciativa de enviar al costo que sea.
Veamos de dónde viene esta tradición “desajustada” que hoy impera en el campo protestante-evangélico. Es decir, ¿dónde fue que la cosmovisión bíblica, no digo que se perdiera, ni mucho menos, pero sí que quedó alterada y desprovista del énfasis celestial? Y para ponerlo de una manera gráfica, con todos mis respetos, voy a ejemplificar la respuesta con el archiconocido desafío que William Carey lanzó a la Junta Bautista antes de salir para la India a finales del siglo XVIII. Él dijo: “La India es un pozo profundo y oscuro al que yo estoy dispuesto a bajar, si ustedes sujetan la cuerda”. En realidad, según lo visto arriba, deberían haber sido los miembros de la Junta quienes dijeran a Carey: “Tú bajarás al pozo… porque nosotros sujetaremos la cuerda”. Es decir, en vez de un planteamiento condicional y que parte del candidato (“Yo iré SI sostenéis la cuerda…”), debería haber sido una decisión tomada por la iglesia y sin condiciones (“…irás PORQUE nosotros hemos tomado la decisión de sostener la cuerda”). Sin embargo, ¡gloria a Dios por lo que propuso Carey! Porque de no haber hecho la propuesta que hizo no se habría iniciado el movimiento misionero protestante contemporáneo. Pero sin quererlo, nos “condenó” (nos condicionó) a tener que esperar que los candidatos “se busquen la vida”, en vez de asumir que es/son la/s iglesia/s con todos sus miembros la/s que tiene/n que buscar-generar los mecanismos de salida, y encontrar, alentar y equipar a los candidatos que vayan a salir.
En nuestro caso, en la época en que dimos el paso para salir a la obra transcultural, no sólo las iglesias en España en general no veían eso de salir a las naciones (no así nuestra iglesia local, que sí promovía y apoyaba la salida al campo), sino que incluso algunas voces decían, “vosotros, vale… haced lo que querías, ya sois mayorcitos, ¿pero qué culpa tiene vuestro hijo?” Como si afrontar el desafío misionero implicara echar el futuro de tus hijos por la borda. Pues bien, nuestros hijos han tenido a mano muchísimas más oportunidades para su “futuro” que si nos hubiéramos quedado en España. Además de cuatro lenguas maternas, han podido estudiar en las mejores condiciones, hacer carrera y seguir utilizando sus dones y profesiones para servir en la obra. “Sacrificar” a los hijos en obediencia al Señor como lo hiciera Abraham (sin usar esto de excusa para desatenderlos, ni para anular sus personalidades o sus preferencias en la vida), es decir, ofrecérselos para que Él decida el futuro de ellos, es recuperarlos “de entre los muertos” (Heb 11:19). Quizás hoy no pocos hijos e hijas de creyentes se pierden porque no tienen una perspectiva o aliciente de servicio en la obra, porque los padres no se lo hemos sabido inculcar, porque quizás nos parecía malograrles el futuro. ¿Qué mejor futuro podrían tener que dedicarse a aquello que trascenderá a sus vidas en este mundo y perdurará por la eternidad?
Resumiendo, y para concluir: Si toda la iglesia es misionera y todos son misioneros en la iglesia –empezando por lo más básico– los padres y las madres deberían ser los primeros en enviar, es decir, en animar a salir a los hijos e hijas (“…hasta ser congregación de pueblos. …Así envió Isaac á Jacob”, Gn 28:3, 5). Los pastores deben enviar a sus ovejas a pesar de los riesgos (“Yo os envío como ovejas en medio de lobos… y hasta seréis llevados delante de gobernadores y reyes por mi causa, como un testimonio a ellos y a los gentiles”, Mt 10:16… 18). Las iglesias deben acompañar a sus miembros salientes, y enviarlos con sus oraciones, palabras de apoyo y ofrendas (“todos vosotros sois participantes conmigo… en la extensión del evangelio”, Flp 1:7-8). Los discipuladores deben preparar a sus pupilos, para que estén abiertos a cualquier llamado del Señor (“Había entonces un discípulo... el Señor dijo en visión: Ananías. Y él respondió: Heme aquí...”, Hch 9:10). Las congregaciones deben enviar a sus mejores talentos, dispuestos a desprenderse de ellos y llenar el hueco que dejarán en el ministerio local (“los hermanos daban buen testimonio de Timoteo... Y quiso Pablo que este fuese con él”, Hch 16:2-3). Y los de un país deben enviar a otros países, para ser Su mano de ayuda alcanzando los extremos de la tierra (“Un varón Macedonio se puso delante, rogándole, y diciendo: Pasa a Macedonia, y ayúdanos”, Hch 16:9).
La pregunta sigue resonando desde hace 2000 años: “¿Y cómo predicarán si no son enviados?”. ¡Potente desafío! Pastor, anciano, creyente, discípulo, iglesia, padre, madre, hijo, hija… ¿a quién y cómo lo vas a enviar? Y ¿qué pasos vas a dar hasta que el envío sea una realidad…? Infórmate, investiga, descubre los recursos existentes para movilizar, los centros o programas de capacitación, las fraternidades de iglesias, agencias o canales a través de los que enviar: ¿Qué problemas han tenido que resolver y qué obstáculos han tenido que superar? Y ¿cómo lo han hecho? Busca unir fuerzas con otros para suplir aquello que excede, como es lógico, a tu capacidad local. Averigua quienes están en el campo y te pueden asesorar… Pero da un paso adelante, a pesar de todas las incógnitas que todavía necesites resolver. Porque no estás solo…
En definitiva, envía ¡porque eres el enviador que Dios quiere usar!
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PARA REFLEXIONAR:
Para más información sobre misiones puedes ponerte en contacto con: https://alianzaevangelica.es/iglesia-y-mision/misiones/
[1] “Heme aquí, yo iré, Señor… Envíame a mí. Que dispuesto estoy. Llevaré tu gloria a las naciones”.
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