El País ha publicado en su edición de este sábado un bochornoso artículo sobre el crecimiento de iglesias evangélicas en la zona de Carabanchel.
Tan poquita cosa como parecen, van contagiando su enfermedad de boca en boca y por lo bajini.
“No es una novela sobre el silencio de Dios –decía Endô, el escritor católico japonés, cuyo libro acaba de llevar Scorsese al cine–. Es una novela sobre cómo Dios habla en el silencio y el trauma”.
La primera motivación del director Philip Gröning cuando se puso en contacto con el Grande Chartreuse (monasterio de la orden de los Cartujos) era rodar una película sobre el tiempo.
El silencio nos aporta la claridad que necesitamos para poder ver las situaciones de forma distinta.
Quienes hacen la paz serán llamados hijos de Dios porque en realidad actúan como su Padre celestial.
Un grito que debió impactar y con el que se deben identificar todos los abandonados del mundo hoy.
No queremos a Dios en nuestra vida cotidiana pero nos preguntamos dónde está en medio de la tragedia.
La meditación silenciosa y reflexiva es un arte perdido en este tiempo, la prisa y la impaciencia de la vida moderna nos atrapan constantemente.
¿Tan necios somos los humanos, los cristianos, que aún no nos hemos dado cuenta que Dios es el gran ausente, el gran oculto y mudo cuando estamos de espaldas al dolor de los pobres y oprimidos?
Saber distinguir cuándo hablar y cuándo callar, todo un reto.
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