Teórico y practicante de la misión, Rooy llega a esta edad con la certeza del deber cumplido.
Sidney Rooy y algunas de sus obras.
Volviendo a los reformadores, había subrayado como principio inamovible la conjunción de la Palabra y el Espíritu en el proceso epistemológico. Tal método explica la diversidad de interpretaciones de los mismos acontecimientos revelatorios en diversos contextos y rechaza la posibilidad de la construcción de un gran sistema teológico racionalmente demostrable.1
S.H.R.
Dos personas muy relevantes del ámbito evangélico latinoamericano cumplen 100 años en este mes de septiembre. El primero, Sidney H. Rooy, el día 16, y José Luis Velazco, el 30. Ambos pertenecen a la tradición reformada/calvinista, aunque con diferentes trasfondos y experiencias. Rooy, de familia holandesa, nació en Iowa, Estados Unidos, y se forjó como pastor y teólogo en el contexto conservador de su denominación, la Iglesia Cristiana Reformada (CRC, por sus siglas en inglés), una denominación de larga trayectoria misionera en el continente latinoamericano y que ha atravesado por diversas etapas en ese proceso de lo cual se da fe en varios trabajos de Rooy.
Luego de una infancia y adolescencia completamente rurales, de sus estudios en el Colegio y el Seminario Calvino (Grand Rapids, Michigan), y de algunas experiencias pastorales, sobre todo en Nueva Jersey, y de una Maestría en el Seminario Unión (lo que le permitió seguir cursos con profesores como P. Tillich, R. Niebuhr, O. Cullmann, J. Baillie y P. Ricœur), concluyó el doctorado en la Universidad Libre de Ámsterdam. Allí aprovechó la cercanía geográfica para asistir a algunas sesiones preconciliares sobre el papel del episcopado frente al papado.
Después aceptó la invitación para colaborar con las Iglesias Reformadas Argentinas en Comodoro Rivadavia, adonde se trasladó con su familia para ejercer labores pastorales. Posteriormente, en 1969, apenas transcurrido un mes del primer Congreso Latinoamericano de Evangelización (Clade), su primer contacto con dirigentes y teólogos evangélicos latinoamericanos, se integró como profesor de la historia de la iglesia en el Instituto Superior Evangélico de Estudios Teológicos (ISEDET), adonde permaneció hasta 1991. Eso le permitió experimentar los duros años del golpe de estado (1976) y la dictadura. Llegó a ser decano, rector interino y profesor emérito de la institución y fue presidente de la Asociación de Seminarios e Instituciones Teológicas del Cono Sur (ASIT). Es miembro de la Fraternidad Teológica Latinoamericana y formó parte de su comisión directiva entre 1980 y 1988.
A partir de su jubilación (1991), enseñó como profesor fraternal en Costa Rica y Nicaragua (1992-2001). Sus publicaciones incluyen: Theology of missions in the Puritan tradition (1965), Lutero, ayer y hoy (1983, ed.), Lutero y la misión. Teología y práctica de la misión en Martín Lutero (1999), Misión y encuentro de culturas (2001), Presencia cristiana en el mundo académico. El testimonio evangélico hacia el tercer milenio: Palabra Espíritu y misión (2001, comp.) y numerosos artículos, algunos integrados a libros en español e inglés. Entre ellos pueden mencionarse: “Pautas teológicas para el encuentro con el otro”, “Misión, ministerios y educación teológica”, “La fe cristiana en el contexto de otras culturas”, “Relaciones de la iglesia con el poder político. Modelo reformado”, “La búsqueda histórica de las bases bíblicas de la misión”, “Las agencias misioneras en América Latina frente al paradigma ecuménico emergente”, “El uso de la Biblia a través de la historia de la iglesia”, “Educación para la vida: la búsqueda de sabiduría en el supermercado de valores”, “Los indígenas de Chimborazo y la evangelización protestante: la consolidación”. Vive desde 2001 en Penney Farms, Florida.
Buena parte de esta información procede de “Hijo de la Reforma”, el testimonio incluido en Hacia una teología evangélica latinoamericana, volumen de homenaje a Pedro Savage publicado en 1984. Allí describe minuciosamente sus varios procesos de adaptación desde los tiempos tempranos en los campos de Iowa, su llegada a Michigan, a Nueva Jersey y a Argentina como parte de un periplo que lo sacó del provincianismo para conocer la realidad latinoamericana en toda su intensidad. El texto permite comprender cómo debía transformarse la mentalidad de un pastor, teólogo y misionero trasplantado a otros ambientes sociales. El progresivo desarrollo teológico le permitió avanzar hacia una conciencia cada vez más clara de la forma en que la iglesia y la misión deben tratar de responder a las exigencias humanas, algo que no todos los enviados extranjeros a organizar o a dirigir iglesias en América Latina alcanzaron a percibir. Su estancia en Argentina lo convirtió en un profesor-misionero sui generis por causa de su origen y experiencia.
Así describe su despertar teológico y espiritual ante las nuevas condiciones de vida que conoció de primera mano. Sus preguntas de amplio aliento resultan estrujantes incluso en la actualidad:
¿Cómo encarnarse en pueblos de otras culturas y religiones de tal manera que nazca y crezca el amor de Dios en Jesucristo entre ellos? […]
¿Cuáles son las causas de la pobreza? ¿Es cierto que los pobres son los que no trabajan, como dicen muchos? Cuando vemos a los peones del campo, a los obreros de las fábricas, a los cosechadores de caña o de café, nos parece que los pobres son los que trabajan, y los adinerados, los que dirigen. ¿Por qué es una nación más pobre o más rica que otra? ¿Es una providencia de Dios, o es un pueblo más inteligente que otro, o son las reglas de juego que hacen que el que está abajo, siempre se quede abajo? ¿Por qué va aumentando la distancia entre las naciones ricas y las naciones pobres? ¿Es casualidad que los más afortunados sean los del hemisferio norte y los más desafortunados los del sur? ¿Qué dice la Biblia sobre nuestras desigualdades? ¿Dicen los profetas y Jesús que los ricos son más virtuosos y los pobres son los haraganes que merecen un mal trato por su indigencia? ¿No son el deseo desordenado de seguridad personal y nacional, el egoísmo y la lucha por el poder los pecados más grandes de nuestros tiempos? ¿No están encarnados en nuestras sociedades y magno-organizaciones de tal manera que dejan al individuo sin poder frente a ellos, tanto en los países ricos como en los países pobres?2
El impacto de estas interrogantes reunidas es máximo a la luz de un caminar cristiano iniciado en la tradición reformada convencional y en un nacionalismo que se fue modificando con el tiempo. Son muestra clara de una auténtica conversión al prójimo latinoamericano que conoció de primera mano. De ahí que su recepción de las teologías de liberación fue mucho más benigna que la de sus colegas misioneros empreñados en demostrar sus desviaciones y supuestos errores de método y aplicación de la fe cristiana a la realidad social:
Se ha hablado mucho en este contexto sobre la teología (prefiero "las teologías") de la liberación. Creo que el Evangelio significa la liberación del pecado en todas sus dimensiones: personal, sicológica y social. Buscamos una evangelización integral. Estoy de acuerdo con las grandes preguntas que estas teologías han venido planteando, aunque no, con todas las metodologías y conclusiones propuestas. Sin embargo,esta teología merece una consideración abierta y seria, puesto que ha nacido del trabajo y compromiso de hombres de Dios que sintieron las necesidades del pueblo. Pocas teologías supieron responder a los urgentes reclamos de los pobres en nuestro medio.3
Su respuesta a ellas fue más bien propositiva y profética, mas no condenatoria, pues se sintió fuertemente acicateado:
El Evangelio de Jesucristo nos exige una respuesta. Solo sirve un discipulado radical, muchas veces sujeto al oprobio y la persecución, lamentablemente a veces de parte de bien intencionados hermanos en la fe. ¡Cuántos de los torturadores en la Argentina tenían una cruz colgada de una cadenita en su cuello! ¡Cuántos “hermanos” defendieron a los militares hasta el final! Ni los mesianismos de la derecha ni de la izquierda nos van a salvar. Nuestro llamado es a tomar la cruz de Cristo, identificarnos en su nombre con opciones concretas, siempre con el riesgo de equivocamos, y comunicar el amor de Dios en la totalidad de la vida.4
Asimismo, su valoración de la Reforma protestante en sus vertientes más y menos visibles no es sólo ecuménica sino equilibrada, complementaria y grandemente iluminadora:
Creo que la reafirmación del sacerdocio universal del creyente de Lutero provee la base de un acercamiento sólido y evangélico al mundo. Si agregamos el gran esfuerzo de Calvino por promover una visión total del Reino de Cristo que abarca tanto lo político como lo eclesiástico, tanto lo económico como lo religioso, tanto lo cultural como lo social, tenemos una base firme para una cosmovisión cristiana que responda a las exigencias de nuestros tiempos. Además, no podemos olvidar nunca la gran sospecha planteada por el movimiento anabautista respecto a la alianza con regímenes políticos, como si éstos fueran portadores de una autoridad sagrada, sin referencia a la forma y al fin con que se ejerce el poder.5
Algo similar a la manera en que articula la valoración del trabajo bíblico-teológico de Lutero encaminado hacia la misión desde el mismo siglo XVI, ofreciendo líneas históricas firmes:
La fe evangélica fue introducida en los países escandinavos por los hombres que estudiaron con Lutero […] De Suecia fueron a trabajar entre los lapones del norte. De Wittenberg salieron Primus y Taber y Baron Ungnad von Sonegg para predicar a los eslavos del sur. Hombres como Gottschalksen (Islandia), Olave y Laurence Petersen (Suecia), Martin Reinhard y Hans Tausan (Dinamarca), Brissmann y Speratus (región báltica), Laski y numerosos estudiantes refugiados (Polonia), Devay (Hungría) y muchos más fueron la clave para la extensión del movimiento reformador. Para Lutero toda esta predicación significó extender el evangelio y la iglesia de Jesucristo.6
En efecto, sus diferentes avances lo fueron haciendo cada vez más un verdadero “hijo de la Reforma” in situ en el devenir de las luchas sociales latinoamericanas. En otro texto de 1989 aterriza mucho la visión del encuentro con el otro, con el diferente, él, que venía del “primer mundo”: “Encontraré en el otro la presencia de Dios. Eso también es un artículo de fe, a veces discutido entre los cristianos. No es que tengo que llevar a Dios al otro, porque ya está. Dios me encuentra en el otro”.7
Su perspectiva sobre la misión se estableció con claridad y la búsqueda histórica de la que habla la ha cumplido a cabalidad en las diversas ocasiones en que ha escrito sobre ella:
Debe ser claro que nuestro entendimiento de esta missio Dei ha estado sujeto a muchas interpretaciones a lo largo de la historia. No sólo eso: ¡cuántas personas y grupos han argumentado con una certeza dogmática que su propia comprensión era la única correcta! Y, por supuesto, con muchos argumentos bíblicos. A tal pretensión le falta la humildad de reconocer nuestras propias limitaciones humanas y la ambigüedad de la realidad histórica en que vivimos. Por lo tanto, cada definición y toda comprensión de las bases bíblicas de la misión son tentativas y están sujetas a una nueva evaluación y cambio. En verdad, cada generación tiene que definir la misión de nuevo.8
Teórico y practicante de la misión, Rooy llega a esta edad con la certeza del deber cumplido y también con la afirmación de una vocación teológica que lo llevó a aquilatar de otra manera los elementos formativos que se transformaron mediante una sólida experiencia enriquecedora. Nos unimos a este gran festejo y celebramos la vida y ministerio de Sidney con inmensa gratitud a Dios.
Notas
1 S.H. Rooy, “Hijo de la Reforma”, en C. René Padilla, ed., Hacia una teología evangélica latinoamericana. Ensayos en honor de Pedro Savage. Miami, Caribe, 1984, p. 129.
2 S.H. Rooy, “Hijo de la Reforma”, pp. 132, 136.
3 Ibid., p. 138.
4 Ibid., pp. 138-139.
5 Ibid., p. 138.
6 S.H. Rooy, Lutero y la misión…, p. 279.
7 S.H. Rooy, “Pautas teológicas para el encuentro con el otro”, en Cuadernos de Teología, ISEDET, vol. X, núm. 2, 1989, p. 30.
8 S.H. Rooy, “La búsqueda histórica de las bases bíblicas de la misión”, en C. René Padilla, ed., Bases bíblicas de la misión. 2ª ed. Buenos Aires, Ediciones Kairós, 2015.
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