La teoría de la evolución no ha logrado explicar hasta el día de hoy esas grandes diferencias entre el hombre y el mono.
Salvador Madariaga.
Salvador de Madariaga, político con responsabilidades de gobierno, filósofo, profesor universitario, intelectual de proyección internacional, fallecido en Suiza en diciembre de 1978, tiene entre sus muchos libros uno de breves páginas titulado Retrato de un hombre de pie.
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En su documentada versión, Madariaga afirma que “el reino animal no logra su única especie vertical hasta que cesa de ser meramente animal y se abre a lo humano. El mono pertenece a una especie completamente distinta a la del hombre y se porta de manera diferente”.
La teoría de la evolución no ha logrado explicar hasta el día de hoy esas grandes diferencias entre el hombre y el mono.
Las primeras dudas sobre el origen de la vida no surgen en el occidente cristiano hasta principios del siglo XVIII.
La historia bíblica de la creación era generalmente aceptada por teólogos, filósofos, científicos e historiadores.
El año 1754 el célebre escritor francés Denis Diderot dijo que en cuestión de un siglo en Europa se produciría “una gran revolución en el campo de la ciencia biológica”.
Años más tarde el naturalista Georges Louis Leclere de Bufon, francés al igual que Diderot, publicó el libro Historia del hombre, donde señalaba la posibilidad de que el hombre pudiera descender por evolución de un ser primitivo.
Unos quince años antes de nacer Carlos Darwin su abuelo Erasmus escribió El templo de la naturaleza, en el que se hacía esta pregunta: “¿Sería demasiado imaginar que durante el gran espacio de tiempo desde que la tierra existe, tal vez millones de años antes del comienzo de la historia humana, todos los animales hayan derivado de una célula viva procedente de la gran causa?”.
Así llegamos a Charles Robert Darwin, 1809-1882. Está considerado como el auténtico padre de la teoría de la evolución. Su padre, médico, quiso que estudiara para Pastor protestante.
Pero las inclinaciones de Darwin eran otras. En 1831, con 22 años, se embarcó con una expedición científica que recorrió el mundo en cinco años.
A su regreso publicó el libro La transmutación de las especies por medio de la selección natural. Después de 21 años, contando él 62, da a luz el libro clave en la teoría de la evolución: Origen del hombre y selección en relación con el sexo.
Prescindiendo de Dios, Darwin escribió que el hombre pudo descender de la familia de los simioides. En sus propias palabras: “De un cuadrúpedo peludo, provisto de cola y de orejas aguzadas, probablemente de costumbres arbóreas y que habitaba en el antiguo continente”.
Se refería a África. Pero este simioide, orangután o chimpancés, ¿de donde procedía? Darwin lo tenía todo previsto. “A su vez, este semioide, como todos los vertebrados, debe remontarse, en su origen primero, a un animal acuático semejante a ascidia, hoja en forma de cuna de mar”.
Muy bonito. Pero el científico inglés olvidó decirnos de dónde salió esa célula marina. Porque si fue ella la que dio principio al espectáculo de la evolución debió de ser una célula viva, porque la vida no puede proceder de la muerte. ¿Y quién la colocó entre las olas del mar? ¿La casualidad? ¿Dios, como apuntó el jesuita Teilhard de Chardin? ¿Y tanto trabajo para llegar a semejante conclusión?
En página 55 de La Biblia del ateo uno de los campeones del ateísmo, el abogado norteamericano Robert Ingersoll alaba la teoría de la evolución y admite su identificación con Darwin. Pues ya sabe de donde procede: Del fondo del mar o de la copa del árbol.
En los Evangelios tenemos dos genealogías de Jesucristo. La de Mateo está escrita de arriba abajo, desde Abraham hasta Jesús. La de Lucas de abajo arriba, desde Jesús a “Cainán, hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios”. ¡Hijo de Dios!
Basta. Somos hijos de Dios, no de una célula marina ni de un mono. Cristo nos enseñó a orar diciendo: “Padre nuestro que estás en los cielos”, no santo orangután que desciende del árbol.
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