Me fui. Y me acerqué a lo que siempre me había atraído: la filosofía.
Foto: Antonio Cárdenas.
Por fin me liberé de la obligación de asistir a las reuniones de la iglesia.
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Estaba harto: de mensajes vacíos, de oír una y otra vez lo mismo de la Biblia, apresado a una supuesta redención con prácticas interminables; harto de cantar en el coro, de reuniones frías, de sentirme endeudado con un Dios que prometía libertad y cuya libertad no llegaba; harto, en definitiva, de no hacer nada que verdaderamente me perteneciera.
Harto de no vivir lo que formalmente profesaba.
Me fui.
Y me acerqué a lo que siempre me había atraído: la filosofía. Pensar nunca había dejado de ser una actividad en mí, aunque la había relegado, permitiendo que la administraran los gurús domésticos del ámbito evangélico.
Algunos eran ciegos, guías de ciegos; los fariseos proselitistas, fabricantes de seres dos veces más hijos del infierno que ellos mismos.
Pero entonces se produjo un giro.
Las clases magistrales de filosofía sí me satisfacían. Los profesores, versados en el conocimiento, hablaban con verdad. Yo me sentía capaz de seguirlos, de comprender, incluso de intervenir.
Sin embargo, al tratarse de un curso de acceso libre —bastaba con tener más de cincuenta y cinco años—, a veces pensaba que algunos asistentes estaban allí por error.
Alguna alumna, por ejemplo: si la hubiera visto haciendo cadeneta en plena clase, no me habría sorprendido. No tenía nada en contra de las amas de casa, pero, con aquella mentalidad de entonces, las situaba fuera de lugar.
O aquel hombre que confesaba sin rubor no haber leído un libro en su vida. ¿Qué hacía allí?, me preguntaba.
Entonces comprendí.
Dios quiso, por su gracia, que aquella “congregación de mansos” —ancianos, sencillos, discretos— sacara de la plaza al toro inútil para la lidia que era yo.
Y así fue: ellos, los incultos a mis ojos; los equivocados, los precarios, los que yo consideraba indignos, fueron quienes, sin discursos ni palabras, me condujeron a lo real.
Su silencio lo dijo todo.
Gracias, Mª Àngels, Pere, Joaquín, Antonia, Enric, Francina, Miguel… ese ejército de gente corriente que no se equivoca porque sabe lo que cree
y porque se mueve por compasión.
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