Para Cárdenas, el propósito de Brahms es demostrar la victoria de Dios sobre la muerte a fin de que cada creyente la haga suya.
El director Sergio Cárdenas y el compositor Johannes Brahms.
El Dios que nos presenta Brahms no es el del oráculo amenazante y terrorista ni el ajustador de cuentas. Es un Dios del consuelo y del regocijo, un Dios que brinda amor y genera esperanza, un Dios creador de la vida para quien la muerte no es cesación de la vida sino un sueño, del que los redimidos despiertan transformados para gozar de la vida eterna en las amorosas moradas de Yahvéh.[1]
S.C.
Ante la inesperada y muy agradecible oportunidad de acompañar al Mtro. Sergio Cárdenas, exdirector de la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo (1975-1979) y de la Orquesta Sinfónica Nacional (1979-1984), Premio Nacional de Bellas Artes y Literatura 2021,[2] en su programa radiofónico (“Oír el mundo”) para comentar el Réquiem alemán (op. 45, -1869) de Johannes Brahms, es muy placentero referirse a ello desde una perspectiva personal. Sobre todo, porque al enterarse progresivamente de la enorme familiaridad que tiene Cárdenas con esa obra (medio siglo ya), el aprendizaje incluye una profundización guiada, literalmente, por la sabía mano de alguien que la tradujo completa al castellano y la ha dirigido en innumerables ocasiones. Entrar a la biografía de Brahms y enterarse de los entretelones de su contexto (la muerte de Robert Schumann y de la madre del compositor) modifica radicalmente la escucha y la apreciación de semejante portento musical. Para quien únicamente recordaba con inmenso deleite las Danzas húngaras por los afanes paternos, el Réquiem ha sido todo un descubrimiento por los alcances de su proyección espiritual y existencial, así como por la posibilidad de reconciliación con la música coral. Además, percibir directamente las profundas raíces bíblicas que este autor, desde su fe tan íntima, manifiesta en cada una de las siete partes, es una experiencia singular capaz de rearticular una visión nueva de la experiencia cristiana.
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Aceptar esa participación en el programa dependió totalmente de la lectura de dos textos de Cárdenas incluidos en Estaciones en la música, el primero de sus libros publicado en 1999 (Conaculta, Lecturas mexicanas, cuarta serie) y recogido en La propia manera de oír el mundo. Textos diversos (2020).[3] “Brahms o el largo camino hacia la luz” y especialmente el que dio título a la emisión: “Brahms, exégeta de la esperanza”, fechado en septiembre de 1997. Para alguien que no es especialista, solamente con esa guía estética e ideológica era posible atreverse a opinar, incluso desde la vertiente teológica, sobre este réquiem cuya duración, proyecto y características son abrumadoras y exigentes. El también autor de Un rap para Mozart (título de otra obra de 2001 y del libro de 2003[4]) presentó su traducción del Réquiem en la primavera de 1980 en el Palacio de Bellas Artes con la Orquesta Sinfónica Nacional y los coros Oratorio de la Alianza Musical Evangélica Nacional (AMÉN), Convivium Musicum y del Conservatorio Nacional de Música,[5] de modo que su dominio de la composición de Brahms es total, en forma y fondo.
Seguir el pulso de la obra en sus siete partes obliga a escuchar con atención el fluir de una música que se despliega desde sus coordenadas temporales y llega hasta el presente para exponer el contenido de una fe religiosa y artística inconmensurable. Trascender el tiempo y dejarse llevar por ella introduce hasta a la persona más neófita a los umbrales de una expresión en la que se funden las creencias más hondas y el talento del creador en su máxima expresión. Para Cárdenas, el propósito de Brahms es demostrar la victoria de Dios sobre la muerte a fin de que cada creyente la haga suya: “...el cristiano luterano o protestante, no solo no le teme a la muerte, sino que la entiende como el último peldaño de la escalera que lleva a la vida eterna”. Todo a partir de una preci(o)sa selección de textos bíblicos tomados de la traducción de Lutero (incluyendo un par de deuterocanónicos) pues, aunque la obra no es en absoluto para uso litúrgico, no le resta peso ni contundencia.
El Réquiem es una pieza que se aleja definitivamente de la Missa pro defunctis. Esta percepción más secularizada, por decirlo así, lo coloca en un plano más terrenal, pero no por ello menos espiritual, en el mejor sentido del término. El análisis minucioso que ha hecho Guillermo Scarabino de sus elementos religiosos permite asomarse no solamente a los detalles técnicos y formales sino al trasfondo religioso y espiritual. Así comienza el estudioso su estudio, situando al Réquiem en un marco conceptual básico: “…una aproximación hermenéutica a la misma debe adentrarse necesariamente en el sentido y la significación de las citas bíblicas, considerando el texto literal, su ordenamiento temporal, su mutua referencialidad, su influencia en, y correlato con, el contenido musical que generan y con el que se integran en una unidad inescindible”.[6] Scarabino lo ubica en la tradición religiosa protestante citando a otro autor: “Leaver ha demostrado la inserción de la obra en una larga tradición de música protestante alemana para funerales, cuyo origen se remonta al propio Lutero y que fue continuada, principalmente, por Heinrich Schütz en el siglo XVII y Johann Sebastian Bach en el XVIII”.[7]
Cárdenas, cómo experto en otras obras similares, marca la distancia exacta del Réquiem de Brahms con ellas: “La distinción es, en lo fundamental, de origen teológico: para los luteranos Schütz, Bach y Brahms, la muerte no equivalía a enfrentar el horror del juicio final, sino a la convicción de la resurrección cristiana que lleva a la paradisíaca vida eterna”. El director se centra en la interpretación teológica partiendo de una comprensión total de los énfasis logrados por la selección de textos sagrados. En ella se nota claramente el trabajo hermenéutico del compositor para armar un sólido concepto que traslada al ámbito musical. Además de la Biblia, agrega, Brahms leyó a Goethe, Schiller, Lessing, Lichtenberg, Cervantes, Boccaccio, Shakespeare, Tieck, Byron y Keller, a juzgar por lo incluido en el inventario que de su herencia se levantó el 12 de mayo de 1897”.
La forma en que Brahms engarzó las citas muestra, por un lado, su conocimiento bíblico atestiguado por las lecturas de que dejó constancia en los ejemplares que usó, y por el otro, su interés en centrarse en el tema de la vida eterna. Ésta es la gran diferencia que encontró Cárdenas, pues en este caso no se trata de una mera hipótesis de fe sino en una afirmación esperanzadora. Acaso el trabajo coral y el estrictamente musical reflejan la ideología religiosa del compositor, quien a toda costa pretende demostrar su fe personal anclada en las promesas de las Escrituras. El ascenso musical hace que se encuentre la bienaventuranza inicial tomada del Evangelio de Mateo con la final, procedente del Apocalipsis. El sentido no es menor: es la afirmación de lo que el Creador hará con su criatura para garantizar el acceso a la vida eterna. Asimismo, hay en el Réquiem una “actitud cristiana no confesional [al evitar] la mención específica de Jesucristo, quien aparece sólo por referencia o al citar sus palabras. Por ello insisto en el teísmo brahmsiano, aspecto que, me parece, confiere universalidad religiosa a esta obra suya, no limitando su mensaje y/o comprensión a la comunidad cristiana, aunque, inequívocamente, su fundamento teológico es de claro perfil cristiano, si bien no cristocéntrico”.
El director explica el desarrollo de la obra mediante finas minucias técnicas para dar lugar a la interpretación teológica que encuentra en el propio autor. Así, cada movimiento, a partir de las referencias bíblicas (con una frase dominante como base), se va mostrando como un elemento que, en conjunto, consigue expresar la creencia profunda en la resurrección:
Las fuerzas musicales que se requieren para su ejecución son: dos solistas vocales (soprano y barítono), coro y orquesta (esta última de diferentes dimensiones, según lo vaya demandando la exégesis musical del texto bíblico). La obra es una verdadera “tour de force” para el coro, aunque también altamente gratificante. Se requiere de un grupo que doble en número de integrantes a los que conformen la orquesta, pero manteniendo la transparencia sonora, la versatilidad vocal, la precisión en la afinación e, idealmente, el involucramiento en lo que se canta. […]
De los solistas vocales se espera, sobre todo, una honestidad musical y espiritual en lo que tienen que decir y no limitarse a entonar las notas musicales asignadas.
En las dos primeras partes, “Benditos son los que lloran” (Mt 5.4), “Que toda carne cual hierba es” (I P 1.24), se capta de inmediato la simetría musical ya mencionada. En la segunda, una zarabanda dramática que desemboca en una frase hímnica (“Los redimidos del Señor volverán”). En la tercera (“Dios, hazme saber que mi vida tiene un fin”, Sal 39.4) comienza con “una conmovedora plegaria del barítono […] que nos llevará a una ferviente fuga […] (“Las almas de los justos están en manos del Señor”), con la que concluye”. La cuarta (“Cuán amables son tus moradas”, Sal 84.1) es el centro de la obra y está escrito “en la tonalidad de Mi-bemol-mayor que, en el contexto de Fa mayor, pertenece a ‘otro mundo’ armónico: Las moradas divinas son ese otro mundo al que se hace referencia”. La quinta (“Tenéis tristeza, pero yo os consolaré”, Jn 16.22) “cautiva con su angelical solo de soprano, que traza una tersa línea melódica sobre un ‘tapete’ coral-orquestal en el que el coro participa en el más puro estilo de las tragedias griegas (como conciencia, explicando el devenir), con intervenciones que deben sonar como se le instruye a la orquesta desde el inicio de esta parte: ‘con sordino’” (énfasis agregado).
La grandiosa sexta parte (Heb 13.14) “inicia con sombríos pasos marciales que rastrean, en do-menor, la ciudad del futuro (Ciudad permanente no tenemos aquí), para, tras breve intervención profética del barítono (Ved, os revelo un misterio), convertirse en una especie de danza macabra (siempre en do menor), que, a su vez, nos lleva a una fuga majestuosa, de claro perfil hímnico-cósmico, en Do-mayor (Dios, eres digno de recibir honor)”. La conexión entre las citas bíblicas que hace Scarabino es ejemplar:
El carácter musical agitado y violento de la Parte 2 (c. 82) es el que histórica y convencionalmente se ha asignado al Dies Irae: así lo hicieron tanto Mozart como Verdi en sus célebres obras sobre dicho texto. Pero Brahms, en cambio, prefirió aplicar tal carácter a la segunda frase del versículo 1 Cor 15.52: Denn es wird die Posaune schallen, und die Toten werden auferstehen unverweslich, und wir werden verwandelt werden [Porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados], con lo que su música no refiere a ‚la ira de Dios, sino a la batalla con, y derrota de, la muerte, y el triunfo de la Resurrección.[8]
La parte final (“Benditos son los que mueren en el Señor de ahora en adelante”, Ap 14.13) está escrita en Fa-mayor lo mismo que la primera, recoge sus ideas musicales y desarrolla la gran afirmación sobre la bendición del descanso en el Señor y el hecho de que sus obras los acompañan. Es la gran poesía consoladora de las afirmaciones escatológicas y apocalípticas.
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Cárdenas recurre a las reflexiones teológicas de grandes pensadores cristianos: Tomás de Aquino, Paul Tillich, Johannes B. Metz aparecen como exponentes de esa misma fe vibrante que una y otra vez refulge en el Réquiem. Y así concluyen sus elucubraciones al respecto del tono teológico de la obra:
En su Réquiem, Brahms hurga en el “logos” de la esperanza (de nuevo San Pablo: “una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve?”, Rom. 8:24) que habita en la teología y en la escatología, en la esperanza que está anidada en el fondo de nuestra alma y en nuestra cotidiana inmediatez, en la esperanza que define y sustenta nuestra existencia. Los ojos del alma brahmsiana han oído la esencia de la esperanza y nos la presenta con una argumentación teológico-musical plausible y seductora, compartiente e inducente, rebosante de aliento y convicción. En Un Réquiem alemán Brahms se volvió exégeta de la esperanza.
Nota. El programa del sábado 14 de febrero, 19 hrs., tiempo de México, lo transmitirá la estación Opus 94 (https://www.imer.mx/opus/).
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[1] S. Cárdenas, La propia manera de oír el mundo. Textos diversos. México, 2020, p. 111.
[2] Cf. E.A.S., “Sergio Cárdenas recibe premio en Bellas Artes 2021 de manos de AMLO”, en Milenio, 17 de noviembre de 2022; L. Cervantes-Ortiz, “Sembrar música: Sergio Cárdenas, Premio Nacional de Bellas Artes 2021”, entrevista, en La Jornada Semanal, núm. 1450, 18 de diciembre de 2022, p. 7.
[3] Cf. L. Cervantes-Ortiz, “‘Fe inquebrantable en la música: La propia manera de oír el mundo’, de Sergio Cárdenas” (fragmento) en Protestante Digital, 6 de noviembre de 2020.
[4] César Güemes, “Un rap mara Mozart”, en La Jornada, 23 de octubre de 2003.
[5] José Barros S., “Requiem”, en Excelsior, 7 de abril de 1980, p. 8-C: “La música está destinada a llevar consuelo a las almas que sufren y por ello el mensaje final es uno pleno de optimismo. Cuando Brahms el agnóstico pide al Señor que le haga saber que su vida tiene un fin y cuál será la duración de sus días, plantea, mediante el texto bíblico, la tremenda interrogante que persiste a través de los siglos”. Gracias al Mtro. Cárdenas por esta aportación hemerográfica.
[6] G. Scarabino, “Religiosidad en Ein deutsches requiem de Brahms: una aproximación hermeneútica”, en Revista del Instituto de Investigación Musicológica “Carlos Vega”, Buenos Aires, Universidad Católica Argentina, año XXVI, núm. 26, 2012, p. 659.
[7] Ibid., p. 661.
[8] Ibid., p. 676.
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