Quien se asomaba a la cueva salía con la vaga impresión de haber estado ante un sabio, aunque sin saber por qué.
Foto: Antonio Cárdenas.
Se decía, con la seguridad con que se dicen las cosas que nadie ha comprobado, que en el mundo solo había un ser excusado de amar.
Todo le estaba permitido porque, en realidad, nada se esperaba de él.
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Se llamaba Papitu.
Vivía recluido en una cueva de la montaña de Montserrat. No era un ermitaño por vocación ni un asceta por mérito; simplemente estaba allí.
A intervalos regulares alguien le dejaba alimento, tabaco y café. Con eso subsistía. No pedía más, acaso porque no sabía pedirlo.
Su discapacidad rozaba lo absoluto. Decían que alcanzaba el 99,9%. Aquella cifra, repetida con solemnidad, justificaba cualquier indulgencia. Papitu no decidía, no elegía, no afirmaba.
A lo sumo, en ocasiones rarísimas, parecía esbozar una negación. Y como no actuaba, tampoco erraba. Su conciencia era considerada virgen, intacta, perfecta. Quien no hace, no peca. Al menos así lo creían los otros.
Nunca se le vio relacionarse con humanos. Sin embargo, balbuceaba palabras incomprensibles dirigidas a presencias que nadie más percibía. A veces asentía en silencio, como si escuchara razones profundas; otras, mascullaba sonidos que parecían reproches.
Quien se asomaba a la cueva salía con la vaga impresión de haber estado ante un sabio, aunque sin saber por qué. Como ocurre con los billetes falsos más peligrosos: engañan porque se parecen demasiado al auténtico.
A la entrada de la cueva crecían pequeñas flores silvestres. Brotaban entre las piedras, humildes y persistentes, ajenas al juicio humano. Papitu pasaba junto a ellas cada día sin mirarlas. Para él no existían.
Hasta que llegó un día distinto.
El cielo se cerró con nubes espesas y el aire se volvió inquieto. Fue entonces cuando Papitu salió de la cueva con el rostro cambiado, como si algo invisible lo hubiese atravesado.
Caminó unos pasos, se detuvo ante las flores y, tras una vacilación larga y torpe, cortó algunas. No todas. Solo las necesarias. Las sostuvo entre sus manos y, con un cuidado inesperado, formó un pequeño ramo.
Los insectos se detuvieron. Los animalillos cercanos parecieron guardar silencio. El mundo, por un instante, observó.
Papitu permaneció allí, con las flores entre las manos, sin saber muy bien qué hacer con ellas. No avanzó ni retrocedió. No llamó a nadie. Pero el gesto ya estaba hecho.
Y entonces surgió la pregunta, inevitable y temblorosa: si algún día Papitu llegara a entregar ese ramo a alguien… ¿seguiría habiendo en el mundo un solo ser excusado de amar?
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