Gran parte del capitalismo de la derecha actual es mundano y carece de corazón. No es el nuestro. El apóstol Santiago bramaba contra él.
Emmanuel Akinte maletin, Unsplash
Vimos en mi anterior artículo que los primeros cristianos, para el establishment, eran desafiantes progresistas, igual que muchos de los grandes movimientos reformadores espirituales de la Historia. Analicemos ahora dos paradigmas de nuestro mundo actual, el capitalismo y el libre mercado.
Decimos que el capitalismo y el libre mercado son dos fundamentos de nuestro modelo político bíblicamente fundamentado. ¿Y en qué criterio bíblico nos apoyamos para decirlo? ¿Se han hecho esta pregunta?
Cuando le pregunté a una evangélica que dirige cursos de formación política cuál era el fundamento bíblico del principio de la propiedad privada, quedó desconcertada y acabó respondiendo: “Los diez mandamientos”. “¿Cuál de ellos?”, le pregunté. “No matarás”, contestó. Nuestra reflexión bíblica aplicada a la política es deficitaria. Tenemos que trabajarla.
Max Weber nos demuestra que el sistema capitalista no tiene su fundamento en la ética protestante, pero la ética protestante permitió su desarrollo eficaz. No es lo mismo una cosa que otra. La distinción es fundamental; de hecho, el concepto de capitalismo que nos presenta la derecha actual es un concepto mundano que desconoce los principios bíblicos, no es el concepto protestante que originó el desarrollo económico de Occidente.
Max Weber nos recuerda el lema de un pensador puritano, que cito de memoria: “La búsqueda de beneficio debe utilizarse en primer lugar para la gloria de Dios y después para sostener a la familia y ayudar al bien común”.
Ciertamente el concepto puritano del bien común se distancia del modelo de la derecha y nos coloca en el progresismo. Para el entorno mundano, el beneficio económico es un fin en sí mismo, y me temo que estamos siendo infectados en nuestras iglesias por ese concepto mundano. Para nosotros el beneficio debe ser un mero instrumento que debe redundar en la solidaridad con los demás; un ejemplo precioso lo tienen en las leyes del rebusco del Antiguo Testamento; saben de lo que estoy hablando, ¿verdad?
Y el objetivo social del beneficio, que la actual derecha ignora, lo encontramos bien descrito en 1Co 16.2 refiriéndose a la solidaridad con los hermanos necesitados: Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado. Que cada uno dedique, en proporción a sus ganancias, una parte de sus beneficios a la solidaridad con los desfavorecidos. Este es el principio ético de la política de impuestos directos progresivos, que tan poco agrada a la derecha de nuestros países.
Hablamos de la parábola de los talentos y de la utilidad de buscar el incremento de beneficio, pero ese beneficio en la parábola no era para que cada siervo se quedase con él.
Imaginemos un sistema político que no permite mantener a perpetuidad en tu propiedad el beneficio de tu trabajo y cada cierto tiempo las propiedades son redistribuidas entre toda la población. ¿Es eso derecha? Parece que no. ¿Es un invento marxista? No. Es la institución del Jubileo, en Lv. 25. Algunos han aducido que es un modelo no para la sociedad, sino para la ética personal, pero parece esta una hermenéutica inadecuada, porque está claro que Lv 25 está hablando de una institución social. La redistribución justa de la renta, que tanto molesta a la derecha, tiene claros fundamentos bíblicos. Y podríamos ratificarlo en la Iglesia primitiva en Hch 2.44-45 y 4.32, un modelo que ni es marxista ni es de derecha.
En cualquier caso, ¿se dan cuenta de que podemos apoyar la propiedad privada, el beneficio y el sistema capitalista, pero nuestro concepto de ellos tiene poco que ver con el de la derecha actual?
El capitalismo de esa derecha ignora los fundamentos bíblicos y busca primordialmente el beneficio propio. Max Weber lo profetizó así hace más de cien años: “En Estados Unidos de América del Norte fue donde arraigó con más ahínco el vehemente anhelo tras la consecución de la ganancia, despojado en la actualidad de su sentimiento tanto ético como religioso [… son] “especialistas desprovistos de espiritualidad, gozantes desprovistos de corazón”.
El desarrollo capitalista en Latinoamérica es el que deja en la cuneta al desvalido, porque cada uno se debe ganar los recursos para la atención sanitaria de su propia familia. Y el que no los tiene, se muere. Esa derecha que bendecimos deja que ancianos se mueran de hambre en las calles de Latinoamérica porque no tienen asegurada la pensión de jubilación, porque cada uno se la tiene que ganar a pulso.
Esa derecha latinoamericana y norteamericana que bendecimos deja que un trabajador se muera de miocardiopatía y su familia se quede en la indigencia porque no ha acumulado beneficio suficiente para pagarse un trasplante de corazón.
El capitalismo que nos vende la derecha actual es mundano y carece de corazón. No es el nuestro. Santiago bramaba contra él: ¡Vamos ahora, ricos! Llorad y aullad por las miserias que os vendrán. Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y devorará del todo vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado tesoros para los días postreros. He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos. (Stg 5.1-4).
Esto lo he visto con mis ojos en empresas españolas en un país del Caribe con el apoyo de la derecha gobernante. ¿Cuándo tendremos el valor de hablar como Santiago en nuestros comunicados?
La función social bíblicamente fundamentada del beneficio no encuentra cabida en esa derecha que tanto nos entusiasma. La sociedad actual necesita un modelo de desarrollo capitalista que recupere los principios éticos de los que hablaba Weber. Sólo los evangélicos podemos hacerlo; no podemos seguir repitiendo el discurso de la derecha actual sin más.
Hablemos ahora del libre mercado. De nuevo debemos preguntarnos si defendemos el mismo modelo que la derecha latinoamericana. En ese modelo la intervención moduladora del estado es mínima, y las grandes corporaciones se aprovechan de ello para especular con el mercado, imponer sus condiciones y expandir sus beneficios sin considerar las repercusiones sobre la cesta de la compra de las familias.
Una buena definición de ese modelo la encontramos en Amós 8.5: Allí los especuladores del mercado dicen: ¿Cuándo pasará el mes, y venderemos el trigo; y la semana, y abriremos los graneros del pan, y achicaremos la medida, y subiremos el precio?
En ese modelo los que acumulan capital pueden permitirse manipular el mercado para obtener beneficio ajustando a su gusto los momentos de compra y venta, manipulando la oferta, la demanda y los stocks y con ello los precios; lo podemos ver en el mercado de materias primas que producimos en Latinoamérica. La consecuencia es la miseria de los pobres, el hambre de las familias. ¿Es este nuestro modelo de libre mercado?
Amós advierte: Oíd esto, los que explotáis a los menesterosos, y arruináis a los pobres de la tierra, diciendo…” [y sigue el texto que acabamos de citar]: “para comprar los pobres por dinero, y los necesitados por un par de zapatos” Y concluye: “Jehová juró por la gloria de Jacob: No me olvidaré jamás de todas sus obras.” Algunos hermanos dicen que no debemos hablar de “justicia social” porque eso es cosa de la izquierda. Pues si este texto no es justicia social, a ver cómo le llamamos.
Lo paradójico es que ese concepto mundano del libre mercado lo defienden las multinacionales a las que la derecha les asegura privilegios, pero lo encontramos igualmente en Soros, un militante de la izquierda que ha manipulado y provocado vuelcos en la bolsa, y en un gobierno de izquierda, el de la R. P. China, que está además comprando deuda pública de nuestros países, sin que los gobiernos de derecha se resistan.
Cuando concentras tu deuda en un acreedor, te estás atando a él; defendemos en nuestros escritos la soberanía nacional en Vida y Familia, pero la olvidamos para otras áreas fundamentales, como esta de la deuda pública. De nuevo debemos abrir nuestro espectro de análisis. No es cuestión de afiliarse ciegamente a la derecha o a la izquierda y ofrecer un apoyo integral acrítico, sino de construir pensamiento propio y condicionar nuestro apoyo de forma selectiva a un lado y a otro.
El libre mercado sin ningún tipo de control permite el pacto de precios entre grandes empresas sorteando la libre competencia, y algo de eso nos habla el texto de Amós. Y permite el dumping, esto es, tirar los precios por debajo de costes para ahogar al resto de la competencia y quedarse con el monopolio del mercado. Ambas cosas deben ser controladas porque quien paga sus efectos son las familias; la única institución que puede establecer ese control es el Estado. Y esto no lo va a promover la derecha que solemos apoyar. Y recordemos que el Estado no es un invento del diablo, sino una institución que deriva su legitimidad de Ro 13.
Una posición evangélica debe asegurar un control de la especulación y de la manipulación del mercado y no permitir que afecte al acceso a la vivienda o a la propia cesta de la compra; y eso se hace con una intervención limitada, pero intervención del Estado.
Podemos defender capitalismo y libre mercado, pero nuestro modelo no debe limitarse a lo que nos dicen desde la derecha, sino debemos analizarlos con la lupa crítica de la Palabra y recuperar las bases éticas moduladoras del desarrollo capitalista y el bien común.
Lo coherente es una postura equilibrada que no se entregue a ciegas ni a la derecha ni a la izquierda, sino ponga su eje en los principios de libertad y justicia social y ponga al ser humano y a la Familia en el centro de sus objetivos, que analice desde la Biblia todas las áreas de la actividad política, no sólo Vida y Familia, con el criterio de Ro 12.
No nos debemos casar con nadie, debemos someter todos los programas de un lado y del otro al escrutinio de la Palabra. En palabras del pastor Mark Creech, “Ningún político queda exento del escrutinio moral bíblico por el mero hecho de que los cristianos aprueben algunas de sus políticas. La diana del predicador no es el Partido Demócrata ni el Partido Republicano. Su diana es todo aquello que desafíe la voluntad de Dios Todopoderoso. Ese es el papel profético de la Iglesia: proclamar la verdad de Dios sin temor ni favoritismos. Ninguno de los dos partidos es dueño del púlpito, y ninguno debería quedar exento del escrutinio bíblico.”[1]
¿Cuántas veces le hemos dado el púlpito a la derecha de forma acrítica, acercando a la congregación a la idea de que esa palabra era palabra inspirada por Dios?
Para esa labor de análisis crítico debemos construir antes desde la Biblia nuestros principios políticos fundamentales, y desde ellos evaluar todo el espectro de las propuestas políticas, no sólo Vida y Familia. Podremos entonces disponer de un criterio sólido con el que fijar nuestra posición; sin ese criterio sólido somos vulnerables.
Este es el hueco que debemos cubrir con urgencia. Este es el desafío que hoy nos pone delante el Señor al Congreso Iberoamericano por la Vida y la Familia. Que Él nos guíe.
[1] Mark Creech: “Jesus’ famous sermon was a failure by today’s stadards” in The Christian Post, 27th Aug 2026. https://www.christianpost.com/voices/jesus-famous-sermon-was
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