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El caso Maricarmen y los desahucios

¿Puede ser legal un desahucio y, al mismo tiempo, profundamente injusto? Una mirada evangélica a la crisis de la vivienda.

ACTUALIDAD AUTOR 514/Marcos_Zapata 29 DE SEPTIEMBRE DE 2026 09:50 h
Foto de [link]Josefina Di Battista[/link] en Unsplash

El caso de Maricarmen vuelve a enfrentarnos con una pregunta incómoda: ¿es suficiente con que algo sea legal para que sea justo? Desde una perspectiva evangélica, la propiedad privada es legítima, pero nunca puede desligarse de la responsabilidad, la misericordia, la justicia y el amor al prójimo.



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La imagen de Maricarmen Abascal, de 87 años, saliendo en camilla de la casa de Madrid en la que había vivido durante 71 años, resulta difícil de mirar sin hacerse preguntas.



Naturalmente, detrás existe un procedimiento judicial, contratos, propietarios, derechos y una sentencia que debe ser respetada. Una sociedad democrática necesita leyes y seguridad jurídica.



Pero el cristianismo introduce otra pregunta. No solo: ¿es legal? Si no también: ¿es justo? Y aún otra más incómoda: ¿qué hacemos con nuestro hermano cuando la aplicación de nuestros derechos lo deja sin un lugar donde vivir?



Por supuesto, la Biblia no ofrece una legislación inmobiliaria para la España del siglo XXI, pero contiene principios suficientemente claros como para que los cristianos no podamos contemplar indiferentes una sociedad en la que tener una vivienda digna se está convirtiendo en algo inalcanzable para miles de familias, jóvenes, pensionistas y trabajadores.



 



La vivienda no es solamente un bien económico



Desde una perspectiva bíblica, una casa nunca es solamente unos metros cuadrados.



Es hogar, es seguridad, es familia y pertenencia, son recuerdos, memoria... es el lugar donde se educan los hijos, donde se cuida a los mayores, donde se recibe al extranjero, donde se comparte la mesa y donde las personas construyen buena parte de su vida.



Por eso resulta significativo que una de las grandes aspiraciones de paz del Antiguo Testamento se describa precisamente así: “Se sentará cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá quien los amedrente” (Miqueas 4:4).



La imagen bíblica de una sociedad reconciliada incluye un lugar seguro en el que poder vivir sin miedo.



Cuando una familia dedica una parte desproporcionada de sus ingresos al alquiler, cuando un joven con trabajo no puede independizarse, cuando una madre teme cada mes no poder pagar la vivienda o cuando una persona mayor termina expulsada del hogar en el que ha pasado toda su vida, no estamos solamente ante un problema inmobiliario.



Estamos ante un problema humano.



 



La Biblia reconoce la propiedad, pero también limita nuestro derecho a utilizarla como queramos



La tradición evangélica ha defendido históricamente el derecho a la propiedad privada.



La Biblia lo presupone. El octavo mandamiento: “No hurtarás”, carecería de sentido si no existiera algo que legítimamente pertenece a otro.



Pero la misma Biblia que reconoce la propiedad se niega a convertirla en un derecho absoluto. El propietario bíblico nunca puede decir: “Esto es mío, por tanto puedo hacer con ello cualquier cosa que quiera”.



Porque antes de preguntarnos qué poseemos, la Escritura nos recuerda quién es el verdadero propietario: “De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan” (Salmo 24:1).



Por eso el concepto evangélico que quizá mejor explica la propiedad no es simplemente posesión, sino mayordomía. Tenemos bienes. Pero somos administradores. Y algún día tendremos que responder delante de Dios por la manera en que utilizamos aquello que puso en nuestras manos.



Israel podía poseer campos, casas y cosechas, pero Dios ordenaba dejar parte de la cosecha para el pobre y el extranjero. “Cuando siegues la mies de tu tierra, dice Levítico 19, no segarás hasta el último rincón de ella”. Es decir: Dios reconocía el campo del propietario, pero también establecía responsabilidades sobre ese campo. El derecho de propiedad coexistía con el deber de solidaridad.



 



Hay una justicia que va más allá del código civil



Este es probablemente uno de los grandes desafíos que plantea el caso de Maricarmen.



Algo puede ajustarse jurídicamente a derecho y, sin embargo, plantearnos un grave interrogante moral.



Jesús denunció precisamente esa forma de religiosidad que podía cumplir escrupulosamente determinadas normas mientras olvidaba: “lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe” (Mateo 23:23).



La ley es necesaria. La seguridad jurídica es necesaria. También deben protegerse los derechos de los propietarios. España tampoco resolvería su problema de vivienda convirtiendo en sospechoso a quien posee una segunda casa, penalizando indiscriminadamente al pequeño propietario o justificando la ocupación ilegal.



Pero defender la propiedad privada no obliga al cristiano a santificar cada resultado producido por el mercado. El mercado puede poner precio a una vivienda, pero no debe poner precio a la dignidad humana. El mercado es una magnífica herramienta de intercambio. Pero es un pésimo dios. Por eso una mirada evangélica debería huir de dos simplificaciones. Ni toda propiedad es explotación. Ni todo lo que el mercado permite resulta moralmente aceptable.



 



“¡Ay de los que juntan casa a casa!”



Resulta difícil hablar de vivienda desde la Biblia sin recordar una inquietante denuncia del profeta Isaías: “¡Ay de los que juntan casa a casa, y añaden heredad a heredad hasta ocuparlo todo!” (Isaías 5:8). El pecado denunciado no era simplemente poseer casas. Era acumular hasta dejar a otros sin espacio.



Los profetas bíblicos fueron especialmente duros cuando el poder económico terminaba expulsando a los más débiles. Amós denunció a quienes “venden por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos”. Miqueas describió a quienes “codician las heredades y las roban; y casas, y las toman”.



No podemos trasladar automáticamente aquellas estructuras económicas a nuestra sociedad actual. Pero el principio permanece: Dios presta especial atención a lo que ocurre cuando el poder económico de unos termina aplastando la vulnerabilidad de otros.



Por eso la pregunta cristiana sobre la vivienda nunca puede ser únicamente: ¿Cuánto puedo obtener por este inmueble? También debería ser: ¿Qué responsabilidad tengo delante de Dios respecto de la persona que necesita vivir en él?



 



Jesús se identifica con quien necesita ayuda



El cristianismo introduce además una dimensión todavía más radical. Jesús no dijo simplemente que ayudáramos al pobre. Dijo, sorprendentemente, que él mismo se hace presente en el vulnerable: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).



Por eso para una iglesia evangélica ayudar a una familia a pagar el alquiler, acompañar a una persona amenazada por un desahucio, encontrar una habitación para un refugiado o dar alojamiento temporal a una mujer maltratada no son actividades periféricas al Evangelio. Son Evangelio hecho visible.



Santiago lo expresó de una manera todavía más incómoda: “Si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?” (Santiago 2:15-16).



Podríamos expresarlo hoy así: Si alguien necesita un techo y nuestra única respuesta consiste en darle un buen consejo espiritual, algo ha fallado en nuestra comprensión del Evangelio.



 



¿Y qué hacemos los evangélicos ante estas situaciones?



Mucho más de lo que generalmente conoce la sociedad española. Probablemente también mucho más de lo que conocemos los propios evangélicos.



La acción social protestante española permanece extraordinariamente invisibilizada porque buena parte de ella sucede lejos de las cámaras: en iglesias locales, pequeños roperos, bancos de alimentos, pisos de acogida, asociaciones, centros de rehabilitación, proyectos infantiles, acompañamiento de inmigrantes o ayudas económicas entregadas discretamente a familias que atraviesan una crisis.



Un estudio de FEREDE sobre la acción social protestante contabilizó 2.053 proyectos sociales desarrollados durante 2022 y alrededor de 1,83 millones de personas atendidas, dentro y fuera de España.



Entidades como Alianza Solidaria, Diaconía, Misión Urbana, Remar, Betel y una larga, muy larga lista de miles de iglesias y entidades sociales más pequeñas, que trabajan contra la trata y la explotación sexual. Comunidades terapéuticas atendiendo adicciones. Residencias y proyectos con personas mayores. Capellanías penitenciarias acompañando a presos y familias. Proyectos con personas migrantes. Programas educativos para niños vulnerables. Ayuda internacional. Cooperación al desarrollo. Comedores. Roperos. Distribución de alimentos. Orientación laboral. Asesoramiento jurídico. Atención psicológica. Y detrás de muchas de estas iniciativas encontramos a miles de voluntarios de iglesias locales. Sí, ahí está presente la iglesia evangélica.



Y la vivienda también ocupa una parte importante de su trabajo. Por ejemplo, a través del proyecto Vecindad Inclusiva, Diaconía trabaja con propietarios y familias vulnerables para facilitar el acceso a viviendas en alquiler, ofreciendo asesoramiento jurídico, seguimiento y mediación, especialmente para familias vulnerables, mujeres víctimas de violencia, migrantes y personas procedentes de infraviviendas. Es precisamente uno de los caminos que necesitamos explorar mucho más: poner en contacto propietarios responsables con familias que necesitan un hogar.



También desde la Alianza Evangélica Española entendemos que la proclamación del Evangelio no puede separarse de nuestra responsabilidad hacia las personas vulnerables.



Alianza Solidaria nació precisamente de la obra social de la Alianza Evangélica Española. Sus antecedentes se remontan al fondo de emergencia con el que desde los primeros tiempos de la Alianza se respondía a catástrofes y necesidades humanitarias. Hoy su misión se concentra especialmente en facilitar que niños y niñas en situación de vulnerabilidad puedan desarrollarse en ambientes seguros y disponer de oportunidades de futuro.



Es una expresión más de una convicción profundamente evangélica: la fe que confesamos debe convertirse en vida que otros puedan experimentar.



Pero todavía podemos hacer mucho más. Reconocer todo lo que las iglesias evangélicas están haciendo no debería servirnos para felicitarnos. Debería desafiarnos.



La crisis de la vivienda quizá exige que demos un paso más. ¿Qué ocurriría si cientos de propietarios evangélicos decidieran ofrecer algunas de sus viviendas con alquileres razonables, renunciando voluntariamente a obtener siempre el máximo precio que permite el mercado? ¿Qué ocurriría si iglesias y entidades revisáramos locales, viviendas, residencias o propiedades infrautilizadas que pudieran convertirse temporalmente en recursos habitacionales? ¿Qué ocurriría si creáramos fondos de emergencia para evitar que familias vulnerables perdieran su vivienda por dos o tres meses de dificultades?



¿Qué ocurriría si en nuestras iglesias hubiera equipos especializados capaces de acompañar a una familia desde que recibe una notificación de desahucio? ¿Qué ocurriría si reuniéramos a abogados, trabajadores sociales, empresarios, propietarios, pastores y voluntarios para buscar juntos soluciones?



Tal vez esta sea una de las conversaciones que las iglesias evangélicas españolas necesitan abrir. No para sustituir al Estado. No para justificar cualquier intervención pública. No para demonizar al propietario. No para convertir el púlpito en una plataforma partidista. Sino porque amar al prójimo inevitablemente termina teniendo consecuencias económicas.



Zaqueo entendió esto cuando conoció a Jesús. Su conversión no terminó en una experiencia religiosa. Llegó hasta su cartera. “He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres”. Y Jesús respondió: “Hoy ha venido la salvación a esta casa”



Resulta llamativo. La salvación había llegado a una casa y, como consecuencia, Zaqueo empezó a preguntarse qué debía hacer con aquello que poseía.



El movimiento evangélico español nunca debería tener que escoger entre evangelización y acción social. Jesús hizo las dos cosas. Anunció el Reino. Alimentó al hambriento. Perdonó pecados. Tocó al enfermo. Llamó al arrepentimiento. Defendió al vulnerable. Predicó la vida eterna. Y se detuvo delante del que estaba tirado junto al camino.



Nuestra misión sigue siendo anunciar con claridad que la necesidad más profunda del ser humano es reconciliarse con Dios por medio de Jesucristo. Pero precisamente porque creemos que cada persona ha sido creada a imagen de Dios, no podemos ser indiferentes a las condiciones en las que esa persona vive.



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El Evangelio no se reduce a transformar estructuras. Pero un Evangelio que transforma verdaderamente corazones termina inevitablemente transformando nuestra manera de relacionarnos con el dinero, la propiedad, el poder y nuestro prójimo.



La crisis de la vivienda necesita mejores políticas públicas. Necesita más oferta, seguridad jurídica, responsabilidad institucional, propietarios responsables, combatir abusos y especulación, y necesita también solidaridad.



Pero quizá la primera pregunta que los cristianos deberíamos hacernos no es qué deberían hacer “los otros”; es esta: ¿Qué podemos hacer nosotros?



Porque quizá cerca de nuestras iglesias hay una madre que no sabe cómo pagará el alquiler del mes que viene. Un joven que trabaja pero no puede formar un hogar. Un refugiado al que nadie quiere alquilar una habitación. Una familia que está a dos mensualidades de perder su casa. O una persona mayor que tiene miedo de que un día alguien llame a su puerta y le diga que tiene que abandonar el lugar en el que ha pasado toda su vida.



Y entonces la pregunta de Jesús vuelve a interpelarnos: “¿Quién de estos tres te parece que fue el prójimo?” El intérprete de la ley respondió: “El que usó de misericordia con él”. Jesús le dijo: “VE, Y HAZ TÚ LO MISMO”.



 



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2
COMENTARIOS

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Disidente
29/09/2026
10:20 h
1
 
Buena reflexión. Lo de Mari Carmen es una cortina de humo del Gobierno (amenazas a jueces, violaciones en Ceuta, corrupción...), y no han elegido el mejor caso siquiera. Los hay peores. Hicieron lo mismo con la ley del sí es sí: publicitar tragedias seleccionadas, agitación, propaganda y como resultado leyes que agravan en problema y más poder de control sobre la población. Nos manipulan como quieren. Vamos hacia el totalitarismo.
 
Respondiendo a Disidente

quim
29/09/2026
13:06 h
2
 
Quizás en algunos aspectos ya estamos en el totalitarismo del Dios Mercado al que rendimos pleitesía y a veces hasta justificamos biblia en mano, trabajar ya no te exime de la pobreza, de poder pagar una vivienda, de salir adelante, en Berlin han ganado la alcadia los postcomunistas por el grave problema de la vivienda, algunos recuerdan cuanto pagaban de alquiler en la DDR (precios simbólicos) y lo que pagan ahora después de la reunificación.
 



 
 
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