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Antes de que cayera Jerusalén (II): Pablo, el ancla

Las cartas de Pablo no son reconstrucciones hipotéticas ni tradiciones que circularon durante generaciones: todas ellas fueron escritas antes del 70 d.C.

TEOLOGíA AUTOR 875/Jose_Hutter 23 DE SEPTIEMBRE DE 2026 10:30 h
El papiro 46 contiene algunos de los fragmentos de las cartas de Pablo. Foto: reconstrucción con IA Gemini

Hay una piedra en Delfos que vale más, para fechar el Nuevo Testamento, que muchas hipótesis construidas en un despacho.



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A comienzos del siglo XX apareció allí una inscripción fragmentaria que contenía parte de una carta del emperador Claudio dirigida a la ciudad. En ella se menciona a Lucio Junio Galión, procónsul de Acaya, y el texto permite situar su mandato entre los años 51 y 52. Ese mismo Galión aparece, con su nombre y con su cargo, en Hechos 18. Los judíos de Corinto llevan a Pablo ante su tribunal y lo acusan de persuadir a la gente para que honre a Dios contra la ley. Galión ni siquiera permite que el caso prospere. Para él, aquello no es un delito contra Roma, sino una discusión interna sobre palabras, nombres y la ley de ellos, y los despacha con la elegante indiferencia del funcionario que ha entendido que el asunto no le corresponde.



Lucas no está situando su historia vagamente «en tiempos del Imperio». Está nombrando a un funcionario cuya presencia en Acaya conocemos por una inscripción ajena al Nuevo Testamento. Y como Hechos añade que Pablo permaneció en Corinto un año y seis meses (Hechos 18,11), el ministerio corintio se sitúa con bastante seguridad entre los años 50 y 52.



Y esto es importante. Ya estamos en los años cincuenta y tenemos cartas cristianas, no reconstrucciones hipotéticas ni tradiciones que alguien supone haber circulado durante generaciones antes de ponerlas por escrito. Y probablemente las dos cartas a los tesalonicenses, que pertenecen a este período, ni siquiera sean las primeras, porque Gálatas puede ser anterior.



 



Los clavos de la cadena



Partamos de la crucifixión en la primavera del año 33, la fecha que, a mi juicio, explica mejor los datos1, aunque buena parte de los investigadores prefiera el 30.



La conversión de Pablo se sitúa un par de años después, y aquí Gálatas 1 entrega una secuencia utilísima. Pablo no sube enseguida a Jerusalén para recibir allí su evangelio. Marcha a Arabia, vuelve a Damasco y solo después de tres años sube a la ciudad. Permanece quince días con Cefas y afirma que no vio a ningún otro apóstol, salvo a Jacobo, el hermano del Señor (Gálatas 1,18-19).



Pablo da nombres, viajes y períodos concretos porque necesita demostrar que su evangelio no le llegó por delegación de Jerusalén. Un hombre que se inventa el currículum no suele contar con tantos testigos vivos capaces de desmentirlo.



Más adelante menciona otra subida, después de catorce años, con Bernabé y Tito (Gálatas 2,1). Aquí está uno de los grandes nudos de la cronología paulina. La identificación más difundida equipara esa visita con el concilio de Hechos 15, pero hay otra alternativa que encaja mejor con el argumento de la carta: la visita motivada por la hambruna de Hechos 11,27-30. Si Gálatas 2 describe esa visita, la carta se escribió antes del concilio.



 



Una carta escrita antes del concilio



Pablo y Bernabé recorren Chipre y el sur de la provincia romana de Galacia, donde fundan las iglesias de Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe. Regresan a Antioquía desde Siria y poco después estalla la crisis. Algunos, venidos de Judea, enseñan que los gentiles deben circuncidarse para pertenecer plenamente al pueblo de Dios. No es una discusión sobre detalles litúrgicos. Está en juego la naturaleza del evangelio: ¿basta Cristo, o el gentil debe incorporarse además al orden mosaico? Ese es el incendio que arde en Gálatas, y por eso Pablo escribe una frase que no admite término medio: «si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo» (Gálatas 5:2).



La carta gana coherencia si sus destinatarios son las comunidades del sur de Galacia evangelizadas durante el primer viaje. Pablo no necesita esperar a un segundo recorrido por Asia Menor para escribir a unos gálatas situados hipotéticamente mucho más al norte. Las iglesias ya existen y acaba de fundarlas. Y ahora alguien intenta deshacer su trabajo. Escribe probablemente desde Antioquía, hacia el año 49.



Hay además, un argumento más fuerte que la geografía. Gálatas no menciona el decreto del Concilio de Jerusalén.



Y eso sorprende si el concilio ya se hubiera celebrado, porque Hechos 15 trata exactamente el problema que domina la carta: los apóstoles y los ancianos deliberan sobre la circuncisión de los gentiles y envían una resolución escrita a las iglesias. Si Pablo escribiera después, tendría en la mano un argumento formidable, con firmas de Jerusalén incluidas. Y no lo utiliza. Cualquiera que haya discutido alguna vez sabe que un argumento así no se guarda en el bolsillo.



La explicación más sencilla es también la más natural. Cuando Pablo escribe a los gálatas, el concilio todavía no se ha celebrado. La carta forma parte de la crisis que conduce al concilio. Estamos, por tanto, alrededor del año 49, apenas dieciséis años después de la crucifixión.



 



Lo que ya se creía dieciséis años después de la cruz



Aquí la cronología deja de ser cosa de especialistas y empieza a afectar a nuestra comprensión del origen del cristianismo, porque Gálatas no contiene una cristología embrionaria. Pablo afirma que Dios envió a su Hijo, nacido de mujer (4,4), y habla del Hijo que le amó y se entregó a sí mismo por él (2,20). Proclama la justificación por la fe frente a las obras de la ley, habla del Espíritu, de la adopción y de Dios como Abba, Padre, e interpreta la cruz como acto redentor de quien nos redimió de la maldición de la ley (3,13).



Y no escribe nada de esto como quien acaba de inventar un sistema. Lo da por sentado y lo emplea para resolver una crisis pastoral concreta. Si hacia el 49 puede presuponer estas doctrinas ante unas iglesias recién fundadas, esas doctrinas no nacieron en el 49.



La carta ofrece, además, algo que a veces pasa inadvertido: nombres. Pedro, Jacobo, Juan, Bernabé y Tito. Pablo conoce a Pedro, discute con él y se reúne con quienes eran considerados columnas de la iglesia de Jerusalén. No hay aquí una niebla de comunidades anónimas fabricando tradiciones sobre un Jesús remoto, sino una red reconocible de personas que viajan, predican, discuten y se corrigen unas a otras. Quince años después de un acontecimiento, no se está en el mundo de leyendas antiguas. Se está en el mundo de los testigos que siguen vivos.



 



El calendario paulino



Después del concilio, Pablo emprende el segundo viaje y acaba en Corinto. Suele añadirse aquí un segundo dato externo, la expulsión de los judíos de Roma bajo Claudio que menciona Hechos 18 y conoce que también Suetonio, fechada tradicionalmente hacia el 49. Pero Suetonio no da fecha y la cronología depende de Orosio, cuya precisión ha sido discutida, así que no conviene ponerle mucho peso a ese clavo. No hace falta: Galión basta para colocar a Pablo en Corinto al comienzo de los años cincuenta. El calendario avanza entonces sin saltar décadas: Gálatas desde Antioquía hacia el 49, las dos cartas a los tesalonicenses en Corinto hacia el 51 y 52, 1 Corintios desde Éfeso hacia el 54 o 55, 2 Corintios desde Macedonia hacia el 55 o 56 y Romanos desde Corinto hacia el 56 o 57. Las cartas de la prisión (Filipenses, Filemón, Colosenses y Efesios) encajan en el encarcelamiento romano de comienzos de los sesenta, y las Pastorales en los últimos años del apóstol, si aceptamos que fue liberado después de aquel primer proceso.



El resultado importa. Todo el corpus paulino cabe holgadamente dentro de la vida de Pablo y antes de la destrucción de Jerusalén.



 



Recibí y os enseñé



Las fechas permiten ir aún más atrás. Primera Corintios se escribió hacia el año 55, y en el capítulo 15 Pablo recuerda a sus lectores algo que ya les había enseñado antes, con dos verbos decisivos: recibió y transmitió. Lo que sigue es una fórmula sobre la muerte, la sepultura, la resurrección al tercer día y las apariciones a Cefas, a los Doce, a más de quinientos hermanos, a Jacobo y a los apóstoles.



No la presenta como una reflexión recién elaborada: la recibió primero y luego la entregó. La tradición es, por tanto, anterior a la carta. ¿Cuánto? No podemos fecharla por día y mes, pero nos empuja hacia los años cuarenta y, posiblemente, hasta los treinta. La proclamación de la muerte expiatoria y de la resurrección corporal no aparece hasta el cabo de varias generaciones de desarrollo legendario. Está allí desde casi el principio.



Algo parecido sucede en Filipenses 2,6-11, donde Cristo subsiste en forma de Dios, se humilla, muere en la cruz y recibe el nombre que está sobre todo nombre. Si, como muchos investigadores admiten, se trata de material anterior a la carta, una cristología elevadísima circulaba antes de que Pablo la citara. No tenemos una semilla judía que a lo largo de un siglo se convierta en la divinización helenística de Jesús. Tenemos judíos del siglo I adorando a un Mesías crucificado y resucitado mientras viven quienes le conocieron.



 



Lo que Pablo no dice



Pablo tampoco menciona nunca la destrucción de Jerusalén ni la guerra judía. El argumento del silencio debe usarse con cuidado, porque una carta a Corinto no es una crónica de acontecimientos mundiales. Pero Romanos ofrece un caso interesante. Cuando escribe, todavía está preparando su viaje a Jerusalén, lleva una colecta para los santos y pide a los cristianos de Roma que oren para que sea librado de los incrédulos de Judea (Romanos 15,30-32). Ese es un mundo anterior al 70. Jerusalén sigue funcionando como centro de la iglesia judeocristiana; Pablo puede viajar allí y el Templo sigue en pie. Las cartas paulinas pertenecen inequívocamente a la época del Templo.



 



De Pablo a Lucas



Que Pablo no nombre a Mateo, Marcos, Lucas ni Juan no prueba que esos escritos no existieran; sus cartas responden a problemas concretos y no ofrecen catálogos de la biblioteca de las iglesias. Lo importante es otra cosa: Pablo conoce una tradición sobre Jesús. En 1 Corintios 7 distingue con cuidado entre una instrucción suya y un mandato que atribuye al Señor, y en 1 Corintios 11 transmite la tradición de la última cena con la misma fórmula de recepción y entrega. La alternativa no está, por tanto, entre evangelios escritos y caos oral.



Eso cambia la pregunta sobre los evangelios. Si hacia el 49 tenemos Gálatas y hacia el 57 Romanos, ¿por qué asumir que la vida y la enseñanza de Jesús tuvieron que esperar a la caída de Jerusalén para quedar por escrito? Eso es lo que hay que demostrar, y no presuponer.



Y ahí aparece el siguiente eslabón, que será el tema de la próxima entrega. Hechos termina con Pablo en Roma, bajo arresto, predicando sin impedimento. No cuenta el resultado de su proceso, ni su muerte, ni la persecución neroniana, ni el año 70. Lucas lo ha seguido desde Jerusalén hasta la capital imperial, ha narrado sus juicios y su naufragio, y cuando por fin llega el desenlace, baja la pluma.



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La piedra de Delfos no demuestra la resurrección ni indica quién escribió cada evangelio. Hace algo más modesto y, por eso mismo, más difícil de esquivar: pone un reloj sobre la mesa. Galión estuvo en Acaya. Pablo estuvo ante Galión. Las cartas pertenecen a los años cincuenta y Gálatas puede remontarse al 49. Y cuando abrimos esos documentos, no encontramos un cristianismo que todavía busca su identidad, sino la justificación por la fe, la cruz expiatoria, la resurrección, la filiación divina de Cristo, el Espíritu y una iglesia extendida desde Jerusalén hasta el mundo grecorromano.



Todo eso está ahí antes de que Nerón incendie Roma y antes de que ardiera el Templo. Quien quiera situar buena parte del Nuevo Testamento después del año 70 está en su derecho. Pero ya no basta con decir que hacía falta tiempo. Será necesario justificar un tiempo de gestación que, a la luz de las fuentes fechables, el cristianismo jamás requirió.



 



Notas



1 Véase mi libro Cuando los cielos hablan, (2019), publicado por Amazon.



 



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